La creciente incertidumbre que caracteriza la economía internacional ha transformado profundamente los criterios mediante los cuales los inversionistas internacionales y las empresas multinacionales seleccionan y se establecen en los países donde localizan sus operaciones productivas, establecen alianzas estratégicas o desarrollan proyectos de inversión. Si durante varias décadas las ventajas competitivas estuvieron asociadas principalmente a incentivos fiscales, bajos costos laborales, acceso preferencial a mercados o disponibilidad de recursos naturales, el contexto posterior a la pandemia de COVID-19, las interrupciones de las cadenas globales de suministro, las tensiones geopolíticas y las crisis energéticas ha elevado la estabilidad a la categoría de activo estratégico.

Este artículo propone una orientación estratégica hacia una nueva diplomacia, la Diplomacia Económica de la Estabilidad, entendida esta como un nuevo paradigma mediante el cual la estabilidad macroeconómica, institucional, productiva y social se convierte en un instrumento activo de política exterior económica y de promoción internacional. Se sostiene que, para economías abiertas como la República Dominicana, la estabilidad constituye una ventaja competitiva capaz de fortalecer la atracción de inversión extranjera directa, expandir las exportaciones y consolidar la reputación internacional del país.

Es bien sabido que el sistema económico internacional atraviesa uno de los períodos de mayor incertidumbre desde la Segunda Guerra Mundial. La pandemia de COVID-19 (2020-2022), la crisis de las cadenas globales de suministro (2021-2023), la crisis energética desencadenada por el conflicto ruso-ucraniano (2022-2024), las tensiones entre Estados Unidos e Irán, la intensificación de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, la fragmentación geoeconómica y el aumento de los riesgos climáticos han alterado significativamente el entorno de los negocios internacionales.

Como resultado, las empresas multinacionales han comenzado a incorporar nuevas y más sofisticadas variables en sus procesos de localización. Conceptos como resiliencia, previsibilidad, continuidad operativa, seguridad jurídica y capacidad de respuesta institucional adquieren hoy una importancia comparable (e incluso superior) a variables tradicionales como los incentivos fiscales o los costos de producción.

Este fenómeno obliga a replantear los fundamentos de la diplomacia económica contemporánea. La promoción internacional ya no puede limitarse a comunicar ventajas estáticas; debe demostrar la capacidad de un país para gestionar riesgos, absorber choques externos y ofrecer condiciones de estabilidad en un entorno internacional cada vez más volátil.

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La evolución de la diplomacia económica

La diplomacia económica ha evolucionado desde un enfoque centrado en la negociación comercial hacia un instrumento integral para fortalecer la competitividad internacional de los Estados.

Autores como Susan Strange señalaron que el poder económico depende tanto de la capacidad productiva como del control de las estructuras que generan confianza en los mercados. Robert Keohane y Joseph Nye demostraron que la interdependencia compleja incrementa el valor de la cooperación institucional y de la estabilidad política. Michael Porter destacó que la competitividad nacional depende de instituciones sólidas y de un entorno económico predecible, mientras que John Dunning identificó la estabilidad política y económica como uno de los principales determinantes de la inversión extranjera directa.

Estas contribuciones permiten comprender que la estabilidad constituye hoy un componente esencial del atractivo internacional de un país.

La Diplomacia Económica de la Estabilidad

Se propone definir la Diplomacia Económica de la Estabilidad como: La utilización estratégica de la estabilidad macroeconómica, institucional, regulatoria, productiva y social como un activo competitivo para fortalecer el posicionamiento internacional de un país, atraer inversión extranjera directa, expandir las exportaciones y consolidar relaciones económicas sostenibles de largo plazo.

Esta definición implica un cambio conceptual significativo. La estabilidad deja de ser únicamente un resultado esperado de la política económica para convertirse en un instrumento activo de diplomacia económica y promoción internacional.

En este paradigma, los ministerios de economía y hacienda, los bancos centrales, las agencias de promoción de inversiones, los ministerios de relaciones exteriores y las instituciones encargadas de la competitividad nacional dejan de actuar como entidades aisladas y pasan a formar parte de una estrategia coordinada de posicionamiento internacional.

Del paradigma de los incentivos al paradigma de la confianza

Durante varias décadas, la competencia internacional por atraer inversiones ha estado dominada por instrumentos como incentivos fiscales, zonas económicas especiales, costos laborales reducidos, acceso preferencial a mercados y disponibilidad de infraestructura. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que estos factores resultan insuficientes cuando los inversionistas perciben elevados niveles de incertidumbre institucional o macroeconómica.

Las decisiones de inversión incorporan ahora preguntas diferentes: ¿Puede este país administrar una crisis internacional?, ¿Cuál fue su desempeño durante la pandemia?, ¿Qué tan resilientes son sus cadenas logísticas?, ¿Existe previsibilidad regulatoria?, ¿Cuál es su capacidad para preservar la estabilidad macroeconómica?, ¿Funcionan sus instituciones?…

En base a todo lo anterior, la competitividad internacional incorpora, por tanto, una nueva dimensión: la gestión eficiente de la incertidumbre.

Los cuatro pilares de la estabilidad competitiva

La Diplomacia Económica de la Estabilidad descansa sobre cuatro pilares complementarios, entendiendo que la interacción entre estos pilares determina el nivel de confianza que un país proyecta hacia inversionistas, exportadores y socios comerciales.

El primer pilar corresponde a la estabilidad macroeconómica, expresada en inflación controlada, disciplina fiscal, sostenibilidad de la deuda, estabilidad cambiaria y fortaleza del sistema financiero.

El segundo es la estabilidad institucional, sustentada en el Estado de derecho, la seguridad jurídica, el cumplimiento contractual, la transparencia y la calidad regulatoria.

El tercer pilar corresponde a la estabilidad productiva, entendida como la capacidad de mantener operativas las cadenas de suministro, garantizar servicios logísticos eficientes, asegurar el abastecimiento energético y disponer de infraestructura y capital humano adecuados.

Finalmente, la estabilidad social comprende la cohesión social, la protección de los grupos vulnerables, la gobernanza democrática y la capacidad institucional para gestionar conflictos.

República Dominicana como referente

La República Dominicana ofrece un ejemplo particularmente interesante para analizar este enfoque, ya que, durante el último quinquenio, el país ha mantenido un desempeño favorable en indicadores de crecimiento económico, atracción de inversión extranjera directa y expansión de las exportaciones, aun en un contexto internacional caracterizado por elevados niveles de incertidumbre.

La respuesta frente a los choques derivados de la pandemia, la crisis energética y las presiones inflacionarias ha privilegiado la preservación de la estabilidad macroeconómica, la continuidad de la inversión pública, la protección social focalizada y la sostenibilidad fiscal.

Desde la perspectiva de la Diplomacia Económica de la Estabilidad, estas decisiones no solo fortalecen la economía doméstica, sino que incrementan el atractivo internacional del país al reducir la percepción de riesgo entre los inversionistas.

La Diplomacia Económica de la Estabilidad propone precisamente este cambio de paradigma para el país: integrar la política económica, la diplomacia, la promoción de inversiones, la promoción de exportaciones y la estrategia de marca país bajo una visión común basada en la generación de confianza.

Para economías abiertas como la República Dominicana, este enfoque representa una oportunidad para fortalecer su posicionamiento internacional mediante un atributo cuya importancia continuará creciendo en las próximas décadas: la capacidad demostrada de ofrecer estabilidad en un mundo caracterizado por la incertidumbre.