La derrota del congresista Adriano Espaillat en las elecciones primarias demócratas de Nueva York fue presentada por muchos medios simplemente como un cambio de liderazgo dentro del Partido Demócrata.

Sin embargo, vista con mayor perspectiva histórica, constituye un ejemplo extraordinario de uno de los rasgos que mejor explican la permanencia del liderazgo de los Estados Unidos durante más de un siglo: su capacidad para convertir los conflictos en mecanismos de renovación política.

Los observadores extranjeros suelen interpretar las divisiones norteamericanas como señales de decadencia. 

Ocurrió durante la Gran Depresión, durante la lucha sindical de finales del siglo XIX, durante el movimiento por los derechos civiles, durante las protestas contra la guerra de Vietnam, durante el escándalo Watergate, durante las disputas entre republicanos y demócratas en los años de Ronald Reagan, durante la crisis financiera de 2008, y vuelve a ocurrir ahora, cuando las corrientes moderadas y progresistas libran una intensa batalla dentro del Partido Demócrata.

Sin embargo, la historia demuestra otra cosa. 

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Los Estados Unidos no se fortalecieron porque evitaran los conflictos. Se fortalecieron precisamente porque aprendieron a administrarlos, incorporarlos y resolverlos mediante instituciones capaces de absorber las tensiones sociales sin destruir el sistema político.

La derrota de Espaillat y la renovación demócrata

La reciente derrota de Adriano Espaillat no anuncia necesariamente el colapso del Partido Demócrata.

Constituye una disputa ideológica que probablemente modificará su orientación futura.

Es un conflicto político que será procesado mediante elecciones, debates públicos, renovación del liderazgo y nuevas alianzas. 

Exactamente así ha evolucionado la democracia norteamericana durante más de dos siglos.

Esa capacidad institucional fue observada y estudiada por la sociología moderna mucho antes de que la ciencia política comenzara a medirla con estadísticas electorales.

El antecedente intelectual más importante se encuentra en el sociólogo francés Émile Durkheim.

Para Durkheim, la sociedad no era una simple suma de individuos, sino un organismo complejo cuyos diferentes componentes cumplían funciones indispensables para garantizar la cohesión social. 

La familia, la escuela, el Estado, la religión, la economía y el derecho constituían instituciones cuya misión era preservar la integración del conjunto.

Sobre esas bases surgió posteriormente en los Estados Unidos el funcionalismo, probablemente la escuela sociológica más influyente durante buena parte del siglo XX.

Su principal representante fue Talcott Parsons, profesor de Harvard, quien desarrolló la idea de que toda sociedad busca mantener un equilibrio dinámico mediante mecanismos permanentes de adaptación. 

Los conflictos no desaparecen; son absorbidos por instituciones capaces de producir nuevas formas de estabilidad.

Su discípulo Robert K. Merton enriqueció esa visión distinguiendo entre funciones manifiestas y funciones latentes, demostrando, además, que una misma institución podía generar simultáneamente efectos positivos y negativos. Introdujo igualmente el concepto de disfunción, reconociendo que ningún sistema social permanece perfecto ni inmóvil.

Conflictos que derivaron en reformas institucionales

Aquella escuela sociológica reflejaba, en buena medida, la propia experiencia histórica norteamericana.

La industrialización produjo gigantescas confrontaciones entre empresarios y trabajadores. 

Las huelgas ferroviarias de 1877 paralizaron buena parte del país. 

Los sucesos de Haymarket en Chicago en 1886 terminaron en violencia. 

Las huelgas de Homestead en 1892 y Pullman en 1894 enfrentaron nuevamente al capital y al movimiento obrero.

Muchos europeos interpretaron aquellos acontecimientos como el anuncio inevitable de una revolución semejante a la que Karl Marx había previsto.

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

Los conflictos terminaron produciendo legislación laboral, reducción de las jornadas de trabajo, reconocimiento gradual de los sindicatos, negociación colectiva, protección social y mejores condiciones para millones de trabajadores.

El capitalismo norteamericano sobrevivió porque aceptó reformarse.

Algo semejante ocurrió con la cuestión racial.

La Guerra Civil abolió la esclavitud, pero no eliminó la discriminación. 

Durante casi un siglo persistieron profundas desigualdades. Sin embargo, el movimiento encabezado por Martin Luther King Jr. condujo finalmente a la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 y de la Ley del Derecho al Voto de 1965.

Nuevamente, el conflicto fue absorbido por las instituciones.

Lo mismo puede afirmarse respecto de la Gran Depresión.

En lugar de destruir el sistema económico, la crisis permitió que Franklin D. Roosevelt impulsara el New Deal, ampliando la intervención del Estado, fortaleciendo la regulación financiera y creando nuevas formas de protección social, sin eliminar la economía de mercado.

Cada crisis produjo reformas.

Cada reforma fortaleció las instituciones.

Cada institución permitió enfrentar un nuevo conflicto.

No todos compartían esa interpretación.

Mientras el funcionalismo alcanzaba enorme prestigio académico en los Estados Unidos, surgía en Alemania la Escuela de Fráncfort, integrada por pensadores como Theodor W. Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse.

Su crítica resultó profunda.

Advertían que detrás de la aparente estabilidad podían esconderse nuevas formas de dominación cultural, manipulación ideológica y concentración del poder económico. 

La industria cultural, sostenían, podía fabricar conformismo en lugar de ciudadanos libres.

Décadas más tarde, Jürgen Habermas ampliaría ese análisis mediante su teoría de la acción comunicativa, defendiendo la importancia del diálogo racional para preservar la legitimidad democrática.

Aquellas críticas enriquecieron notablemente las ciencias sociales.

Sin embargo, el desarrollo histórico mostró que el sistema norteamericano poseía una capacidad de adaptación mucho mayor de la prevista por sus críticos.

Precisamente esa capacidad explicaría buena parte del éxito alcanzado por la denominada sociedad industrial durante la segunda mitad del siglo XX.

Conviene situarse en el escenario histórico que surgió al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Europa había quedado devastada. Sus ciudades estaban destruidas, la producción industrial había colapsado, millones de personas sobrevivían entre ruinas y el prestigio político de las viejas democracias parecía profundamente debilitado. 

En ese ambiente de desesperanza, muchos pensaban que el modelo soviético terminaría imponiéndose sobre un capitalismo al que consideraban agotado.

Fue entonces cuando los Estados Unidos pusieron en marcha una estrategia completamente distinta.

El Plan Marshall no consistió únicamente en miles de millones de dólares destinados a reconstruir fábricas, carreteras, puertos y viviendas. 

Representó una concepción completamente nueva de la sociedad industrial. 

El crecimiento económico debía ir acompañado de instituciones políticas sólidas, universidades modernas, investigación científica, empresas privadas dinámicas, sindicatos responsables y un Estado capaz de garantizar estabilidad sin sustituir la iniciativa individual.

Aquella visión encontró una nueva generación de dirigentes convencidos de que el conocimiento constituía la principal fuente de poder de las naciones modernas.

Entre esos dirigentes sobresalió John F. Kennedy.

Formado en Harvard University, Kennedy pertenecía a una generación que entendía la política como la administración inteligente de una sociedad industrial extraordinariamente compleja. 

Su administración impulsó la ciencia, la educación superior, la investigación tecnológica, la carrera espacial, la planificación económica y la profesionalización del Estado. 

No concebía el desarrollo únicamente como crecimiento del producto interno bruto.

Lo concebía como la capacidad permanente de producir conocimiento, innovación y movilidad social.

No era casual que las mejores universidades norteamericanas trabajaran estrechamente con el gobierno y con las grandes empresas. 

Tampoco era casual que centros como Harvard, el Massachusetts Institute of Technology o Stanford University terminaran convirtiéndose en laboratorios donde coincidían economistas, sociólogos, ingenieros, científicos políticos y empresarios para pensar el futuro.

Allí el funcionalismo no permanecía encerrado en los libros. Inspiraba una forma de comprender la sociedad como un sistema donde universidad, empresa, innovación tecnológica, sistema financiero, poder político y movilidad social debían interactuar para producir crecimiento sostenido.

Mientras tanto, al otro lado del llamado Telón de Acero, la realidad evolucionaba de manera muy distinta.

La Unión Soviética había logrado una extraordinaria industrialización acelerada y desempeñado un papel decisivo en la derrota del nazismo. 

Sin embargo, el sistema económico excesivamente centralizado fue perdiendo capacidad de adaptación.

La planificación burocrática sustituía con frecuencia la innovación. 

Las empresas respondían a cuotas administrativas antes que a la productividad. 

La crítica intelectual era limitada y los conflictos sociales tendían a ocultarse, en lugar de convertirse en instrumentos de reforma.

Precisamente allí aparece una diferencia fundamental entre ambos modelos.

Mientras los Estados Unidos permitían que los conflictos produjeran cambios institucionales, la burocracia soviética tendía a interpretar el conflicto como una amenaza al sistema. 

Esa diferencia, aparentemente teórica, terminaría teniendo enormes consecuencias económicas.

El capitalismo norteamericano atravesó recesiones, crisis financieras, enfrentamientos sindicales, luchas raciales y profundas divisiones políticas. Sin embargo, de cada una de ellas surgieron nuevas reformas.

La Unión Soviética, por el contrario, fue acumulando rigideces que terminaron afectando su productividad, su capacidad tecnológica y, finalmente, su legitimidad política.

Cuando el bloque soviético comenzó a mostrar señales de agotamiento durante las décadas de 1970 y 1980, otro gran actor internacional observaba atentamente aquella experiencia.

China comprendió antes que muchos analistas occidentales que el verdadero problema no residía únicamente en el socialismo o en el capitalismo, sino en la capacidad de una sociedad para adaptarse continuamente a los cambios.

Después de la muerte de Mao Zedong, el liderazgo de Deng Xiaoping impulsó una transformación histórica. 

Mantuvo el monopolio político del Partido Comunista, pero introdujo mecanismos de mercado, autorizó la inversión extranjera, creó zonas económicas especiales, estimuló las exportaciones, promovió la competencia y convirtió la innovación tecnológica en prioridad nacional.

China no copió el sistema político estadounidense.

Pero sí incorporó numerosos elementos que habían explicado el éxito económico norteamericano: la competencia productiva, el desarrollo científico, la educación técnica, la apertura al comercio mundial y el aprovechamiento del capital privado como instrumento de crecimiento nacional.

En otras palabras, Pekín comprendió que ninguna sociedad puede prosperar indefinidamente si convierte la burocracia en sustituto permanente de la creatividad.

Por eso resulta difícil entender la historia contemporánea únicamente como una confrontación entre capitalismo y socialismo.

La verdadera competencia terminó siendo entre sistemas capaces de aprender y sistemas incapaces de corregirse.

Allí reside probablemente la mayor enseñanza del funcionalismo norteamericano.

Las sociedades sobreviven cuando poseen instituciones suficientemente flexibles para transformar cada crisis en una oportunidad de renovación.

Los conflictos dejan entonces de ser el anuncio de una catástrofe. Se convierten en el motor mismo del progreso.

La historia nunca se detiene. 

Lo que enseñaron Durkheim, Parsons o Merton no pertenece únicamente a los libros de sociología. Continúa desarrollándose cada día ante nuestros ojos.

La política norteamericana ofrece una demostración permanente de esa capacidad de adaptación.

En los últimos años, el país ha vivido una de las mayores polarizaciones de su historia reciente. 

La inmigración, la globalización, la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, el comercio con China, las guerras culturales, el aborto, la identidad nacional y el papel del Estado han dividido profundamente a la sociedad estadounidense.

Muchos observadores volvieron a anunciar el declive definitivo de los Estados Unidos.

Sin embargo, la historia aconseja prudencia.

No es la primera vez que se pronostica el derrumbe de la democracia norteamericana. Tampoco será la última.

Lo verdaderamente importante consiste en observar cómo funcionan sus instituciones.

Las elecciones continúan celebrándose regularmente. 

Los partidos se reorganizan.

Los tribunales mantienen un papel decisivo. 

El Congreso continúa siendo escenario de intensos debates. 

Los estados conservan amplias competencias dentro del sistema federal. 

Los medios de comunicación y las universidades siguen alimentando el debate público.

Los conflictos no desaparecen.

Se transforman.