No siempre la historia dominicana se decide solamente en Santo Domingo. A veces, sus causas visibles están en una calle, en un cuartel, en una embajada, en una conspiración nocturna o en el miedo de una familia poderosa que ya no logra dormir. 

Pero otras veces la raíz profunda se encuentra mucho más lejos: en los mapas que estudian los estados mayores, en las rutas marítimas, en los cables secretos, en la ansiedad de los imperios y en esa palabra inmensa que parece remota para una isla del Caribe y, sin embargo, aparece escrita en un documento militar norteamericano de 1959: Eurasia.

Un reciente artículo del doctor José Manuel Jerez, “Rimland, poder y hegemonía: una lectura doctrinal de Spykman frente a Mackinder, Mahan y Brzezinski”, publicado en Acento, tiene el mérito de traer de nuevo al debate dominicano una tradición geopolítica que suele parecer reservada a los grandes tableros de Washington, Londres, Moscú o Pekín

Jerez recuerda que Nicholas J. Spykman no puso el acento en el corazón continental de Eurasia, como había hecho Halford Mackinder, sino en sus bordes: Europa occidental, Medio Oriente, Asia meridional y Asia oriental, esa franja costera que llamó Rimland y que, durante la Guerra Fría, Estados Unidos convirtió en cinturón de contención mediante alianzas, bases militares, flotas y pactos regionales. [1]

La tesis es correcta, pero tiene para nosotros un interés adicional. Porque en mi libro Tumbaron al Jefe, publicado en 1998, la caída del régimen de Rafael Leónidas Trujillo fue analizada no solo como resultado de la resistencia dominicana, de la expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo, de la crisis económica, del aislamiento diplomático, del conflicto con la Iglesia, del caso Galíndez y del atentado contra Rómulo Betancourt.

También fue colocada dentro de la gran estrategia norteamericana de la Guerra Fría. Y en el primer capítulo aparece un documento del Comando del Caribe de los Estados Unidos, más tarde Comando Sur, que menciona expresamente a Eurasia como centro de gravedad de la supervivencia estratégica norteamericana.

El documento al que me refiero fue concluido el 29 de octubre de 1959 en Quarry Heights, Zona del Canal de Panamá, y quedó anexado seis días después al memorándum número CC (E) 091.412. Respondía al cable JCS 967156, enviado el 20 de octubre por el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Su título era revelador: “The United States Capability to Influence the Furtherance of Our National Objectives in Latin America”, es decir, “La capacidad militar de los Estados Unidos para influenciar el progreso de nuestros objetivos nacionales en Latinoamérica”. 

Era un texto de trece cuartillas, acompañado de una carta introductoria de dos páginas, escrito bajo el impacto de la Revolución Cubana y en medio del estremecimiento que habían producido las expediciones antitrujillistas de junio de 1959. [2]

Aquel documento no fue escrito por panameños, aunque saliera de Panamá. Fue redactado en una base militar extranjera enclavada en la Zona del Canal, en el mismo territorio que Rodrigo de Bastidas había explorado a comienzos del siglo XVI, cuando el primer imperio europeo se abría paso hacia el Nuevo Mundo. Cuatro siglos y medio después, desde esa misma región del istmo, otro imperio, el norteamericano, enviaba hacia Washington sus análisis sobre el Caribe, América Latina y el lugar de la República Dominicana en la seguridad hemisférica.

Lo más llamativo es que, todavía el 29 de octubre de 1959, sectores decisivos del aparato militar norteamericano consideraban que la permanencia de Trujillo servía mejor a los intereses de los Estados Unidos.

El Comando del Caribe afirmaba que “el grado de apoyo de los Estados Unidos a la seguridad interna debe estar determinado por los factores políticos envueltos” y añadía que, si las medidas de seguridad interna eran aumentadas en la República Dominicana, debía aceptarse “que la perpetuación del régimen de Trujillo es lo que mejor servirá a los objetivos de los Estados Unidos”. [2]

Esa frase es una llave. Abre una puerta que permite ver el conflicto dentro del propio poder norteamericano. Mientras el Pentágono regional, acostumbrado a mirar a los dictadores anticomunistas como instrumentos útiles, todavía veía en Trujillo un bastión de orden, otros sectores del gobierno de Dwight D. Eisenhower comenzaban a comprender que el viejo aliado se había convertido en un peligro. La Revolución Cubana había cambiado la ecuación. Después del 1 de enero de 1959, ya no bastaba con que una dictadura fuera anticomunista. También debía ser sostenible. Y Trujillo, con su ferocidad, su aislamiento, su crisis económica y sus aventuras contra gobiernos vecinos, podía provocar otra explosión revolucionaria en el Caribe.

Por eso el año 1959 fue decisivo. El 14 de junio llegaron los expedicionarios por Constanza, y el 20 desembarcaron por Maimón y Estero Hondo. Procedían de Cuba, con apoyo de sectores cubanos y venezolanos, y aunque fueron militarmente derrotados, sembraron la semilla moral y política de una resistencia que ya no pudo ser borrada. El 21 de junio, según el telegrama JCS 961320 citado en Tumbaron al Jefe, el Estado Mayor Conjunto pedía información sobre la salida inminente de pequeñas embarcaciones desde la provincia de Oriente, en Cuba, con revolucionarios destinados a Haití o a la República Dominicana. [2]

La prensa internacional comenzó a mirar hacia Santo Domingo. The New York Times informó el 24 de junio de 1959 que el régimen dominicano afirmaba haber aplastado la invasión, y ese mismo día Washington pidió explicaciones por la detención de una fragata norteamericana y por el aterrizaje forzado de un avión de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Los aparatos navales y aéreos norteamericanos seguían la ruta de los expedicionarios. Esta vez observaban. En 1947, en cambio, la Armada norteamericana había estado preparada para bloquear la expedición de Cayo Confites, donde iban a participar, entre otros, Fidel Castro y Juan Bosch. [2]

La diferencia entre 1947 y 1959 era inmensa. En 1947, George Marshall pudo presionar al presidente cubano Ramón Grau San Martín para desbandar la expedición contra Trujillo. En 1959, Estados Unidos ya no tenía la misma capacidad de impedir que el nuevo régimen cubano sirviera de plataforma a movimientos revolucionarios. Fidel Castro acusaba a Trujillo de buscar una provocación que diera a Washington y a la OEA un pretexto para intervenir en Cuba. Trujillo, por su parte, acusaba a Cuba y Venezuela de preparar nuevas invasiones. Rómulo Betancourt, enemigo histórico del dictador dominicano, había asumido la presidencia venezolana el 13 de febrero de 1959.

El Caribe se había convertido en una caja de resonancia de la Guerra Fría. Y allí entra la conexión con Mackinder, Spykman, Mahan y Brzezinski. Mackinder había formulado en 1904 su teoría del pivote geográfico de la historia: quien dominara el corazón continental euroasiático tendría una ventaja decisiva sobre la llamada Isla Mundial. En 1919 resumió su intuición con la famosa sentencia sobre Europa Oriental, el Heartland y la Isla Mundial. Spykman corrigió esa visión al sostener que el control decisivo no estaba en el centro cerrado de Eurasia, sino en sus bordes marítimos y terrestres, el Rimland. Mahan, antes que ambos, en otro registro, había mostrado la importancia del poder naval, las rutas marítimas, los puertos y los estrechos. Brzezinski, en 1997, actualizó la preocupación central al afirmar que Eurasia seguía siendo el tablero principal de la primacía mundial norteamericana. [3] [4] [5] [6]

Lo que Tumbaron al Jefe mostró, a partir de papeles desclasificados encontrados en los Archivos Nacionales de Washington, es que esa lógica no era una abstracción académica. El 4 de noviembre de 1959, el general de brigada James W. Coutts, jefe del Comando del Caribe, escribió sus comentarios sobre el documento preparado el 29 de octubre. Y allí dejó una frase que explica la geopolítica profunda de la política norteamericana hacia América Latina: “En caso de que el comunismo obtenga sustanciales triunfos en Eurasia y África, solamente en los continentes americanos encontrarán los Estados Unidos los recursos necesarios para sobrevivir. Que estos recursos estén disponibles cuando los necesitemos dependerá de cómo inteligentemente nosotros invirtamos nuestros propios recursos e ideas en esta área, ahora”. [2]

Esa es la frase central. En ella se ve que, para el alto mando norteamericano, el Caribe no era el centro del mundo, pero sí era la retaguardia indispensable de una potencia que pensaba su destino en función de Eurasia. Si el comunismo avanzaba en Eurasia y África, América debía quedar asegurada como reserva estratégica, económica, militar y política. Dicho de otro modo: la República Dominicana, Cuba, Venezuela, Haití, Panamá y el resto del hemisferio no eran piezas aisladas. Eran parte del dispositivo de supervivencia de Estados Unidos en la competencia global.

Desde esa perspectiva, Trujillo fue útil mientras garantizaba orden anticomunista. Pero comenzó a ser desechable cuando su permanencia amenazó con producir desorden revolucionario. Esa transición explica la aparente contradicción entre el documento CC (E) 091.412, favorable a la perpetuación del régimen, y la política que Eisenhower, el Departamento de Estado y la CIA comenzaron a diseñar durante 1960. El viejo aliado se había convertido en un obstáculo para una estrategia mayor.

La crisis económica completó el cuadro. El informe del 9 de octubre de 1959, preparado por el teniente general Oliver S. Picher, jefe de inteligencia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, advertía al general Nathan Twining y a los miembros del Estado Mayor Conjunto que los problemas económicos de Cuba y la República Dominicana eran tan severos que Trujillo y Castro podían recibir con agrado algún conflicto externo para distraer la atención de sus dificultades internas. El documento señalaba aumento del desempleo, deterioro de los negocios, turismo casi inexistente y gastos militares dominicanos que, desde enero hasta octubre de 1959, habrían alcanzado cincuenta millones de dólares. [2]

El propio Joaquín Balaguer, entonces vicepresidente, fue citado por The New York Times el 31 de octubre de 1959, diciendo que el gobierno dominicano había gastado cincuenta millones de dólares en armamentos para defenderse de invasiones procedentes de Cuba. El presupuesto gubernamental total rondaba los ciento cincuenta millones. Era una proporción desmesurada para una economía sometida al miedo, a la recesión regional y al agotamiento político del régimen. [2]

Mientras tanto, otros signos se acumulaban. El caso Galíndez había dañado desde 1956 la imagen internacional de Trujillo. El asesinato de Marrero Aristy, las atrocidades contra los prisioneros de junio, el conflicto con la Iglesia, la persecución interna y la organización clandestina que sería reprimida en enero de 1960 fueron cerrando el cerco moral. Al mismo tiempo, el régimen negociaba con el Fondo Monetario Internacional un acuerdo Stand-By por 11.2 millones de dólares, el primero suscrito por el país, concertado en diciembre de 1959 y desembolsado durante 1960. La deuda pendiente sería liquidada en junio de 1963 por el gobierno de Juan Bosch, según se consigna en el mismo capítulo de Tumbaron al Jefe. [2]

La ayuda militar norteamericana tampoco había desaparecido de inmediato. Según la información citada por The New York Times, el 26 de febrero de 1960, varios congresistas descubrieron que durante 1959 el gobierno de Trujillo había recibido asistencia militar norteamericana valorada en 1,089,000 dólares y que para el año fiscal 1960 el Pentágono proponía entregar otros 445,000 dólares. Es decir, mientras una parte de Washington comenzaba a preparar el viraje, otra todavía alimentaba al viejo socio anticomunista. [2]

En esa contradicción se mueve la historia real. Los imperios no piensan con una sola cabeza. Hay presidentes, departamentos de Estado, agencias de inteligencia, comandos militares, embajadores, congresistas, empresarios, periodistas, obispos, exiliados y aliados locales. En 1959 y 1960, todos esos actores comenzaron a empujar, cada uno desde su lugar, hasta que la dictadura dominicana dejó de ser considerada un dique confiable y pasó a ser vista como un volcán peligroso.

La lectura de José Manuel Jerez sobre Spykman permite regresar a este episodio dominicano con ojos más amplios. La hegemonía estadounidense no se construyó por ocupación territorial masiva de Eurasia, sino por el control de sus bordes y por la seguridad de su retaguardia hemisférica. La OTAN, el Mediterráneo, el Medio Oriente, el Golfo Pérsico, Japón, Corea, Taiwán y el Sudeste Asiático fueron piezas del Rimland. Pero el Caribe fue la espalda de ese sistema. Si la espalda ardía, el cuerpo entero se debilitaba.

La República Dominicana de Trujillo, por tanto, no cayó solamente por la suma de sus crímenes ni por la valentía de sus adversarios, aunque ambas cosas fueron esenciales. Cayó también porque dejó de encajar en la arquitectura de seguridad de Estados Unidos después de Cuba. La expedición de junio de 1959, la presión de Betancourt, la radicalización castrista, la crisis económica, el descrédito internacional y el miedo a una segunda revolución caribeña alteraron el cálculo estratégico. Washington no quería otro Batista que se desplomara, dejando el camino libre a una revolución incontrolable.

Ese es el punto que enlaza la historia dominicana con la geopolítica mundial. En el documento del Comando del Caribe, Eurasia aparece como amenaza y destino. América aparece como reserva de supervivencia. Y Trujillo aparece, primero, como instrumento útil; luego, como amenaza para la estabilidad de esa reserva. En ese tránsito se encuentra una de las causas profundas de su caída.

Brzezinski escribió décadas después que Eurasia era el tablero donde continuaba jugándose la primacía global. Pero los militares norteamericanos de Quarry Heights ya lo sabían en 1959. No lo escribieron como teoría universitaria, sino como advertencia estratégica. Si el comunismo avanzaba en Eurasia y África, Estados Unidos tendría que contar con los recursos de América. Y para contar con América no bastaba con sostener dictadores. Había que evitar que esos dictadores incendiaran el continente.

La historia dominicana, leída así, deja de ser una crónica local y se convierte en capítulo de una historia mayor. La muerte política de Trujillo comenzó cuando su régimen dejó de ser una garantía y pasó a ser un riesgo. El viejo “Jefe”, formado en la Guardia creada durante la ocupación norteamericana de 1916 a 1924, protegido durante décadas por su anticomunismo, amigo de altos oficiales, celebrado como bastión hemisférico, terminó atrapado en el cambio de época que abrió la Revolución Cubana.

Por eso la palabra Eurasia, enterrada en un memorándum militar de 1959, ilumina la caída de una tiranía caribeña. Porque en la Guerra Fría, las islas también eran continentes. El Caribe parecía pequeño en el mapa, pero era enorme en la estrategia. Y la República Dominicana, colocada entre Cuba, Puerto Rico, Haití, Venezuela, el Canal de Panamá y las rutas del Atlántico, no podía escapar a la mirada de quienes pensaban el mundo como tablero.

Tumbaron al Jefe quiso mostrar precisamente eso: que a Trujillo no lo derribó una sola causa, ni una sola mano, ni un solo disparo, ni una sola conspiración. Lo tumbaron sus crímenes, sus enemigos, sus errores, la dignidad de quienes resistieron, la crisis de su economía, el despertar de la sociedad dominicana, la Iglesia cuando rompió el silencio, los gobiernos latinoamericanos que dejaron de tolerarlo, la sombra de Cuba y, finalmente, la decisión norteamericana de no seguir pagando el costo estratégico de sostenerlo.

El aporte nuevo que hoy puede subrayarse, al leer a Jerez y volver al documento CC (E) 091.412, es que esa decisión debe entenderse dentro de la misma lógica que llevó a Estados Unidos a mirar obsesivamente hacia Eurasia. La hegemonía mundial necesitaba controlar los bordes del gran continente euroasiático, pero también necesitaba que el hemisferio occidental no se descompusiera. Trujillo era una pieza vieja en un tablero nuevo. Y, cuando una pieza vieja amenaza la partida principal, el jugador imperial la sacrifica.

Así se juntan Santo Domingo y Quarry Heights, Constanza y Eurasia, Maimón y el Rimland, Estero Hondo y la Guerra Fría. Así se entiende que un documento militar escrito en Panamá sobre América Latina hable de recursos para sobrevivir si el comunismo triunfaba en Eurasia y África. Y así se comprende que la caída del régimen trujillista fue también un episodio de la gran lucha por la hegemonía mundial.

En la superficie, el fin de Trujillo fue dominicano. En la profundidad, fue caribeño. Y, en el subsuelo más hondo de la estrategia, fue euroasiático.

Fuentes citadas

[1] José Manuel Jerez, “Rimland, poder y hegemonía: una lectura doctrinal de Spykman frente a Mackinder, Mahan y Brzezinski”, Acento, 26 de junio de 2026. URL: https://acento.com.do/opinion/rimland-poder-y-hegemonia-una-lectura-doctrinal-de-spykman-frente-a-mackinder-mahan-y-brzezinski-9706616.html

[2] Víctor Manuel Grimaldi Céspedes, Tumbaron al Jefe. Los Estados Unidos en el derrocamiento de Trujillo, cap. I, “Quisieron perpetuar la Tiranía en 1959…”, Santo Domingo, 7 de octubre de 1998. En el capítulo se citan, entre otros documentos, el memorándum CC (E) 091.412 del Comando del Caribe, Quarry Heights, Zona del Canal de Panamá, 29 de octubre de 1959; el cable JCS 967156 del Estado Mayor Conjunto, 20 de octubre de 1959; el telegrama JCS 961320, 21 de junio de 1959; el informe del teniente general Oliver S. Picher, “Evaluación de la Situación de la América Latina con particular énfasis en el Caribe”, 9 de octubre de 1959; y el memorándum del general James W. Coutts, 4 de noviembre de 1959.

[3] Halford J. Mackinder, “The Geographical Pivot of History”, The Geographical Journal, vol. 23, núm. 4, abril de 1904, pp. 421-437.

[4] Alfred Thayer Mahan, The Influence of Sea Power upon History, 1660-1783, Boston, Little, Brown and Company, 1890.

[5] Nicholas J. Spykman, The Geography of the Peace, Nueva York, Harcourt, Brace and Company, 1944.

[6] Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives, Nueva York, Basic Books, 1997.

[7] The New York Times, ediciones citadas en Tumbaron al Jefe, correspondientes al 24 de junio, 2, 3, 4 y 5 de julio, 31 de octubre y 26 de noviembre de 1959; y 26 de febrero y 2 de marzo de 1960.

[8] U.S. Senate, Committee on Foreign Relations, Survey of the Alliance for Progress, 29 de abril de 1969, citado en Tumbaron al Jefe.

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