En las últimas dos elecciones presidenciales en América Latina, celebradas en Perú y Colombia, han salido electos dos candidatos de derecha, Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella, respectivamente. Este último puede calificarse de ultraderecha con su estilo provocador, disruptivo y extremista. En ambos casos, los candidatos opositores -Roberto Sánchez y Diego Cepeda-, ambos de izquierda, fueron derrotados con márgenes de votación sumamente estrechos, por lo que las fuerzas políticas de izquierda mostraron en estos dos países una fuerza electoral nada desdeñable.
Avance electoral de la derecha regional
Otros tres candidatos de derecha o ultraderecha habían ganado las elecciones presidenciales en sus respectivos países: Javier Milei en Argentina (2023), Daniel Noboa en Ecuador (2025 en reelección) y José Antonio Kast en Chile (2025). Nayib Bukele de El Salvador les antecedió con su elección a la presidencia en 2019 y reelecto en 2024. Su triunfo en ambas elecciones fue por un amplio margen, con una izquierda colapsada luego de varios períodos en ejercicio del poder.
La política es una lucha por dotar de sentido a los problemas y las experiencias sociales y movilizar sectores del electorado en torno a determinas ideas. Varios factores han creado un terreno fértil para la recepción de discursos políticos de derecha o ultraderecha. Uno de ellos es la violencia y la inseguridad que, en tiempos recientes, se han agudizado en algunos países. La debilidad del Estado o su simple ausencia en vastas zonas del territorio crean un “terreno de nadie” que hace posible la emergencia de grupos y organizaciones criminales que actúan a sus anchas.
Seguridad, migración y voto conservador
Ante esta realidad, no es casual que la promesa de orden y seguridad, con “mano dura”, sea casi siempre el tema principal de las candidaturas de derecha. Sin embargo, una vez estos candidatos llegan al poder los resultados son mixtos. En El Salvador Bukele ha logrado suprimir la violencia y la criminalidad, pero a costa de una restricción brutal de las libertades públicas y con el 2% de la población encarcelada, mientras la economía tiene un desempeño mediocre y la pobreza crece. En cambio, los resultados en Ecuador en el gobierno de Noboa dejan mucho que desear.
En Colombia, uno de los temas que más afectó a la izquierda en la campaña electoral fue la política de “paz total” del presidente Petro, la cual fue estigmatizada -tal vez con razón- como complaciente con los grupos armados. Dicho sea de paso, llama la atención que Petro terminara su mandato con una popularidad mayor que Juan Manuel Santos y mucho mayor que Iván Duque. En todo caso, está por verse si la política de “guerra a muerte” contra los grupos armados que propone el presidente electo será realmente efectiva tomando en cuenta los resultados mixtos del Plan Colombia que se implementó con apoyo de Estados Unidos, al punto que situó a ese país en ese momento en el tercer lugar en cuanto a recepción de ayuda militar estadounidense después de Israel y Egipto.
Otro problema que ha resonado en algunos de estos países que han girado hacia la derecha es el de la migración. En Chile tuvo un papel de primer orden en la campaña electoral, aunque no tanto en otros países. No obstante, para el movimiento ultraconservador, con el ejemplo de Estados Unidos, atacar a los migrantes es un elemento clave de su identidad. Siempre aparece la promesa, absurda e irrealizable, de que limpiarán totalmente las calles de inmigrantes. Así, aunque no aparezca necesariamente con mucha fuerza en los discursos políticos de los candidatos de ultraderecha en América Latina, este factor gravita en las fuerzas que configuran esta corriente política.
El peso político de las iglesias
A estos dos factores hay que agregar el religioso como soporte importante de los movimientos ultraconservadores. El avance de las llamadas “iglesias cristianas” en América Latina ha tenido repercusiones significativas en la vida política de muchos países latinoamericanos. En el caso de Brazil fue evidente el apoyo de las iglesias evangélicas a Jair Bolsonaro. Este factor apuntala la guerra cultural entre quienes desean expandir derechos y quienes desean restringirlos. Los liderazgos ultraconservadores articulan importantes segmentos sociales con un discurso antagónico a los derechos que han conquistado las mujeres y las minorías sexuales, entre otros sectores. En Estados Unidos, por ejemplo, un componente clave del movimiento ultraconservador es el denominado “nacionalismo cristiano”, esto es, grupos evangélicos que procuran definir la identidad nacional en función del cristianismo y la exclusión de otras creencias, en particular el islamismo y en gran medida también el judaísmo.
Este giro a la derecha en los procesos políticos en una buena parte de América Latina plantea la interrogante de si se trata de un ciclo con vocación a perdurar o si es algo meramente coyuntural. No hay una respuesta inequívoca a esta pregunta. Es notable que, en países como Chile, Perú y Colombia, al igual que lo fue antes en Brazil, el auge de la ultraderecha ha creado también un espacio para la izquierda, lo cual ha dado lugar a una polarización ideológica que no se daba en la región desde la época de la Guerra Fría. Aunque la izquierda perdió en estos tres países, nadie puede decir que quedó mal parada en ninguno de ellos. En Chile el triunfo de Kast fue bastante holgado contra Jeannette Jara (58% a 41%), pero en Perú y Colombia la diferencia entre el candidato de la derecha y el candidato de la izquierda fue sumamente estrecho al punto de que cualquier de los dos pudo haber ganado las elecciones. Esto significa que podría producirse un giro hacia la izquierda en próximas elecciones.
Esta polarización, por supuesto, limita el espacio político para partidos y candidatos de centro, ya sea de centroizquierda o centroderecha. También carga las campañas electorales de mensajes simplistas, descalificación personal, exacerbación de los ánimos y un tono catastrófico que hace creer que la existencia misma de la nación está en juego. Esto hace imposible o muy difícil debatir sobre políticas públicas o forjar consensos sobre reformas necesarias. El contrario no se ve como un adversario legítimo, con quien se difiere y también se dialoga, sino como un enemigo a quien hay que destruir
Desde luego, el ejercicio del poder pone a prueba las promesas grandilocuentes y salvadoras que hacen estos líderes extremistas que dicen tener a mano soluciones simples para problemas complejos. En un tiempo no muy lejano se podrá pasar balance sobre las ejecutorias de estos gobiernos de ultraderecha y determinar si han sido capaces de responder con efectividad a las necesidades de la gente y aumentar su seguridad y bienestar.