Hace apenas unos días publiqué un artículo en el que sostenía que, si las actuales tendencias políticas se mantienen, el oficialista PRM podría permanecer ocho años más en el poder con una eventual fórmula integrada por David Collado y Carolina Mejía.

Aquella reflexión no pretendía hacer un ejercicio de adivinación electoral, sino llamar la atención sobre un hecho evidente: la principal fortaleza del oficialismo no radica exclusivamente en sus propios méritos, sino también en los errores persistentes de sus adversarios. 

En política, con frecuencia, las oposiciones no son derrotadas únicamente por los gobiernos; muchas veces, terminan derrotándose a sí mismas.

Los acontecimientos posteriores no han hecho más que confirmar aquella hipótesis. 

Mientras el PRM continúa administrando el Estado, consolidando estructuras territoriales, proyectando nuevas figuras presidenciales y aprovechando las ventajas naturales que ofrece el ejercicio del poder, la oposición permanece enfrascada en una disputa interna que parece no tener fin. 

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Lo que debería ser una estrategia de construcción nacional se ha convertido en una competencia permanente entre dos proyectos personales que nacieron de una misma escuela política.

Mientras el PRM consolida su posición y proyecta nuevos liderazgos, Danilo Medina y Leonel Fernández continúan atrapados en una lógica que parece ignorar las lecciones más elementales de la política.

En lugar de construir una alternativa común frente al Gobierno, ambos dedican buena parte de sus energías a sondear dirigentes del otro partido, atraer pequeños grupos, disputar cuadros intermedios y alimentar una competencia que debilita a los dos por igual. 

Cada uno parece convencido de que puede crecer reduciendo al otro, cuando la experiencia demuestra exactamente lo contrario.

Se anuncian reuniones discretas, acercamientos, conversaciones reservadas, dirigentes que pasan de una organización a otra y negociaciones destinadas a producir titulares de prensa más que verdaderos cambios en la correlación de fuerzas. 

Sin embargo, el balance final resulta prácticamente nulo. Lo que uno gana en un municipio suele perderlo en otro; lo que uno celebra hoy, el otro intenta compensarlo mañana. 

El resultado neto es un desgaste permanente que beneficia exclusivamente al adversario común.

Esa conducta me recuerda una extraordinaria imagen utilizada por Juan Bosch en 1979, cuando analizaba el drama de la deuda externa de los países latinoamericanos. 

Bosch decía que era como si dos hombres hubieran caído en un hoyo profundo y, creyendo que la solución consistía en seguir cavando hacia abajo, imaginaran que, de esa manera, podrían salir a la superficie. 

Mientras más cavaban, más profundo era el hoyo y más imposible resultaba escapar.

Aquella metáfora encerraba una inmensa lección política. 

Bosch explicaba que existen problemas cuya solución exige cambiar completamente de dirección. 

Persistir en el mismo camino que produjo el fracaso no conduce al éxito; únicamente agrava las consecuencias del error inicial. 

Hay momentos en que la inteligencia consiste precisamente en dejar de cavar.

La metáfora conserva hoy una sorprendente vigencia. Danilo Medina y Leonel Fernández parecen convencidos de que podrán regresar al poder debilitándose mutuamente, arrebatándose dirigentes, sembrando desconfianzas y profundizando una división que ya produjo la mayor derrota política del antiguo Partido de la Liberación Dominicana

Pero la realidad indica lo contrario: cada paso en esa dirección hace más profundo el hoyo político en el que ambos permanecen, mientras el oficialismo observa cómo sus principales adversarios consumen sus fuerzas enfrentándose entre sí.

El problema es todavía más profundo. 

Ninguno parece advertir que la sociedad dominicana ha cambiado aceleradamente.

Ha surgido una nueva generación de votantes que no vivió las grandes confrontaciones de los años noventa ni siente las antiguas lealtades partidarias. 

Para esos ciudadanos, las rivalidades personales entre antiguos compañeros de partido significan muy poco. 

Lo que esperan son propuestas capaces de responder a los desafíos del presente: seguridad ciudadana, empleos de calidad, modernización del Estado, educación, salud, inteligencia artificial, competitividad económica y fortalecimiento institucional.

Mientras esa nueva realidad avanza, los dos principales líderes de la oposición permanecen mirando hacia atrás. 

En lugar de construir el futuro, continúan administrando las heridas del pasado. 

Es una política orientada más por los agravios acumulados que por las necesidades del país.

No deja de ser paradójico que tanto Leonel Fernández como Danilo Medina sean, probablemente, dos de los dirigentes con mayor experiencia política de la República Dominicana contemporánea y, sin embargo, parezcan incapaces de extraer la principal enseñanza de toda larga trayectoria: llega un momento en que el liderazgo deja de medirse por la capacidad para acumular poder y comienza a medirse por la capacidad para construir relevos.

La historia universal está llena de dirigentes que destruyeron parte de su propio legado por no comprender cuándo debían cambiar de papel. 

Los grandes estadistas saben retirarse parcialmente para convertirse en orientadores, consejeros y referentes morales. 

Los caudillos, por el contrario, necesitan seguir siendo protagonistas, aun cuando las circunstancias hayan cambiado.

Esa es la gran diferencia entre el liderazgo histórico y el personalismo.

Esa es la gran necedad. 

Y, cuando esa necedad se convierte en conducta repetitiva, obstinada e incapaz de aprender de la experiencia, termina transformándose también en una verdadera majadería política.

Si ambos continúan cavando el mismo hoyo, creyendo que desde el fondo podrán alcanzar nuevamente la superficie, no solo seguirán alejándose del poder.

También podrían regalarle al PRM una permanencia mucho más prolongada de la que hoy muchos imaginan. 

La política, como enseñaba Juan Bosch, posee una lógica implacable: hay momentos en que la única manera de salir del hoyo consiste, sencillamente, en dejar de cavar.