Los mercados internacionales comenzaron la última semana de junio con un moderado alivio. 

Tras varias semanas de extraordinaria volatilidad provocada por la confrontación militar entre Estados Unidos e Irán, los inversionistas parecen haber llegado a la conclusión de que, al menos por ahora, el peor escenario ha sido evitado. 

Sin embargo, la calma sigue siendo relativa. 

Basta un incidente en el estrecho de Ormuz, una nueva escalada militar o el fracaso de los esfuerzos diplomáticos para que los precios de la energía vuelvan a dispararse y el mundo regrese a un escenario de incertidumbre semejante al vivido semanas atrás.

Petróleo más estable, pero vulnerable

El principal indicador de esa aparente normalización es el mercado petrolero. 

El crudo Brent, referencia internacional, volvió a situarse alrededor de los 73 a 74 dólares por barril, mientras el West Texas Intermediate (WTI), referencia estadounidense, cotiza cerca de los 70 a 71 dólares. 

Ambos registraron ligeras alzas durante la jornada del lunes, impulsadas por nuevas tensiones militares limitadas en el Golfo Pérsico, aunque permanecen muy lejos de los máximos alcanzados durante la fase más delicada de la crisis. 

Reuters informó que los mercados reaccionaron con prudencia debido a que los operadores consideran que el suministro mundial continúa relativamente protegido y que las principales rutas marítimas permanecen abiertas.

La magnitud de la corrección resulta significativa. 

Durante los momentos de mayor tensión, cuando existía un temor real de que el estrecho de Ormuz pudiera quedar bloqueado, el Brent llegó a superar ampliamente los cien dólares por barril y, en determinados momentos, se acercó incluso a los ciento veinte. 

Aquellas cotizaciones reflejaban el miedo a que casi una quinta parte del comercio mundial de petróleo pudiera quedar interrumpida. 

Hoy la situación es distinta. La continuidad del tránsito marítimo y la expectativa de que las grandes potencias eviten una guerra regional de mayores proporciones han permitido una reducción importante del denominado “riesgo geopolítico” incorporado al precio del petróleo.

La estabilización del mercado petrolero ha tenido repercusiones inmediatas sobre otras materias primas. 

El oro, tradicional refugio durante los períodos de crisis, ha retrocedido desde los niveles alcanzados en plena confrontación. 

La explicación no obedece únicamente a la disminución del riesgo militar. 

También influye el fortalecimiento del dólar y la percepción de que la Reserva Federal estadounidense mantendrá una política monetaria relativamente restrictiva durante los próximos meses. 

El resultado es que parte del capital que había buscado protección en el metal precioso comienza nuevamente a dirigirse hacia activos financieros tradicionales.

El gas natural, por su parte, presenta un comportamiento mucho más estable. La elevada producción estadounidense continúa compensando el crecimiento de la demanda internacional y limita, por ahora, aumentos significativos en las cotizaciones. 

Esa estabilidad constituye un factor adicional de tranquilidad para Europa y Asia, regiones que durante los últimos años aprendieron, a un costo muy elevado, la enorme vulnerabilidad que implica depender excesivamente de un solo proveedor energético.

Los mercados financieros también reflejan ese cambio de ánimo. 

Las principales bolsas estadounidenses recuperaron terreno, impulsadas especialmente por el sector tecnológico. 

Los inversionistas consideran que, mientras no se produzca una interrupción significativa del comercio internacional de energía, las perspectivas de crecimiento de la economía norteamericana continúan siendo relativamente sólidas. 

La recuperación bursátil, sin embargo, no significa que los riesgos hayan desaparecido. 

Más bien indica que el mercado ha descontado un escenario menos dramático que el contemplado durante los momentos más tensos del conflicto.

Otro elemento importante es el fortalecimiento del dólar. 

La moneda estadounidense continúa apreciándose frente a la mayoría de las principales divisas del mundo. 

Este fenómeno responde tanto a la fortaleza relativa de la economía de Estados Unidos como a la búsqueda de seguridad por parte de numerosos inversionistas internacionales. 

Para muchos países emergentes, sin embargo, un dólar fuerte representa mayores costos financieros, incremento en el servicio de la deuda externa y mayores dificultades para importar materias primas denominadas en esa moneda.

Alivio económico para República Dominicana

Para la República Dominicana, la evolución reciente constituye una noticia alentadora. 

El país importa prácticamente la totalidad del petróleo que consume y, por consiguiente, cualquier reducción significativa del precio internacional del crudo tiene efectos positivos casi inmediatos sobre la economía nacional. 

Un Brent estabilizado entre setenta y setenta y cinco dólares disminuye la presión sobre los subsidios estatales a los combustibles, reduce parcialmente los costos de generación eléctrica, contiene el crecimiento de la inflación y evita mayores aumentos en los costos del transporte y de numerosas actividades productivas.

La importancia de esta estabilidad va mucho más allá del precio de la gasolina o del diésel. 

Una reducción sostenida de los costos energéticos favorece la actividad turística, mejora las perspectivas de crecimiento económico, contribuye a preservar el poder adquisitivo de la población y facilita la planificación presupuestaria del Gobierno. 

Al mismo tiempo, disminuye el riesgo de que sea necesario aumentar el endeudamiento público para sostener programas extraordinarios de subsidios a los combustibles.

Sin embargo, sería un grave error interpretar la situación actual como una solución definitiva. 

La geopolítica continúa siendo extraordinariamente volátil. 

Oriente Medio sigue concentrando una parte esencial del suministro energético mundial y cualquier incidente que afecte el estrecho de Ormuz podría modificar nuevamente el comportamiento de los mercados en cuestión de horas. 

El petróleo ha demostrado, una vez más, que no responde únicamente a la oferta y la demanda, sino también a las expectativas, al miedo, a la incertidumbre y a la percepción de riesgo que tengan los inversionistas sobre el futuro inmediato.

La economía mundial parece haber recuperado momentáneamente el aliento. 

Pero bajo esa aparente tranquilidad continúa desarrollándose un complejo juego estratégico entre las grandes potencias, los productores de energía y los principales actores regionales. 

La paz de los mercados sigue dependiendo, en gran medida, de decisiones políticas y militares que escapan al control de los economistas. 

Por ello, aunque los precios actuales ofrecen un respiro a los países importadores de petróleo, nadie puede asegurar que esa calma sea permanente. 

En el mundo contemporáneo, la geopolítica y la economía permanecen más entrelazadas que nunca, y basta un solo acontecimiento inesperado para alterar nuevamente el equilibrio de los mercados internacionales.

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