Las relaciones entre Juan Bosch y Rafael Molina Morillo constituyen uno de los episodios más reveladores de la historia política y periodística dominicana del siglo XX.
Dejaron de ser amigos, compartieron proyectos intelectuales y profesionales, colaboraron estrechamente durante años y, finalmente, protagonizaron una ruptura tan profunda que jamás pudo ser superada.
Esa ruptura no fue un simple desacuerdo entre un político y un periodista.
Representó el choque entre dos concepciones distintas sobre el papel de la prensa, el poder y la responsabilidad pública.
Durante los años sesenta, la relación entre ambos fue cordial. Juan Bosch encontró en la revista ¡Ahora!, dirigida por Molina Morillo, un espacio privilegiado para publicar algunos de sus trabajos más importantes.
El propio Molina Morillo recuerda en sus memorias que Bosch inició allí la publicación de los primeros capítulos de Composición Social Dominicana, una de las obras fundamentales del pensamiento histórico y sociológico dominicano.
En una carta reproducida por Molina en sus memorias Mis recuerdos imborrables, Bosch incluso pregunta cuánto podría pagarle la revista por dos artículos mensuales, explica que se negaba a cobrar la pensión de expresidente y envía saludos afectuosos para Radhamés, Álvarez Castellanos y los demás colaboradores.
Aquella correspondencia refleja una amistad sincera y una confianza mutua que parecía sólida.
Sin embargo, esa relación comenzó a resquebrajarse cuando El Nacional, bajo la dirección de Molina Morillo, publicó una información que Bosch consideró perjudicial para el Partido Revolucionario Dominicano, cuenta Molina en su libro.
Pero yo estimo que el problema no puede haber ocurrido cuando Bosch era el Líder del PRD sino cuando ya dirigía al Partido de la Liberación Dominicana.
Según la versión del propio Molina Morillo, Bosch envió una carta por intermedio de Euclides Gutiérrez Félix reclamando la publicación de una rectificación.
Molina Morillo decidió publicarla acompañada de su respuesta y de un editorial en el que sostuvo que Bosch se había quedado con apenas un “grupúsculo” de seguidores.
A partir de ese momento, escribe el periodista, “se produjo la ruptura”.
No fue una diferencia pasajera. Molina Morillo reconoce expresamente en sus memorias que ni él ni Bosch hicieron esfuerzos por limar asperezas y que, cuando coincidían en actividades sociales, ambos se evitaban deliberadamente.
Incluso narra un episodio ocurrido en una recepción en casa de Héctor Aristy y Marie Aristy.
Según su relato, Bosch se negó públicamente a estrecharle la mano diciendo: “A usted no lo saludo, no estrecho la mano de todo el mundo”.
Acto seguido, Bosch extendió la mano a Francia, esposa de Molina Morillo, recordándole que era hija de su entrañable amigo Julito Espaillat.
Francia respondió con una frase que su marido jamás olvidó: “Pues si usted no saluda a mi marido, yo no lo saludo a usted”. Molina Morillo escribe que desde aquella noche su esposa “se engrandeció” para él por el resto de su vida.
Hasta ahí estamos ante el relato autobiográfico de un protagonista.
Pero el capítulo adquiere otra dimensión cuando Molina Morillo incorpora un episodio que él no presenció personalmente.
Afirma Molina que muchos años después José Ramón Grau le contó que, durante el período de distanciamiento, Bosch visitaba ocasionalmente las instalaciones de El Nacional para tratar asuntos con otros periodistas.
Según lo que narra Molina, Grau, al preguntarle a Bosch si iba a ver a Molina para hacer las paces, Bosch habría respondido:
“A Molina quiero verlo… ¡pero muerto!”.
Esa afirmación merece una reflexión crítica.
No porque deba descartarse automáticamente, sino porque constituye un testimonio de segunda mano.
Molina Morillo no dice haber escuchado personalmente esa frase.
Tampoco presenta documento alguno, grabación, carta o testimonio independiente que la corrobore.
Lo único que ofrece al lector es el recuerdo tardío que, según él, le transmitió José Ramón Grau muchos años después de ocurridos los hechos.
Desde el punto de vista de la metodología histórica, la diferencia es esencial.
Las memorias constituyen una fuente valiosa, pero también profundamente subjetiva.
Reflejan la memoria del autor, sus emociones, sus interpretaciones y los recuerdos que decide conservar.
Cuando, además, incorporan afirmaciones atribuidas a un tercero sobre palabras supuestamente pronunciadas por una persona fallecida, el historiador está obligado a ejercer el máximo espíritu crítico.
Existe otro elemento imposible de ignorar.
Mis recuerdos imborrables fue publicado por Editora Corripio en 2013, doce años después de la muerte de Juan Bosch.
Bosch había fallecido el 1 de noviembre de 2001.
Ya no podía responder, desmentir, explicar el contexto o confirmar aquella frase.
Precisamente por ello, la inclusión de ese episodio plantea un problema ético e historiográfico evidente.
Una afirmación de semejante gravedad, formulada cuando el principal aludido había desaparecido físicamente y basada únicamente en un relato indirecto, difícilmente puede aceptarse como un hecho histórico demostrado.
Más aún, la construcción narrativa de Molina Morillo resulta significativa.
Después de atribuir a Bosch el supuesto deseo de verlo muerto, añade inmediatamente otra anécdota según la cual Virgilio Álvarez Saviñón habría comentado: “Tanta gente buena que muere todos los días, y mira a ese desgraciado que no acaba de encontrar una bala perdida”.
De esa manera reúne dos expresiones distintas de odio dirigidas contra su persona, reforzando la imagen de un hombre acosado por enemigos provenientes de extremos ideológicos diferentes.
Paradójicamente, unas líneas más adelante escribe que Juan Bosch siguió siendo para él “una extraordinaria figura política, humanista y literaria” y afirma exhibir con orgullo los frutos de los años de amistad que compartieron.
Esa valoración intelectual convive, sin embargo, con la publicación de una anécdota que inevitablemente proyecta una imagen profundamente negativa del fundador del Partido de la Liberación Dominicana.
Todo ello obliga a recordar el extraordinario artículo que Bosch publicó el 23 de diciembre de 1977 bajo el título “El negocio de comprar y vender palabras”.
Allí criticó severamente a determinados propietarios de periódicos dominicanos por convertir la información y la opinión pública en mercancía.
Bosch sostenía que el hecho de vender periódicos no convertía a sus propietarios en seres privilegiados ni los colocaba por encima de las responsabilidades éticas inherentes al ejercicio del periodismo.
Aquella reflexión trascendía el conflicto personal con Molina Morillo y planteaba un debate que conserva plena actualidad: ¿hasta dónde llega la responsabilidad moral de quien dirige un periódico cuando las palabras publicadas pueden tener consecuencias políticas e incluso humanas?
Ese interrogante adquiere especial relevancia al recordar el asesinato de Orlando Martínez en 1975.
La responsabilidad penal de ese crimen corresponde exclusivamente a quienes lo planificaron, ordenaron y ejecutaron.
Sobre ello no existe discusión.
Distinta es la cuestión de la responsabilidad política y moral de quienes, en un contexto de represión conocido por todos, tomaron decisiones editoriales respecto de la publicación de artículos extraordinariamente confrontacionales.
Es un debate histórico legítimo que debe abordarse con serenidad, distinguiendo siempre entre la responsabilidad criminal y la responsabilidad ética.
Conozco personalmente un episodio que ilustra esa diferencia.
Cuando escribí un artículo respondiendo a un editorial de Rafael Herrera en el Listín Diario, Rafael Molina Morillo decidió no publicarlo.
Posteriormente Herrera sí lo publicó en el Listín.
Aquella experiencia demuestra que un director de periódico siempre conserva la facultad de decidir qué publica y qué no publica. Esa potestad editorial forma parte esencial de su responsabilidad.
La historia terminó siguiendo caminos distintos para ambos protagonistas.
Molina Morillo vendió posteriormente sus acciones de Publicaciones Ahora y se alejó del país para desempeñar funciones diplomáticas.
Bosch continuó construyendo el Partido de la Liberación Dominicana hasta convertirse en una de las figuras centrales de la política nacional.
Nunca volvieron a ser amigos. Nunca restablecieron la confianza perdida. No existe evidencia documental de una reconciliación.
Quizá por ello estas páginas de Mis recuerdos imborrables poseen tanto interés para el historiador.
No porque cierren definitivamente el debate, sino precisamente porque lo mantienen abierto.
Son el testimonio de uno de los protagonistas, escrito muchos años después de los acontecimientos y cuando el otro protagonista ya no podía ejercer el derecho elemental de responder. Por esa razón deben leerse con respeto, pero también con espíritu crítico, contrastándolas con los escritos de Juan Bosch, con los documentos contemporáneos y con el conjunto de la evidencia histórica disponible.
Fuentes:
- Rafael Molina Morillo, Mis recuerdos imborrables, Editora Corripio, Santo Domingo, 2013, pp. 141–143.
- Juan Bosch, “El negocio de comprar y vender palabras”, La Noticia, 23 de diciembre de 1977.
- Comisión Permanente de Efemérides Patrias, Obras Completas de Juan Bosch, tomo dedicado a la obra periodística en la revista ¡Ahora!, 2012, con prefacio de Adriano Miguel Tejada.
