El 4 de julio de 1776 se firmó uno de los documentos más trascendentes en la historia de la humanidad: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.  Su autor principal fue el joven de treinta y tres años Thomas Jefferson, quien luego vino a conocerse como “el sabio de Monticello”, por el nombre que le puso a la casa que construyó en una colina en las afueras de Charlottesville, Virginia, ciudad en la que, cuatro décadas después, diseñó y fundó la Universidad de Virginia. Los otros miembros de la comisión redactora de ese documento histórico fueron Benjamín Franklin, John Adams, Roger Sherman y Robert Livingston, quienes hicieron algunas ediciones al texto, especialmente Franklin con su amplia cultura y su agudeza política.

            El renombrado historiador Jon Meacham recoge en su libro Thomas Jefferson, the art of power lo que contó años después Adams sobre cómo se escogió a Jefferson para escribir el borrador de la Declaración. Según Adams, Jefferson le propuso a él que escribiera el texto, pero él se negó alegando varias razones, entre ellas que alguien de Virginia debía encabezar el grupo (Adams, quien fue el segundo presidente de Estados Unidos, era de Massachussets), que Jefferson escribía mejor que él y que, además, era mucho más popular. Aunque a regañadientes, Jefferson finalmente aceptó.

En su pequeña habitación en la ciudad de Filadelfia, donde estaban reunidos los líderes del movimiento revolucionario, Jefferson escribió el texto en cuestión días y lo presentó para su aprobación. Sólo ese hecho le garantizaba un lugar prominente en la historia de Estados Unidos y del mundo, pero luego vinieron otras importantes contribuciones como su autoría del Estatuto de Virginia para la libertad religiosa, secretario de Estado, vicepresidente y presidente de Estados Unidos. No obstante, el epitafio que él mismo escribió para su tumba, recoge lo que para él fueron sus tres grandes logros: autor de la Declaración de Independencia, autor del Estatuto de Virginia para la libertad religiosa y fundador de la Universidad de Virginia.

            La Declaración de Independencia de Estados Unidos tiene, según el gran biógrafo Walter Isaacson, la mejor oración jamás escrita. Se refiere al comienzo del segundo párrafo del documento que dice así: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

De esta fascinante oración se puede decir lo siguiente: primero, que las verdades que se enuncian no están sujetas a una constatación empírica, sino que son evidentes, es decir, incontestables. Esto recuerda a Thomas Hobbes cuando dijo que la naturaleza había hecho a los hombres iguales, con lo cual rompió con el paradigma aristotélico según el cual unos hombres estaban, por naturaleza, llamados a ser superiores y otros a ser inferiores. Segundo, que la igualdad no es el resultado de un arreglo político, sino que es un hecho natural como resultado de que son creados iguales. Y tercero, que los hombres son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, lo que quiere decir que son intrínsecos y, por tanto, inseparables de la condición humana, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Según Isaacson, Jefferson formuló originalmente la idea de que los derechos resultaban de la condición natural de igualdad, pero luego se reformuló para que dijera que el Creador había dotado al hombre de esos derechos.

El texto continúa con la siguiente frase: “que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio sea la más adecuada para alcanzar la seguridad y la felicidad”.

La fuente de estas líneas es el Segundo tratado sobre el gobierno civil de John Locke, aunque, en realidad, fue Hobbes quien primero estableció la noción de un pacto en virtud del cual los individuos creaban, guiados por la razón, la sociedad política. Locke refinó el argumento, puso la libertad, junto con la igualdad, como una condición natural y concibió la idea de que el poder debía limitarse y dividirse para evitar que terminara suprimiendo la libertad de las personas. La fuente de legitimidad del poder dejaba de ser la divinidad, la tradición o la condición monárquica hereditaria para dar paso a la soberanía popular.

Aunque la formulación de Jefferson en la Declaración de Independencia tiene un carácter general -todos los hombres son creados iguales-, lo cierto es que, en la práctica, su alcance fue restrictivo: no incluía los esclavos negros, a los pobladores nativos, a las mujeres y a quienes no eran propietarios aun fuesen blancos. Algunos de ellos, incluyendo de manera prominente al propio Jefferson, eran propietarios de esclavos. No obstante, por razones difíciles de descifrar, ese grupo de hombres brillantes decidió abstraerse de su contexto social y optó por plasmar una visión con vocación universal.

Por eso Abraham Lincoln empezó su discurso de Gettysburg, el más famoso de todos los que pronunció, con la siguiente oración: “Hace ochenta y siete años, nuestros padres fundaron en este continente una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”. En ese momento él luchaba por mantener la unidad de la nación ante la secesión de los Estados del sur y poner fin a la esclavitud. Igualmente, Martin Luther King, en su famoso discurso “Tengo un sueño”, declaró que “los arquitectos de nuestra nación” firmaron “una promisoria nota de la que todo estadounidense sería heredero. Esa nota era una promesa de que todos los hombres tendrían garantizados los derechos inalienables de vida, libertad y búsqueda de la felicidad”.

Con el tiempo, la formulación de la Declaración de Independencia de Estados Unidos ha mostrado su carácter expansivo y, por tanto, ha servido para inspirar, tanto en ese país como en muchos otros, a quienes luchan por la igualdad y la libertad. Ahí descansa la genialidad de Jefferson y sus compañeros en aquel momento histórico más allá de la contradicción entre discurso y realidad que fue evidente en muchos de ellos. Pero eso no los invalida ni resta valor a la visión que plasmaron en ese documento excepcional que sigue y seguirá teniendo tanta vigencia y frescura como la tuvo doscientos cincuenta años atrás.

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