La visita del papa León XIV a Lampedusa el 4 de julio de 2026 ha reabierto uno de los debates más delicados de nuestro tiempo: cómo conciliar el deber moral de socorrer a quienes huyen de la guerra, la persecución o la miseria con el derecho soberano de los Estados a proteger sus fronteras, preservar el orden público y garantizar el bien común de sus ciudadanos.
No se trata de un dilema nuevo.
Lo novedoso es la magnitud de los movimientos migratorios, la creciente polarización política que suscitan y la tendencia a presentar como incompatibles principios que, en realidad, pueden y deben coexistir.
En Lampedusa, símbolo de las rutas migratorias del Mediterráneo, León XIV quiso subrayar la continuidad del pontificado de su predecesor.
Recordó el vínculo que el papa Francisco estableció con aquella pequeña isla y con los miles de migrantes que han llegado a sus costas durante los últimos años.
«El Papa sigue acompañándolos, apoyándolos y animándolos», afirmó antes de celebrar la Eucaristía, insistiendo en que el amor cristiano debe expresarse mediante gestos concretos de acogida y solidaridad.
Ese mensaje se inscribe plenamente dentro de la tradición de la doctrina social de la Iglesia.
Desde hace décadas, el Magisterio sostiene que toda persona posee una dignidad inviolable y que quienes emigran conservan intactos sus derechos fundamentales.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 2241, recuerda que las naciones más prósperas deben acoger al extranjero cuando ello sea posible, pero añade también una afirmación frecuentemente olvidada: corresponde a las autoridades civiles regular el ejercicio del derecho de inmigración en función del bien común y exigir a quienes llegan el respeto de las leyes del país que los recibe.
Ese equilibrio resulta esencial.
La compasión cristiana no elimina la responsabilidad política.
La misericordia no sustituye al gobierno.
Tampoco el reconocimiento de la dignidad humana implica la desaparición de las fronteras nacionales.
Al contrario, el pensamiento social católico ha procurado históricamente armonizar ambos principios.
La propia historia de la Iglesia constituye un recordatorio elocuente.
Durante más de un milenio existieron los Estados Pontificios, cuyo origen se remonta a la Donación de Pipino en el siglo VIII y cuya desaparición solo se produjo en 1870 con la unificación italiana.
Durante todo ese período los Papas ejercieron soberanía territorial, administraron justicia, mantuvieron fuerzas de seguridad, recaudaron impuestos y protegieron las fronteras de sus dominios como cualquier otro Estado europeo.
Después de la firma de los Pactos de Letrán en 1929 surgió el actual Estado de la Ciudad del Vaticano, cuya existencia misma recuerda que la Santa Sede continúa ejerciendo soberanía territorial, aunque en dimensiones mucho más reducidas.
El ingreso al Vaticano está sujeto a controles de seguridad, normas de acceso y regulaciones propias de cualquier Estado soberano.
Nadie interpreta esos controles como una negación de la universalidad de la Iglesia, sino como una consecuencia natural de la responsabilidad que implica administrar un territorio.
Precisamente por ello, numerosos observadores sostienen que la defensa de los migrantes y el derecho de los Estados a controlar sus fronteras no son principios contradictorios.
El verdadero desafío consiste en encontrar un equilibrio prudente entre ambos.
Ese debate adquirió especial intensidad durante la administración del presidente Joe Biden.
Las cifras históricas de encuentros en la frontera sur alimentaron una fuerte controversia política sobre la eficacia de la política migratoria estadounidense, mientras sus críticos sostuvieron que determinadas decisiones administrativas favorecieron un aumento de la inmigración irregular.
Otros analistas, en cambio, atribuyeron el fenómeno a causas mucho más amplias, entre ellas las crisis políticas, económicas y de seguridad en diversos países del continente, así como a dinámicas migratorias acumuladas durante años.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca reactivó ese debate mediante un enfoque mucho más restrictivo, centrado en el fortalecimiento del control fronterizo, la deportación de inmigrantes en situación irregular y la recuperación del principio de soberanía nacional en materia migratoria.
Sus partidarios consideran que ningún Estado puede garantizar el orden interno sin controlar eficazmente quién entra en su territorio.
Sus críticos advierten que determinadas políticas pueden afectar derechos fundamentales y obligaciones humanitarias internacionales.
En la República Dominicana, la discusión posee características propias.
La prolongada crisis haitiana ha generado una presión migratoria constante sobre el país.
Para muchos dominicanos, la combinación de colapso institucional en Haití, debilidad de los organismos internacionales y limitaciones económicas nacionales convierte la gestión migratoria en un asunto directamente vinculado con la seguridad nacional, la estabilidad institucional y la preservación de la soberanía.
Otros insisten en que esa realidad no debe conducir al desconocimiento de la dignidad humana de quienes cruzan la frontera impulsados por circunstancias desesperadas.
En ese contexto, las palabras de la Santa Sede suelen ser recibidas de manera distinta según la experiencia histórica de cada sociedad.
Mientras unos perciben en ellas un recordatorio indispensable de la dimensión ética del problema migratorio, otros consideran que el discurso eclesial debería incorporar con mayor énfasis las obligaciones concretas que enfrentan los Estados receptores para preservar el orden público, administrar recursos limitados y mantener la cohesión social.
No parece prudente reducir una cuestión tan compleja a consignas ideológicas.
Tampoco ayuda presentar la solidaridad y la soberanía como conceptos incompatibles.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Los Estados necesitan fronteras; las personas necesitan dignidad.
Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo.
Quizá ese sea el verdadero desafío del siglo XXI.
Ni la política puede olvidar que detrás de cada migrante existe una persona con derechos inalienables, ni la reflexión moral puede ignorar que toda comunidad política tiene el deber de proteger el bien común de quienes viven dentro de sus fronteras.
La prudencia, virtud clásica de la filosofía política y de la tradición cristiana, exige reconocer ambas realidades simultáneamente.
El mundo atraviesa una época marcada por guerras, desplazamientos masivos, crisis económicas y fracturas geopolíticas.
Precisamente por ello necesita más orden y más paz, no menos.
La solidaridad será siempre indispensable, pero también lo será la responsabilidad.
El equilibrio entre ambas constituye una de las tareas más difíciles y decisivas de nuestro tiempo.
Fuentes: declaraciones de la visita pastoral de León XIV a Lampedusa publicadas por Vatican News (4 de julio de 2026); cobertura de Reuters sobre la visita del Pontífice; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2241; Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia; antecedentes históricos sobre los Estados Pontificios y los Pactos de Letrán.
