Mientras Andrea Zapparoli exponía en Roma la transformación del narcotráfico europeo, resultaba inevitable pensar en el Caribe y en las Américas.
Aunque las realidades de Europa, Estados Unidos, Canadá y América Latina presentan diferencias históricas, económicas, sociales y políticas, todas enfrentan hoy un desafío común: organizaciones criminales que operan sin fronteras, utilizan las mismas tecnologías, aprovechan los sistemas financieros internacionales, recurren a comunicaciones cifradas y adaptan continuamente sus métodos para adelantarse a la acción de los Estados.
República Dominicana ante una ruta estratégica
La República Dominicana conoce desde hace décadas esa realidad.
Su posición geográfica, situada entre América del Sur —principal región productora de cocaína— y los grandes mercados consumidores de América del Norte y Europa, la ha convertido en un punto estratégico para las organizaciones dedicadas al tráfico internacional de drogas.
Esa circunstancia obliga al país a mantener una vigilancia permanente y a fortalecer la cooperación con organismos internacionales, así como con los principales socios regionales y europeos.
Sin embargo, la conferencia organizada por Mediatrends America en Roma dejó claro que el desafío contemporáneo va mucho más allá del control de puertos, aeropuertos y costas.
Las redes criminales han comprendido que la globalización digital puede ser tan importante como la geografía.
Hoy una operación de narcotráfico puede comenzar mediante una aplicación de mensajería cifrada, concretarse a través de plataformas digitales, pagarse mediante activos virtuales u otros mecanismos financieros sofisticados y concluir con el envío de pequeñas cantidades de droga por servicios postales o empresas internacionales de mensajería.
El narcotráfico ya no necesita mover únicamente grandes cargamentos; también fragmenta sus operaciones para reducir riesgos y dificultar su detección.
Esta transformación exige un cambio profundo de mentalidad.
Durante décadas, la lucha contra las drogas se concentró principalmente en interceptar cargamentos y capturar a los responsables.
Esas tareas siguen siendo indispensables, pero ya no bastan.
La experiencia italiana demuestra que la prevención, la inteligencia estratégica, la investigación científica, la cooperación internacional y la recuperación de las personas afectadas por la drogodependencia constituyen hoy componentes inseparables de una política pública eficaz.
Precisamente por ello, uno de los aspectos más valiosos de la conferencia fue mostrar cómo la Unión Europea ha evolucionado desde una respuesta predominantemente represiva hacia un modelo integral que combina seguridad, salud pública, educación, asistencia social, investigación científica y cooperación judicial.
Ese equilibrio representa una de las principales fortalezas del enfoque europeo y explica la importancia que hoy tienen organismos como la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA), el Sistema Europeo de Alerta Rápida sobre Nuevas Sustancias Psicoactivas, Europol y Eurojust dentro de la estrategia comunitaria.
Para la República Dominicana, estas experiencias poseen una importancia particular.
El fortalecimiento de los sistemas nacionales de inteligencia, la cooperación con agencias internacionales, el intercambio permanente de información sobre nuevas sustancias psicoactivas, la capacitación continua de laboratorios forenses y el desarrollo de programas preventivos dirigidos a niños, adolescentes y jóvenes constituyen inversiones estratégicas mucho más eficaces que limitarse a reaccionar cuando el problema ya se ha expandido.
Tecnología, prevención y cooperación internacional
Otro aspecto merece especial atención.
Andrea Zapparoli insistió en que el narcotráfico contemporáneo utiliza la misma tecnología que facilita la vida cotidiana.
Las redes sociales, las plataformas digitales y las aplicaciones de comunicación instantánea, concebidas para acercar a las personas, también pueden convertirse en instrumentos para captar consumidores, promocionar sustancias ilícitas y organizar redes de distribución.
Esa realidad obliga a fortalecer la alfabetización digital y la educación preventiva, especialmente entre los jóvenes, para que puedan identificar riesgos que hace apenas una generación simplemente no existían.
Pero la dimensión tecnológica no debe ocultar el drama humano que se encuentra detrás de las estadísticas.
El conferencista recordó que cada cifra representa familias destruidas, jóvenes atrapados por la dependencia, comunidades afectadas por la violencia y niños que incluso nacen con dependencia como consecuencia del consumo de drogas durante el embarazo.
Ningún informe estadístico logra expresar plenamente el sufrimiento humano acumulado detrás de esos datos.
Fue precisamente en ese contexto donde Zapparoli regresó a la idea que había planteado desde el comienzo de su intervención y que constituye, probablemente, la reflexión más profunda de toda la conferencia: la dimensión cultural del narcotráfico.
A su juicio, el combate contra las drogas no puede reducirse a decomisos, procesos judiciales o reformas legislativas.
También exige preservar una cultura capaz de distinguir claramente entre el éxito alcanzado mediante el trabajo honesto y el enriquecimiento obtenido a través del crimen organizado.
Cuando determinadas series de televisión, películas, canciones o contenidos difundidos por las redes sociales convierten al narcotraficante en símbolo de poder, inteligencia, riqueza o prestigio, se produce una alteración silenciosa del sistema de valores.
No se trata de responsabilizar a la ficción por la existencia del crimen organizado, sino de reconocer que la repetición constante de ciertos modelos puede disminuir progresivamente la percepción del riesgo, especialmente entre quienes todavía están formando su personalidad y su escala de valores.
Epílogo
La advertencia formulada en Roma trasciende así el debate estrictamente relacionado con las drogas.
Constituye también una reflexión sobre el tipo de sociedad que las democracias desean construir frente al avance del crimen organizado.
Cuando el delito deja de provocar rechazo moral y comienza a despertar admiración, el narcotráfico ha conquistado una victoria que ningún decomiso puede revertir por sí solo.
Por esa razón, la responsabilidad no recae exclusivamente sobre los cuerpos policiales o los tribunales de justicia.
También corresponde a las familias, a las escuelas, a las universidades, a los medios de comunicación, a las plataformas digitales, a las organizaciones comunitarias y a la sociedad civil fortalecer una auténtica cultura de la legalidad.
La experiencia italiana demuestra que el combate contra el narcotráfico no concluye con la captura de un jefe criminal ni con la incautación de un importante cargamento de drogas.
Cada organización desmantelada puede ser reemplazada rápidamente por otra si permanecen intactas las condiciones sociales, económicas y culturales que favorecen su crecimiento.
La verdadera victoria consiste en impedir que nuevas generaciones lleguen a considerar el crimen organizado como una vía legítima de ascenso económico o de reconocimiento social.
La dimensión internacional del problema obliga, además, a fortalecer una cooperación cada vez más estrecha entre los Estados. Ningún país, por poderoso que sea, puede enfrentar aisladamente organizaciones criminales que operan simultáneamente en varios continentes, utilizan plataformas digitales, recurren a comunicaciones cifradas, aprovechan complejos mecanismos financieros y explotan las diferencias entre las legislaciones nacionales para ampliar sus actividades ilícitas.
De ahí la importancia creciente de la cooperación impulsada por la Unión Europea mediante la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA), Europol, Eurojust y el Sistema Europeo de Alerta Rápida sobre Nuevas Sustancias Psicoactivas, así como de la colaboración con las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos (OEA) y los gobiernos del continente americano.
Para la República Dominicana, situada en el corazón del Caribe y estrechamente vinculada tanto a Europa como a las Américas, estas enseñanzas poseen un valor estratégico.
La cooperación internacional, el intercambio permanente de inteligencia, la modernización tecnológica de las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley, el fortalecimiento del sistema judicial, la vigilancia científica sobre las nuevas sustancias sintéticas y la capacitación continua de los organismos especializados deberán avanzar al mismo ritmo que evolucionan las organizaciones criminales.
Pero ninguna estrategia alcanzará resultados duraderos si no va acompañada de una política sostenida de prevención. La educación, la familia, las comunidades, las iglesias, las universidades y los medios de comunicación desempeñan un papel tan importante como las instituciones encargadas de la seguridad pública. La lucha contra las drogas comienza mucho antes de la primera incautación y continúa mucho después de la última sentencia judicial.
La alerta del fentanilo en América del Norte
Estados Unidos y Canadá ofrecen igualmente importantes lecciones para el continente. La crisis del fentanilo ha demostrado que incluso los países con mayores recursos tecnológicos y científicos pueden verse profundamente afectados cuando convergen el crimen organizado, la expansión de opioides sintéticos, la demanda creciente de drogas y las debilidades de los sistemas de prevención y tratamiento.
Esa experiencia constituye una advertencia para toda América y explica por qué la cooperación entre Europa y el hemisferio occidental resulta hoy más necesaria que nunca.
América Latina, por su parte, continúa enfrentando el enorme desafío de combinar la lucha contra las organizaciones criminales con el fortalecimiento de las instituciones democráticas, el desarrollo económico, la reducción de la pobreza y la ampliación de oportunidades para los jóvenes.
Allí donde el Estado pierde presencia, las organizaciones criminales suelen ocupar ese espacio ofreciendo recursos, protección o falsas expectativas de prosperidad. Esa realidad confirma que la política antidroga no puede separarse de una estrategia más amplia de desarrollo humano, fortalecimiento institucional y cohesión social.
La principal enseñanza de la conferencia organizada por Mediatrends America es que el narcotráfico del siglo XXI ya no se combate únicamente en puertos, aeropuertos, carreteras o pasos fronterizos. La nueva batalla se libra también en internet, en las redes sociales, en los teléfonos inteligentes, en las plataformas digitales, en los servicios postales, en los laboratorios clandestinos, en las escuelas, en las universidades, en los hospitales, en los hogares y, sobre todo, en la conciencia de cada ciudadano.
Andrea Zapparoli dejó una advertencia que trasciende las fronteras de Italia y de la Unión Europea.
Las organizaciones criminales comprendieron antes que muchos gobiernos que el siglo XXI sería digital.
Ahora corresponde a las democracias demostrar que también pueden adaptarse a esa nueva realidad sin renunciar al Estado de derecho, a la cooperación internacional, a la investigación científica y a la defensa de la dignidad humana.
En definitiva, la lucha contra las drogas ya no es únicamente una cuestión policial. Es también una tarea educativa, sanitaria, cultural, tecnológica, judicial y ética.
Solo la combinación equilibrada de todos esos elementos permitirá contener una amenaza que evoluciona con extraordinaria rapidez y que desafía por igual a Europa, a la República Dominicana, al Caribe y a todas las Américas.
Fuentes: Conferencia «Alcune esperienze e protocolli utili dall’Unione Europea in materia di politiche sulle droghe», organizada por Mediatrends America, Roma, 2 de julio de 2026; intervención de Andrea Zapparoli, coordinador del Observatorio Nacional sobre las Adicciones (OND) del Departamento de Políticas Antidroga de la Presidencia del Consejo de Ministros de Italia; currículo oficial de Andrea Zapparoli publicado por la Presidencia del Consejo de Ministros de Italia; Convenciones de las Naciones Unidas sobre Estupefacientes de 1961, 1971 y 1988; Estrategia de la Unión Europea sobre Drogas; Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA); Sistema Europeo de Alerta Rápida sobre Nuevas Sustancias Psicoactivas; Europol; Eurojust; Organización de las Naciones Unidas (ONU); Organización de los Estados Americanos (OEA).
