Doscientos cincuenta años después de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, las relaciones entre Washington y Pekín atraviesan uno de los períodos más tensos de su historia contemporánea.
La competencia comercial, la disputa por los semiconductores y la inteligencia artificial, las diferencias sobre Taiwán, las tensiones en el mar de China Meridional y la creciente rivalidad estratégica en el Indo-Pacífico dominan hoy la agenda internacional.
Todo parece indicar que ambas potencias han estado destinadas desde siempre a competir por la primacía mundial.
Sin embargo, la historia cuenta una realidad muy distinta.
En los años en que nacía la República norteamericana, algunos de sus principales fundadores contemplaban a China no como un adversario geopolítico, sino como una de las civilizaciones más admirables del mundo.
Aquella admiración no significó la intención de copiar el sistema político del Imperio chino, pero sí el reconocimiento de que su tradición filosófica y administrativa ofrecía enseñanzas valiosas para una nación que buscaba construir un nuevo modelo republicano.
Fue durante el Siglo de las Luces cuando el pensamiento de Confucio llegó al mundo atlántico gracias a las traducciones realizadas por los misioneros jesuitas y a la fascinación que la China imperial despertó entre los filósofos ilustrados europeos.
Desde Francia e Inglaterra esas ideas cruzaron el océano y llegaron a las colonias británicas de Norteamérica, donde encontraron receptividad entre figuras como Benjamin Franklin y Thomas Jefferson.
El historiador Dave Wang, en un estudio publicado por Education About Asia, recuerda que Franklin conoció The Morals of Confucius durante su estancia en Londres y quedó profundamente impresionado por aquella obra.
Años después publicó fragmentos en la Pennsylvania Gazette, convirtiéndose en uno de los primeros difusores del pensamiento confuciano entre los colonos estadounidenses.
No resulta difícil comprender por qué aquellas enseñanzas despertaron su interés.
Confucio sostenía que el buen gobierno no nace únicamente de las leyes ni de las instituciones, sino del perfeccionamiento moral de las personas.
El individuo debía cultivar su carácter; de ese esfuerzo surgiría una familia ordenada, una comunidad estable y finalmente un Estado bien gobernado.
La autoridad verdadera no descansaba solamente en el poder, sino en el ejemplo.
Franklin compartía una visión semejante. Su Poor Richard’s Almanack promovía la disciplina, el trabajo constante, la frugalidad, la educación y la responsabilidad personal como fundamentos de la prosperidad colectiva.
Aunque procedentes de tradiciones distintas, la ética práctica de Franklin encontraba claras afinidades con la filosofía confuciana.
Aquella influencia también alcanzó el terreno político.
Finalizada la Guerra de Independencia, algunos veteranos propusieron crear una orden hereditaria de caballería semejante a la nobleza europea.
Franklin rechazó la propuesta recurriendo precisamente al ejemplo de China.
Recordó que allí el honor no descendía automáticamente a los hijos por el simple privilegio del nacimiento, sino que eran los méritos de los descendientes los que ennoblecían retrospectivamente a sus antepasados.
El argumento reforzaba su rechazo a cualquier aristocracia hereditaria dentro de la nueva república.
Thomas Jefferson desarrolló una idea muy cercana al defender la existencia de una “aristocracia natural”, integrada por hombres distinguidos por su talento, su educación y su virtud cívica, y no por la riqueza o el linaje.
Diversos especialistas, entre ellos Martin Powers, han señalado la semejanza entre esa concepción y el antiguo sistema meritocrático de los funcionarios imperiales chinos, seleccionados mediante rigurosos exámenes públicos.
No se trataba de importar el modelo político chino, sino de reconocer el valor universal del mérito frente al privilegio heredado.
La joven república también estableció tempranos vínculos comerciales con China.
El Empress of China, primer barco mercante estadounidense enviado a Cantón después de la independencia, zarpó de Nueva York el 22 de febrero de 1784.
Aquel viaje inauguró un comercio que crecería rápidamente y convertiría a Estados Unidos en uno de los principales socios occidentales del Imperio chino antes de finalizar el siglo XVIII.
Todavía hoy permanece en Washington un símbolo silencioso de aquella antigua admiración.
En la fachada oriental del edificio de la Corte Suprema aparecen representados tres grandes legisladores de la historia: Moisés, Solón y Confucio.
El escultor Hermon Atkins MacNeil quiso expresar que distintas civilizaciones habían contribuido al desarrollo del pensamiento jurídico y moral de la humanidad.
La presencia de Confucio no significa que el constitucionalismo estadounidense proceda del sistema político chino; representa, más bien, el reconocimiento de que la búsqueda de la justicia ha sido una aspiración universal.
Algunos investigadores han señalado incluso posibles afinidades entre la célebre expresión de la Declaración de Independencia —el derecho a la “búsqueda de la felicidad”— y la doctrina de Mencio sobre el llamado “Mandato del Cielo”, según la cual la legitimidad del gobernante depende de su capacidad para garantizar el bienestar del pueblo.
Sin embargo, la mayor parte de los historiadores coincide en que la inspiración principal de Jefferson procede de John Locke y de la tradición filosófica occidental.
Más que una influencia directa, puede hablarse de una coincidencia intelectual que continúa siendo objeto de estudio.
La admiración europea por China alcanzó su punto culminante durante el siglo XVIII.
Voltaire veía en Confucio el ejemplo de una moral racional basada en la virtud más que en el dogma religioso.
François Quesnay estudió con tanta pasión las instituciones chinas que llegó a ser conocido como el “Confucio de Europa”.
Esa corriente intelectual influyó en el ambiente ilustrado del que también surgieron los fundadores de los Estados Unidos.
Con el siglo XIX todo cambió.
La Revolución Industrial, el colonialismo europeo y las Guerras del Opio alteraron profundamente la percepción occidental de China.
La civilización que durante décadas había sido admirada pasó a ser presentada como un ejemplo de atraso y de supuesto “despotismo oriental”.
Aquella transformación acompañó el ascenso político y militar de Occidente y terminó por borrar del imaginario colectivo el temprano respeto intelectual que había existido hacia la antigua China.
Hoy la situación vuelve a ser muy distinta.
Durante la segunda presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha intensificado las políticas destinadas a reducir su dependencia tecnológica y económica de China en sectores considerados estratégicos.
Pekín, bajo el liderazgo de Xi Jinping, ha respondido acelerando sus programas de autosuficiencia científica e industrial, fortaleciendo la Iniciativa de la Franja y la Ruta y promoviendo un orden internacional cada vez más multipolar.
La competencia ya no se limita al comercio; comprende la innovación tecnológica, las cadenas de suministro, la seguridad nacional, la influencia diplomática y el liderazgo mundial.
Pero esa rivalidad contemporánea no debería hacer olvidar una verdad histórica de mayor alcance.
Las relaciones entre las grandes potencias nunca han consistido únicamente en conflictos de intereses.
También han sido intercambios de conocimientos, instituciones e ideas. Estados Unidos nació principalmente de las tradiciones constitucionales inglesas, del derecho romano, del pensamiento clásico, del cristianismo y de la Ilustración europea. Sin embargo, sus fundadores tampoco vacilaron en observar con interés otras civilizaciones cuando creyeron encontrar en ellas enseñanzas útiles para la construcción de una sociedad libre.
Tal vez esa sea la lección más perdurable del 4 de julio de 1776.
Mientras nacía una nueva república inspirada en los ideales de libertad y autogobierno, algunos de sus arquitectos también encontraban motivos de reflexión en un sabio que había vivido más de dos mil años antes, al otro lado del mundo.
Mucho antes de convertirse en rivales estratégicos, Estados Unidos y China compartieron un discreto pero significativo diálogo de civilizaciones que recuerda una verdad permanente de la historia: las ideas viajan con mayor libertad que los ejércitos y suelen sobrevivir mucho más tiempo que las disputas entre las naciones.
Fuentes: Dave Wang, The U.S. Founders and China: The Origins of Chinese Cultural Influence on the United States, Education About Asia (2011); AsiaNews, «4 de julio de 1776, cuando los padres fundadores estadounidenses miraban hacia China» (4 de julio de 2026); información oficial de la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre el frontón oriental del edificio; estudios de Martin Powers sobre la influencia de la meritocracia china en el pensamiento político comparado.