Hay artículos que parecen textos académicos y, sin embargo, son en realidad manifiestos políticos escritos con la cortesía del economista que conoce demasiado bien los pasillos del poder.

El texto que Jeffrey Sachs me envió por email en la tarde del Miércoles 13 de Mayo 2026 pertenece a esa categoría.

No es simplemente una reflexión sobre ahorro, consumo y balanza de pagos.

Es una intervención en una de las grandes disputas estratégicas de nuestro tiempo: quién financiará el desarrollo del siglo XXI y bajo qué reglas.

Detrás de las cifras, de los términos técnicos y del lenguaje aparentemente neutro de la macroeconomía, se libra una batalla por el control del dinero mundial, una batalla silenciosa pero tan decisiva como aquellas confrontaciones geopolíticas que durante el siglo pasado definieron imperios, alianzas y guerras.

Conozco a Jeffrey Sachs desde encuentros internacionales en el Vaticano, particularmente en las sesiones de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, donde coincidimos en discusiones sobre pobreza, desarrollo sostenible, migraciones, cambio climático y gobernanza global.

Es un hombre brillante, directo, con la rara combinación de académico y operador intelectual del debate internacional.

Ha transitado desde los años del shock therapy postsoviético hasta convertirse en una de las voces más insistentes a favor del desarrollo sostenible y de una arquitectura internacional menos dominada por Washington.

Por eso su reciente artículo publicado en el South China Morning Post debe leerse no como una opinión improvisada, sino como la expresión madura de una visión del mundo.

Su tesis central es provocadora.

Mientras el G7 y el Fondo Monetario Internacional sostienen que China ahorra demasiado y que debería consumir más para reducir sus desequilibrios externos, Sachs afirma exactamente lo contrario:

El mundo necesita que China siga ahorrando, e incluso que convierta ese ahorro en mayor financiamiento internacional para los países en desarrollo.

Dicho de otro modo, lo que en Washington y Bruselas se presenta como una anomalía económica, Sachs lo presenta como una oportunidad histórica.

La discusión parece técnica, pero no lo es.

Cuando se habla del superávit de cuenta corriente de China, se habla del excedente entre lo que China ahorra y lo que invierte internamente.

Ese excedente se convierte en capital exportable.

Es dinero que sale hacia el exterior en busca de inversiones, proyectos, activos y retornos futuros.

Durante décadas, ese papel lo desempeñaron principalmente Estados Unidos y las instituciones nacidas en Bretton Woods después de la Segunda Guerra Mundial.

Washington no solo emitía la moneda dominante; también determinaba en gran medida quién recibía financiamiento, bajo qué condiciones y con qué costo político.

Sachs está diciendo, con elegancia académica pero con claridad estratégica, que ese monopolio ha dejado de ser funcional.

Y en eso tiene parte de razón.

América Latina conoce demasiado bien esa historia.

Durante décadas se nos habló de disciplina fiscal, austeridad, privatizaciones, reformas estructurales y paciencia.

Se nos explicó, con tono doctoral, que el desarrollo llegaría si obedecíamos los manuales correctos.

Pero mientras las conferencias se multiplicaban, los puentes no aparecían, los sistemas eléctricos envejecían, los ferrocarriles desaparecían y la industrialización se convertía en promesa incumplida.

El FMI, cuando llegaba, muchas veces lo hacía con la medicina amarga del ajuste.

Wall Street, cuando invertía, exigía retornos inmediatos.

Y la Reserva Federal, como bien sugiere Sachs, abría sus paraguas de liquidez con notable selectividad geopolítica.

Entonces apareció China.

No apareció con sermones. Apareció con ingenieros, financiamiento, maquinaria pesada, puertos, carreteras, centrales eléctricas, redes ferroviarias, cables de fibra óptica y una paciencia financiera distinta a la occidental, aunque no necesariamente altruista.

Esa diferencia es esencial.

Porque nadie debe confundir la geoeconomía china con filantropía internacional.

Beijing no actúa como congregación religiosa.

Actúa como civilización-Estado que piensa en décadas, asegura materias primas, abre mercados, proyecta influencia y construye dependencias funcionales a sus intereses estratégicos.

Sachs, sin embargo, plantea algo aún más ambicioso.

No se limita a defender el ahorro chino como un fenómeno aceptable.

Propone, en la práctica, que China asuma un rol central como gran financiador de la transición energética global y del desarrollo del Sur Global.

Allí está el verdadero escándalo implícito del artículo.

Porque una cosa es aceptar que China exporte manufacturas baratas o paneles solares; otra muy distinta es aceptar que Beijing se convierta en arquitecto financiero del crecimiento de Asia, África y América Latina.

Washington comprende perfectamente esa diferencia.

Por eso el conflicto real no gira alrededor de una discusión académica sobre Keynes, consumo o tasas de ahorro.

El conflicto es otro: quién controlará la liquidez del sistema internacional.

Quién decidirá qué proyectos se financian.

Quién impondrá condiciones.

Quién ganará influencia política a través del crédito.

En el fondo, estamos viendo una disputa entre el viejo Bretton Woods y un posible Bretton Woods con características chinas.

Hay, naturalmente, objeciones legítimas a la visión de Sachs.

China enfrenta sus propios problemas internos: envejecimiento demográfico, crisis inmobiliaria, tensiones de productividad, desigualdades regionales y riesgos derivados de sobrecapacidad industrial.

Exportar capital masivamente mientras su economía se ajusta no está exento de peligros.

Además, varios proyectos financiados bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta han producido tensiones financieras, renegociaciones y críticas sobre dependencia estratégica.

Los defensores de Beijing replican que Occidente exagera esos casos por razones propagandísticas.

La verdad, como suele ocurrir, está en un terreno intermedio.

Pero incluso admitiendo esas reservas, Sachs obliga a formular una pregunta incómoda: si Occidente no está dispuesto a financiar seriamente la transición energética y el desarrollo de las economías emergentes, ¿con qué legitimidad pretende impedir que otros lo hagan?

Ese es el núcleo político del debate.

Estados Unidos, en otro tiempo, habría respondido compitiendo con una visión propia, desplegando recursos masivos, movilizando industria, promoviendo alianzas productivas y fortaleciendo instituciones multilaterales bajo su liderazgo.

Pero el Washington contemporáneo parece dividido entre la fatiga imperial, el repliegue estratégico y la polarización interna.

Mientras tanto, China sigue acumulando capacidad manufacturera, reservas, instrumentos financieros y paciencia histórica.

Para América Latina, la lección es delicada.

No se trata de cambiar una dependencia por otra.

No se trata de abandonar ingenuamente una órbita para ingresar dócilmente en otra.

Se trata de entender el momento histórico con lucidez.

El ahorro chino puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para infraestructura, energía, conectividad y modernización.

Pero solo si los Estados receptores tienen instituciones fuertes, visión estratégica y capacidad de negociación soberana.

Porque el dinero nunca llega solo. Siempre llega acompañado de intereses.

Jeffrey Sachs ha escrito un texto que, bajo apariencia económica, es profundamente geopolítico.

Más que una defensa de China, es un desafío intelectual al orden financiero nacido en 1945.

Más que una discusión sobre consumo, es una pregunta sobre poder.

Y como ocurre siempre cuando el dinero cambia de manos entre imperios, el mundo entero termina sintiendo el temblor.

Anexos:

Por qué el mundo necesita que China ahorre más, no menos

Jeffrey D. Sachs | 13 de mayo de 2026 | South China Morning Post

El memorando de los economistas del G7 de marzo y el informe del FMI de abril sobre los desequilibrios globales llegaron a la misma receta: el superávit de cuenta corriente de China es excesivo y debería reducirse impulsando el consumo.

El diagnóstico es erróneo. La economía mundial, especialmente los mercados emergentes y las economías en desarrollo, se benefician del elevado ahorro de China.

Un superávit de cuenta corriente es el exceso del ahorro nacional sobre la inversión doméstica. Ese ahorro no se pierde; se exporta al exterior en forma de salidas netas de capital, con un aumento equivalente de los activos financieros de China sobre el resto del mundo.

Esos activos incrementan la riqueza de China y sus ingresos nacionales futuros. La pregunta económicamente relevante no es si tal superávit debería existir, sino si las salidas netas de capital financian inversiones valiosas.

Sin embargo, el Grupo de los Siete y el Fondo Monetario Internacional asumen que China ahorra demasiado y debería consumir más. Esa visión es arbitraria. El consumo de China crece con el tiempo, aproximadamente al mismo ritmo que aumenta su ingreso nacional. Si la pregunta es si China debería ahorrar menos, crecer más lentamente con el tiempo y reducir ahorro e inversión, la respuesta es no.

El FMI habla de un “crecimiento liderado por el consumo en China”, en contraposición al crecimiento impulsado por el ahorro y la inversión, pero eso es ingenuo. Es cierto que, hace décadas, John Maynard Keynes escribió sobre la paradoja del ahorro, según la cual una mayor tasa de ahorro en una economía cerrada, bajo ciertas condiciones, puede reducir la producción y, con ello, el ahorro total.

Pero las condiciones actuales son distintas. El ahorro chino no está contribuyendo a una caída de la producción nacional ni de la producción global. Ayuda a generar mayores exportaciones chinas, mayores inversiones en el extranjero y crecimiento tanto del ingreso de China como de la producción externa.

El crecimiento de largo plazo proviene de la acumulación de capital, del progreso tecnológico y de la transformación estructural, no de impulsar el consumo doméstico. Si China consume más y ahorra menos, probablemente habría menos formación de capital global.

Se construiría menos infraestructura en el exterior. Se instalarían menos parques solares. Habría menos líneas de transmisión, menos cables de fibra óptica y menos trenes de alta velocidad atravesando el mundo en desarrollo. El crecimiento global se desaceleraría.

Del otro lado del superávit de cuenta corriente de China están las mayores necesidades de inversión del mundo. Los mercados emergentes y las economías en desarrollo requieren una era sin precedentes de formación de capital verde para electrificar sus economías, modernizar sus redes eléctricas, construir almacenamiento y transmisión de larga distancia, electrificar sus sectores de transporte y desarrollar las cadenas de suministro de minerales de las que depende la descarbonización global. El ahorro chino es clave para financiar estas inversiones.

Bajo los criterios estándar de calificación crediticia, hay pocos países de bajos ingresos o de ingresos medios-bajos considerados solventes. A pesar de las supuestas primas de riesgo, los mercados emergentes y las economías en desarrollo tienen potencial de alto crecimiento. El principal problema es la liquidez, no la solvencia.

Las crisis de liquidez, o “paradas súbitas”, desencadenadas por choques globales como la covid-19, las guerras y los pánicos de Wall Street, interrumpen los planes de desarrollo de largo plazo. El FMI, cuando llega, muchas veces llega demasiado tarde, y condiciona su apoyo a políticas de austeridad en lugar de promover inversión productiva de largo plazo.

La Reserva Federal de Estados Unidos proporciona liquidez, pero generalmente solo a países favorecidos geopolíticamente por Washington. La arquitectura financiera internacional suministra insuficiente liquidez a la mayoría de los mercados emergentes y reduce la formación de capital verde de largo plazo en regiones donde deberían ocurrir rápido crecimiento y descarbonización.

El informe del FMI parece consciente de estos riesgos de liquidez, pero prescribe la solución equivocada. En lugar de abordar la liquidez, concluye que debería haber menores salidas de capital desde China. No debemos resolver las crisis de liquidez deteniendo el crédito. Debemos resolverlas fortaleciendo la provisión de liquidez y el financiamiento de largo plazo.

China posee una llave clave. Ofrece una fuente potencial crítica de financiamiento de largo plazo para los mercados emergentes y las economías en desarrollo, junto con la capacidad industrial para convertir la demanda de inversión en infraestructura física.

Se estima que la capacidad de producción de módulos solares de China es de entre 1,000 y 1,200 gigavatios por año. El mundo actualmente instala solo alrededor de la mitad de esa capacidad. Algunos llaman a eso “sobrecapacidad” china. Sin embargo, con mayor financiamiento de largo plazo, los mercados emergentes y las economías en desarrollo podrían instalar capacidad solar a ritmos mucho mayores.

La combinación entre la elevada tasa de ahorro de China, la necesidad de infraestructura verde en los mercados emergentes y la capacidad china para producir bienes de capital verdes ofrece una oportunidad extraordinaria para la economía mundial. El alto ahorro de Beijing debería promover elevadas tasas de inversión en los países en desarrollo, altas tasas de exportación para China y acelerar la transición hacia sistemas basados en energías renovables, además de financiar transmisión eléctrica de larga distancia, vehículos eléctricos, almacenamiento energético a escala de red y otras tecnologías.

Las implicaciones de política son claras. China debería redirigir una parte significativa de su apoyo de política industrial desde una mayor expansión de capacidad doméstica —donde los retornos marginales han disminuido— hacia financiamiento verde de largo plazo para los mercados emergentes.

Ese financiamiento externo podría adoptar muchas formas: mayores salidas de capital basadas en el mercado a través de Hong Kong y Shanghái; mayores préstamos de política pública mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta; mayores inversiones extranjeras directas de empresas chinas en producción en el exterior; y expansión del financiamiento a través de instituciones multilaterales como el Nuevo Banco de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura. El Banco Popular de China también puede promover la internacionalización del renminbi.

La objeción a esta estrategia no será, en última instancia, económica. Será geopolítica. Washington objetará una estrategia que otorgue a China un papel central en las finanzas verdes globales. Sin embargo, Estados Unidos ha retrocedido en la industrialización verde, deteniendo sus propias inversiones en energías renovables y vehículos eléctricos.

Estados Unidos no puede objetar cuando otros dan un paso al frente. La capacidad industrial verde de China, desplegada mediante financiamiento de largo plazo hacia las economías en desarrollo, es el uso más racional, promotor del crecimiento y alineado con el clima para la elevada tasa de ahorro del país.

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