Ha causado justificada indignación, dolor y frustración el homicidio a quemarropa de un joven de apenas 19 años, Darlin Mercado Reyes, por un cabo de la Policía Nacional en el sector de la cañada de Guajimía de Herrera por un pésimo manejo de un caso de fiscalización de una motocicleta propiedad de este, la cual no estaba conduciendo, y ante el cuestionamiento y rechazo de su apresamiento, a plena luz del día y en presencia de múltiples personas y del resto de los agentes que lo acompañaban, en un segundo el agente homicida olvidó el entrenamiento recibido y las reglas de uso de la fuerza disparándole mortalmente.
De no haberse tenido conocimiento exacto del hecho gracias a videos realizados por personas que los presenciaron costaría creer que algo tan simple haya terminado de una forma tan horrenda, y cuesta más creer que a pesar de saber que estaba en presencia de testigos, de que los mismos requisados estaban filmando la escena, lo que él mismo había reconocido al decir “tú puedes grabar, tranquilo, que aquí no se está agrediendo, no se te está haciendo nada”, así como uno de los cinco agentes que lo acompañaban, su reacción luego de un breve forcejeo fuera sacar su arma y disparar, a pesar del griterío de las personas tratando de evitarlo.
Este horrendo y lamentable hecho ejemplifica que nuestra Policía debe ser transformada de los pies a la cabeza, y retrata de forma patética que no solo se trata de dotarla de buenos equipos y mejores salarios, pues correctamente uniformados y equipados, con una camioneta nueva y bien rotulada, los 6 agentes actuaron conforme a la vieja y dañina cultura no solo de la violencia y de abuso de autoridad, sino de la falta de cumplimiento con la ley y con total falta de conciencia de cómo corresponde actuar frente a un ciudadano.
Los niveles de violencia de nuestra sociedad son altos, y por eso quienes portan armas y sobre todo si se trata de la autoridad que está llamada a proteger las personas y los bienes deben tener la templanza para manejar situaciones sin que la ira, la arrogancia y la violencia los lleven a demostrar su jefatura por medio de un arma letal, que no solamente segó una vida joven, sino que también arruinó la del mismo homicida que será juzgado y sancionado como corresponde.
Las dolorosas lecciones que deja este crimen deben ser aprendidas, y la primera de ellas es que a pesar de que tenemos la vida viendo en películas y series actuaciones policiales en las que claramente se sigue un protocolo de identificación del agente frente al ciudadano y las causas del registro, de solicitud de documentos, de exhibición de manos y verificación de porte de armas, de inmovilización, y de que los reglamentos vigentes así lo ordenan, parece que hay resistencia a cumplirlo y hay que repetir sin cansarse este entrenamiento básico, y saber dirigir las intervenciones policiales, porque una motocicleta sin seguro no podía tener como consecuencia llevarse a nadie preso, actuación antojadiza y abusiva, que hace sospechar malos propósitos.
Frustra que tanto empeño en transformar nuestra Policía siga chocando con la misma piedra, pero en vez de denostar los esfuerzos y el proceso de reforma, o de intentar sacar ventaja política cuando se sabe que este es un mal de años que otros poco hicieron por atender, lo que corresponde es seguir luchando cada día para lograr este objetivo por imposible que parezca; reclamando que se aprueba la nueva ley orgánica que constituye una profunda reforma, que se dicten oportunamente sus reglamentos, que se hagan los debidos entrenamientos, que se sancionen ejemplarmente a los culpables de violaciones a la ley, y no solo a los que alegremente disparan sus gatillos sino también a los que en silencio cómplice no hacen nada por evitarlo, y se investigue a quienes de alguna manera permiten o propician que se manden patrullas a las calles no para proteger y dar seguridad, sino a “pescar” coimas, y peor aún personas.
La Policía debe cambiar su vieja y arraigada mentalidad y sus malas prácticas, porque si esto no sucede no habrá uniformes, equipos, ni salarios que garanticen que harán correctamente su misión porque el hábito no hace al monje, así como también debe cambiar la visión de una parte de la población que reclama “mano dura” y cierra los ojos frente a inexcusables ejecuciones, sin comprender que lo que tiene que exigirse es el estricto cumplimiento de la ley.