Hay experiencias diplomáticas que no caben en los informes oficiales, porque su verdadera sustancia no está en la ceremonia sino en el sacrificio. Roma, para mí, no fue solamente una sede ante la Santa Sede

Fue también una prueba de orden interior, de disciplina espiritual y de responsabilidad práctica.

Allí comprendí de nuevo que la vida pública, cuando se la toma en serio, necesita un centro de silencio. 

Por eso mi residencia diplomática en Via di Porta Angelica 63, Roma 00193, un apartamento de segundo piso -pues en Italia el piano terra no se cuenta como primer piso- llegó a ser para mí una especie de monasterio.

Ese monasterio no nació de la comodidad sino de una necesidad conquistada. 

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Cuando llegué a Roma, en 2009, la residencia y las oficinas de la Embajada estaban mezcladas en un mismo inmueble, en Lungotevere Marzio 3. 

Imagínese usted una familia dando vueltas a locas entre empleados, documentos, llamadas, visitantes, mensajeros y el movimiento ordinario de una cancillería. 

Lo que debía ser hogar era también oficina; lo que debía ser recogimiento familiar era, al mismo tiempo, tránsito institucional. 

En esas condiciones la vida privada quedaba invadida por la administración diaria, y la administración diaria tampoco podía alcanzar la serenidad que exige una misión diplomática.

El problema era todavía más serio porque el inmueble de Lungotevere Marzio 3 estaba siendo reclamado al anterior embajador por una señora propietaria, quien había llevado el asunto incluso ante un tribunal de Roma. 

No se trataba, por tanto, de una simple incomodidad doméstica. 

Era una dificultad heredada, jurídica y administrativa, que afectaba el funcionamiento mismo de la representación dominicana. 

Una embajada no puede vivir normalmente bajo la incertidumbre de un litigio sobre el lugar donde trabaja y donde, además, reside la familia del embajador. 

Allí se cruzaban la precariedad presupuestaria, la presión legal y la necesidad elemental de dignificar el servicio exterior.

Todo esto ocurría en un momento particularmente difícil. 

En 2009 todavía se arrastraban las consecuencias de la gran crisis financiera mundial de 2008. 

El Fondo Monetario Internacional describió entonces una escalada dramática de la crisis en septiembre de 2008, seguida de una contracción sin precedentes de la actividad y del comercio internacional. 

El Banco Mundial recordaría luego que aquella crisis financiera global condujo a la recesión mundial de 2009. 

En ese ambiente de restricciones, austeridad y prudencia fiscal, resolver un problema inmobiliario de una embajada no era asunto menor. 

Cualquier decisión exigía sacrificio, paciencia y una administración cuidadosa de recursos escasos. [1][2]

Por eso el traslado de la Cancillería a Via Rusticucci 14, 00193 Roma, y la separación de la residencia en Via di Porta Angelica 63, tuvieron para mí un significado que iba más allá de la logística. 

Fueron un acto de orden. La casa volvió a ser casa, y la Embajada volvió a ser oficina. 

La familia recuperó su espacio; la misión diplomática recuperó su disciplina. 

A pocos pasos del Vaticano, en el antiguo Borgo romano, ambas direcciones quedaban cercanas, pero no confundidas. 

Esa cercanía permitía servir sin sacrificar por completo la intimidad familiar; permitía caminar de la residencia al despacho sin que el despacho devorara la residencia.

El entorno no era neutro. Via di Porta Angelica conserva en su nombre la memoria de la antigua Porta Angelica, una entrada vinculada durante siglos al acceso de los peregrinos hacia el Vaticano. 

El Borgo, por su parte, es una de las zonas históricas de Roma más transformadas por la apertura de la Via della Conciliazione, cuya construcción implicó la demolición de la antigua espina medieval y el desplazamiento de numerosos residentes. 

La Roma que se contempla allí no es solamente postal. Es una ciudad de capas superpuestas: peregrinación, poder, memoria, demolición, reconciliación, liturgia y Estado. Vivir y trabajar en ese espacio era convivir todos los días con la historia. [3][4]

En aquella residencia de Via di Porta Angelica 63, las madrugadas tenían una densidad especial. 

Roma amanecía lentamente, antes del ruido de los turistas y de las filas de peregrinos. 

En ese silencio yo leía todos los días el Oficio de Lectura. 

Si era la primera oración del día, comenzaba con la antigua invocación: ‘Señor, abre mis labios. Y mi boca proclamará tu alabanza’. 

Después venía el Salmo 94, invitación a la alabanza divina: ‘Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva’. No era una lectura decorativa. Era una forma de ordenar el alma antes de enfrentar el día.

El centro de ese salmo está en una advertencia que atraviesa toda la historia humana: ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto’. Meribá y Masá no son solamente dos nombres del Éxodo. 

Son la memoria de un pueblo que había visto las obras de Dios y, sin embargo, dudó de Él. 

En el desierto, la sed se convirtió en murmuración, la necesidad en protesta, la prueba en disputa. 

La Biblia conserva ese episodio sin maquillar a Israel, sin idealizarlo, sin ocultar su fragilidad. 

Ahí reside una parte inmensa de su valor: no presenta pueblos perfectos, sino pueblos capaces de extraviarse incluso después de haber visto la verdad. [5]

Por eso la Biblia es un libro tan profundamente realista. No adula a la humanidad. Muestra a los hombres y a los pueblos en su grandeza y en su estupidez, en su vocación y en su caída. 

La ignorancia colectiva no aparece como una condición exclusiva de una nación o de una época, sino como una posibilidad permanente de todos. 

El pueblo puede olvidar, puede endurecerse, puede exigir señales después de haber recibido señales, puede rechazar la voz que lo llama. 

El Salmo 94 lo dice con una precisión terrible: ‘Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino’. El problema no es solamente de inteligencia; es del corazón.

Esa es la enseñanza que yo llevaba conmigo desde la madrugada hasta el despacho. 

Cada día repetía el ‘hoy’ del salmo. No ayer, no mañana: hoy. 

La conversión, la vigilancia y la responsabilidad ocurren siempre en el presente. 

En la vida diplomática, como en la vida espiritual, el peligro mayor no es solamente la falta de información. Es el endurecimiento del juicio, la costumbre de no escuchar, la incapacidad de distinguir entre la queja legítima y la murmuración destructiva. 

Meribá y Masá pueden aparecer en una oficina, en un Estado, en una familia, en un pueblo entero, cuando se pierde la memoria del bien recibido y se deja entrar la desconfianza como norma.

Desde esa perspectiva, la reorganización de la Embajada fue también una lección espiritual. Había que separar lo mezclado, ordenar lo confuso, poner cada cosa en su lugar. 

Lungotevere Marzio 3 representaba la etapa de la confusión: residencia y oficina, familia y administración, intimidad y litigio, todo amontonado bajo el peso de una precariedad heredada. 

Via Rusticucci 14 y Via di Porta Angelica 63 representaron la recuperación de una forma. 

La Embajada pudo funcionar como Embajada; la residencia pudo respirar como residencia. 

En medio de la crisis mundial y de las limitaciones materiales, ese orden fue una conquista.

No debe subestimarse el sacrificio que costó. Las grandes decisiones de una misión diplomática no siempre son las que aparecen en los titulares. 

A veces consisten en resolver un contrato, cerrar un litigio, encontrar un inmueble, proteger la vida familiar, asegurar la continuidad administrativa, ahorrar donde se puede y sostener la dignidad del Estado cuando los recursos no abundan. 

La diplomacia también se hace con llaves, expedientes, mudanzas, alquileres, tribunales, presupuestos y caminatas de madrugada. 

Ese trabajo invisible permite que después existan los gestos visibles.

En Roma, esa caminata desde la residencia hasta la oficina unía dos mundos que nunca debían separarse del todo: la vida interior y el servicio público. 

Desde Via di Porta Angelica 63, después del Salmo 94, el día empezaba con una pregunta: ‘Ojalá escuchéis hoy su voz’. Luego venía la responsabilidad concreta en Via Rusticucci 14. 

Entre ambas direcciones se tendía una línea breve, casi doméstica, pero cargada de sentido. Era el paso del monasterio al despacho; de la oración al deber; del silencio a la representación de la República Dominicana ante la Santa Sede.

Por eso recuerdo aquella residencia como un monasterio. 

No porque estuviera apartada del mundo, sino porque me permitía entrar en él con el corazón más recogido. 

Un monasterio no es solamente un edificio religioso; es un orden del tiempo, una disciplina del alma, una manera de escuchar. 

En ese apartamento de segundo piso, en una calle que mira hacia la memoria del Vaticano, el Oficio de Lectura no era una rutina. 

Era una defensa contra el endurecimiento del corazón, una escuela diaria para no caer en Meribá ni en Masá.

La historia humana está llena de pueblos que no escucharon a tiempo. La Biblia los recuerda no para despreciarlos, sino para advertirnos. 

El pueblo que se cree demasiado seguro de sí mismo puede extraviarse. 

El funcionario que confunde el cargo con la persona puede endurecerse. 

La nación que pierde la memoria puede murmurar contra su propia salvación. 

La familia que no tiene espacio para respirar puede ser sacrificada por la maquinaria institucional. 

La fe, en cambio, enseña a mirar todo eso con lucidez. Enseña que el orden exterior comienza muchas veces en el corazón.

Así quedó para mí aquella Roma de 2009 en adelante: una ciudad de pruebas y de gracia, de precariedad y de belleza, de tribunales y salmos, de mudanzas y amaneceres. 

Lungotevere Marzio 3 fue la memoria de una dificultad recibida; Via Rusticucci 14, el lugar de una Embajada ordenada; Via di Porta Angelica 63, el monasterio íntimo desde el cual cada día se abría con una advertencia antigua y siempre nueva: ‘No endurezcáis el corazón’.

Fuentes citadas:

1. Fondo Monetario Internacional, World Economic Outlook: Crisis and Recovery, abril de 2009: describe la escalada de la crisis financiera en septiembre de 2008 y la contracción de actividad y comercio internacional.

2. Banco Mundial, A Decade after the 2009 Global Recession, 2020: recuerda que la crisis financiera global de 2008 condujo a la recesión mundial de 2009.

3. Rome Art Lover, Porta Angelica: referencia histórica sobre la antigua puerta de los muros del Borgo, hecha por Pío IV.

4. Via della Conciliazione, referencias históricas sobre la demolición de la spina de Borgo iniciada en 1936 y la culminación del eje monumental para el Jubileo de 1950.

5. Biblia: Éxodo 17,1-7; Salmo 94/95; Hebreos 3,7-11. El Salmo 94/95 recuerda Meribá y Masá como advertencia contra el endurecimiento del corazón.