Nuestros líderes políticos han advertido sobre los peligros de las candidaturas independientes, que supuestamente socavarían el sistema partidario, arriesgándonos a aventuras mesiánicas y autoritarias como las sufridas por algunos países latinoamericanos que eligieron populares y populistas presidentes extra partido.  

Este discurso facilitó que los legisladores eliminaran la institución centenaria de las candidaturas independientes, en lugar de legislar conforme los criterios vinculantes del Tribunal Constitucional, que sentenció la inconstitucionalidad de las normas que hacían inefectivas a estas candidaturas y trazó los parámetros normativos mínimos que aseguraban su verdadera independencia.  

Pero… ¡oh sorpresa! El Partido Reformista Social Cristiano, uno de los partidos más antiguos de nuestro sistema político, estaría abierto a la posibilidad de una candidatura presidencial “independiente” para las elecciones de 2028 encabezada por el popularísimo y exitoso empresario digital Santiago Matías

Esto no es nuevo en nuestra política. José del Castillo nos recuerda que las candidaturas independientes siempre “han figurado en nuestra legislación como alternativa de participación política abierta al ciudadano, aprovechada en especial para canalizar candidaturas municipales” y que “con visión inteligente, los grandes partidos han cooptado en el pasado a figuras notables con popularidad y arraigo propios”, tales como Corporán de los Santos (PRSC), Johnny Ventura (PRD), Roberto Salcedo (PLD), Héctor Acosta el Torito (PRM), Sergio Vargas (PLD) y Roberto Santana (PRSC).  

Al parecer los independientes serían buenos siempre y cuando estén integrados en los partidos, lo cual es positivo, porque denota apertura de un sistema político que es tan cerrado que se aferró recientemente a la “ley de hierro de la oligarquía” partidaria (Robert Michels), como demuestra su reciente rechazo a las candidaturas independientes, lo que no se compadece con nuestra historia republicana, pues, tras la Guerra de Restauración y hasta nuestra era democrática, los sectores populares han sido continuamente integrados a nuestras élites políticas.  

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Esto explica por qué Matías ha confesado hace poco que estaba celebrando el aniversario de la independencia estadounidense como parte “de la élite del país”.  Esto es alentador pues revela que él se siente parte del establishment, lo que quizás lo aleje de entonar los tradicionales y cansones cantos de sirena populistas y anti sistémicos, y hasta lo incorpore a una positiva y modélica cultura de democracia pactada por los miembros de lo que C. Wright Mills llamó la “élite del poder”. 

Este político de nuevo cuño se percibe -usando la ilustradora terminología de Umberto Eco- “integrado” a la “casta” del poder criticada por un convencido populista de la categoría de Pablo Iglesias y no de la “caspa”, sin duda “apocalíptica”, conque sus adversarios derechistas, lo comparaban. Es una manera de decirnos, como proclamaba en su Manifiesto de 1930 el Trujillo con cuyo legado algunas veces coquetea -abierta o subliminalmente- Matías: “no hay peligro en seguirme”.  

Aunque la popularidad digital no necesariamente se concreta en una gran participación electoral, que requiere movilizar el voto físico, indudablemente la incursión política de Matías podría permitir eventualmente al PRSC recuperar su condición legal-electoral-financiera de partido mayoritario. Sería un error de nuestras élites subestimar este novedoso emprendimiento político y combatirlo o apoyarlo, sobre la base -guardando las lógicas distancias- del mismo estúpido prejuicio de clase que exhibieron sus antecesoras criollas y sus homólogas alemanas, que minimizaron a Trujillo y Hitler creyendo erróneamente que eran unos palurdos fácilmente manipulables.