Me siento culpable…

Por querer seguir estudiando antes que casarme.

Por posponer la maternidad.

Por no poder embarazarme.

Por aceptar un ascenso.

Por no producir suficiente leche para mi bebé.

Por irme a trabajar y dejar a mi hijo.

Por no haber estado cuando dio sus primeros pasos.

Por llegar tarde a casa.

Por desear una siesta.

Por haberme dedicado a mis hijos y abandonar mi carrera.

Por no dejar a un hombre que me maltrata.

Porque mi pareja está de mal humor.

Porque ya no deseo tener relaciones sexuales.

Por separarme.

Por no lograr envejecer sin que se me note.

Por gastar dinero en mí.

La culpa no es instinto.

Se aprende.

Empieza cuando a una niña le enseñan que ser buena es cuidar, complacer, ceder, callar y cerrar las piernas.

Poco a poco deja de ser una emoción.

Se convierte en una voz.

Ya no hace falta que nadie la repita.

Te vigila.

Te castiga.

Primero inmoviliza. No dices que no. No pides un aumento. No descansas. No abandonas una relación que te destruye. Ni siquiera te eliges.

Después se vuelve vergüenza.

Ya no piensas que hiciste algo malo. Empiezas a creer que hay algo malo en ti. Si mi tío me mira así, será porque algo en mí lo provocó. Si mi marido me fue infiel, será porque no fui suficiente. Si no me desean, será porque hay algo malo en mi cuerpo.

La vergüenza, cuando envejece, se convierte en rabia.

Una rabia sin voz que aprende a hablar con el cuerpo.

Entonces llegan el insomnio, la migraña, la gastritis, el colon irritable y el dolor de espalda.

El deseo se apaga.

El cuerpo dice lo que la boca calla.

No es casual que tantas mujeres lleguen exhaustas a la perimenopausia.

Con frecuencia intentamos aliviar su sufrimiento con hormonas, olvidando que el cuerpo guarda la memoria de una vida entera de culpas, silencios y renuncias.

No todo lo que duele en la menopausia nace en los ovarios.

Nos enseñaron a esperar.

Primero los hijos.

Después la pareja.

Luego el trabajo.

Siempre alguien más.

Nos educaron para vivir siempre después.

Pero el mañana pertenece al viento.

Mientras esperábamos, la vida nunca esperó por nosotras.

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