Isaías, la geopolítica y una región que nunca ha dejado de ser el centro de la historia
Hoy, martes 14 de julio de 2026, al escuchar la primera lectura de la liturgia y encontrarme con la mención del rey Ajaz, inmediatamente me vino a la memoria el nombre de un detergente para lavar platos que he oído mencionar desde que nací.
Me pregunté si existía alguna relación entre ambos nombres.
Naturalmente, no la hay.
Pero esa curiosidad me llevó a releer con detenimiento el pasaje de Isaías y descubrí, una vez más, hasta qué punto la Biblia sigue siendo un libro de extraordinaria actualidad.
La primera lectura de este martes (Isaías 7, 1-9) podría publicarse perfectamente en la sección internacional de cualquier periódico contemporáneo.
Si sustituyéramos los nombres de Ajaz, Rasón y Pécaj por los de algunos dirigentes actuales, pocos advertirían que el texto fue escrito hace cerca de dos mil setecientos cincuenta años.
La historia parece cambiar de protagonistas, pero conserva el mismo escenario.
El joven rey Ajaz gobierna el pequeño reino de Judá.
Dos vecinos poderosos, Siria e Israel —el reino del Norte—, forman una alianza para obligarlo a unirse a una coalición militar.
Como Ajaz se niega, ambos deciden invadir Jerusalén y sustituirlo por un gobernante dócil a sus intereses.
Es difícil encontrar una descripción más precisa de la lógica que ha caracterizado al Medio Oriente desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Estados pequeños atrapados entre potencias regionales; alianzas que cambian con rapidez; guerras preventivas; gobiernos que buscan sobrevivir apoyándose en imperios más poderosos; rivalidades religiosas, políticas y económicas entrelazadas en un mismo conflicto.
La geografía cambia muy poco.
Los imperios cambian de nombre.
La tensión permanece.
En la época de Isaías, el gran actor era Asiria, la primera superpotencia militar del Cercano Oriente.
Su expansión alteraba todos los equilibrios regionales y obligaba a los pequeños reinos a escoger entre la resistencia, la alianza o la sumisión.
Hoy el escenario es diferente, pero no tanto.
Israel sigue siendo el principal poder militar de la región.
Irán intenta ampliar su influencia mediante una compleja red de aliados y movimientos armados.
Turquía procura reconstruir su protagonismo regional.
Arabia Saudita y los Estados del Golfo buscan garantizar su seguridad y diversificar sus alianzas.
Estados Unidos mantiene una presencia estratégica decisiva.
Rusia conserva intereses militares y políticos, mientras China incrementa silenciosamente su influencia económica y diplomática.
Cada uno calcula.
Cada uno busca equilibrio.
Cada uno teme quedar aislado.
Eso mismo ocurría cuando Isaías caminaba por las calles de Jerusalén.
Pero el profeta introduce un elemento que rara vez aparece en los análisis geopolíticos.
Habla del miedo.
«El corazón de Ajaz y el de su pueblo se estremecieron como se estremecen los árboles del bosque agitados por el viento.»
Es una descripción magistral de una sociedad paralizada por la incertidumbre.
Y es precisamente entonces cuando Dios envía al profeta con un mensaje sorprendente:
«Mantente alerta, pero tranquilo. No tengas miedo.»
No le pide al rey que ignore la amenaza.
No le aconseja desarmarse.
No le propone una rendición.
Le pide algo mucho más difícil: que no permita que el miedo gobierne sus decisiones.
En política internacional, el miedo suele producir errores estratégicos de enormes consecuencias.
Los gobiernos invaden antes de tiempo.
Firman alianzas que hipotecan su independencia.
Aceptan dependencias que luego resultan casi imposibles de romper.
O responden desproporcionadamente, sembrando las condiciones para nuevos conflictos.
Ajaz terminaría buscando la protección del Imperio asirio.
La decisión resolvió parcialmente el problema inmediato, pero abrió otro mucho mayor: Judá quedó subordinado al imperio cuya ayuda había solicitado.
La historia moderna ofrece ejemplos semejantes.
Muchos países han preservado temporalmente su seguridad entregando parte de su autonomía política, económica o militar a potencias mayores.
El problema inmediato desaparece.
La dependencia permanece.
Por eso Isaías concluye con una frase extraordinaria:
«Si ustedes no creen, no permanecerán.»
En hebreo, el verbo utilizado significa al mismo tiempo creer, confiar, sostenerse y mantenerse firme. El mensaje va mucho más allá del ámbito religioso.
Una nación que pierde la confianza en sí misma termina buscando salvadores externos.
Un gobernante dominado por el temor deja de actuar con libertad.
Una sociedad que solo reacciona a las crisis termina perdiendo su capacidad de construir el futuro.
El Medio Oriente continúa siendo el gran laboratorio de esas tensiones.
Las guerras en Gaza, los enfrentamientos entre Israel e Irán, la persistente inestabilidad de Siria, las disputas por el control de las rutas marítimas y energéticas, el progresivo desplazamiento de la competencia entre Estados Unidos y China hacia Eurasia y el Golfo Pérsico forman parte de una misma realidad histórica: esa región sigue siendo uno de los principales ejes geopolíticos del planeta.
No es casualidad.
Allí en Medioriente nacieron las grandes religiones monoteístas.
Allí convergen Asia, África y Europa.
Allí pasan algunas de las rutas comerciales más importantes del mundo.
Y allí se han enfrentado, durante casi tres mil años, imperios, civilizaciones y proyectos políticos universales.
Por eso Isaías continúa siendo un autor contemporáneo.
No porque explique las decisiones de los gobiernos actuales, sino porque comprende el mecanismo profundo que suele desencadenar las grandes crisis.
Antes de convertirse en un problema militar, casi toda guerra comienza siendo un problema político.
Y antes de convertirse en un problema político, suele ser un problema del corazón humano.
Quizá esa sea la mayor actualidad de esta lectura.
Mientras los analistas estudian armas, alianzas, petróleo, corredores logísticos o capacidades nucleares, Isaías dirige la mirada hacia el interior del gobernante.
Porque sabía que los imperios pueden cambiar, las fronteras pueden modificarse y las tecnologías militares pueden transformarse, pero la naturaleza humana permanece sorprendentemente constante.
Por eso, después de casi veintiocho siglos, la lectura de hoy produce una sensación inevitable.
Al terminar de leerla, uno no puede dejar de pensar:
En el Medio Oriente, muchas cosas han cambiado.
Pero, en el fondo, sigue ocurriendo lo mismo de siempre.