La primera vez que visité el jardín de la residencia del embajador de Estados Unidos fue poco después de la revolución de 1965. A niños del colegio nos invitaron a celebrar no recuerdo qué cosa. En ese y siguientes festejos hubo barriles con manzanas flotando en agua para coger con los dientes, alfareros en cuyos tornos de madera accionados por pedales podíamos jugar a formar vasijas de barro, competencias de tirar herraduras a un enorme clavo enterrado, carreras dando saltos dentro de un saco y competencias de halar sogas o sogatira, en que el equipo perdedor terminaba en un charco de lodo. ¡Divertidísimo! El embajador era Crimmins, relevado en 1973 por el desafortunado Meloy (lo mataron en Beirut en 1976). Años después, recién llegado Hurwitch, el periódico del colegio (del cual fui editor) lo hacíamos en una mesa del pantry de esa casa. Lo sustituyó Yost. Como reportero de El Caribe volví a recepciones a las que políticos adánicos se afanaban por estar invitados. Por ser corresponsal en inglés de Voice of America, empleado de la Cámara Americana y hasta hoy columnista de prensa, conocí y traté a los embajadores Anderson (pesadísimo e infumable), Kilday (caballeroso y prudente), Taylor (tímido pero efectivo), Pastorino (metiche y rebusero), Donna Hrinak (discreta y audaz), Manatt (primer designado no de carrera), Hertell (boricua aplatanado), Fannin (incoloro e insípido), Yzaguirre (cansado), Wally (desubicado y pajarísimo) y Robin Bernstein (fiestera trumpista). Tras casi una década de ninguneo, tenemos ahora a Leah Campos, cuñada del secretario de Transporte. Campos nunca se vacunó contra el Covid, va a misa casi diariamente para ejercitar nuestra fe católica, pone mantequilla en su café, tiene un tatuaje que dice libertad y habla español ceceando como madrileña. Soy mucho menos influyente que Alofoke, pero ojalá tenga la fortuna de conocerla. Me causa mucha curiosidad.