Paradójicamente, a pesar de la proverbial simpatía de los dominicanos y su natural tendencia a convertir en gozo toda situación y ofrecer una sonrisa aun en las peores circunstancias, a la hora de responder a la pregunta de si están bien, de reaccionar ante una nueva medida a ser implementada o comentar sobre cualquier aspecto nacional, generalmente las respuestas son o que todo está mal, o que de aplicarse tal o cual norma será la debacle.
Crecimiento económico y bienestar percibido
Quizás por eso a pesar de ser una de las economías que más ha crecido en Latinoamérica durante años y de que nuestro país es admirado en la región por la estabilidad política y social que hemos exhibido por décadas, estamos tan distantes de Costa Rica y Panamá en la medición del Índice Global de Felicidad producido anualmente por Gallup, el Centro de Investigación de Bienestar de Oxford, y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), países con los cuales generalmente nos reagrupan en términos económicos, con los que por demás conformamos desde el año 2021 una «Alianza para el Desarrollo en Democracia»; índice que está basado en el promedio de cómo los residentes de 140 países califican sus propias vidas junto a factores como el Producto Interno Bruto (PIB), apoyo social, expectativa de vida, percepción de libertad, generosidad y corrupción.
Y decimos esto no solo porque Costa Rica constituyó la sorpresa este año al llegar al grupo de los 5 mejores del mundo ocupando la posición número 4, saltando desde la posición 12 ocupada en el 2013, y la sexta en el 2025, sino también porque Panamá que ocupa este año la posición 39 habiendo sido su peor resultado 41, también está muy por encima de la República Dominicana, la cual ocupa este año la posición 64 habiendo escalado desde la 76, siendo la peor la 98 que obtuvo en el 2014.
Al parecer el mismo chocante contraste entre las cifras económicas y la expresión de la gente reflejado en encuestas locales o en simples entrevistas realizadas por medios de comunicación, también se evidencia en este índice de la felicidad que en cierta medida depende de las respuestas dadas por los ciudadanos respecto de su calidad de vida. Y si bien es cierto que hay demasiadas cosas que criticar y lamentar en nuestro país, al mismo tiempo es innegable que ha habido una mejoría notable de la calidad de vida con por ejemplo mayor acceso a la salud a través del Sistema Dominicano de Seguridad Social, el cual con todo y sus pendencias y falencias constituyó un salto exponencial que dotó a partir de 2007 de seguro de salud a un alto porcentaje de la población que antes estaba desprovisto de este.
Resignación y fatalismo social
El problema no es la inconformidad de la población reflejada en las encuestas, sino la resignación de muchos que han decidido simplemente darse por vencidos porque entienden que cualquier esfuerzo es inútil ya que nada cambiará, por tanto, no lo valoran, y han preferido apostar a soluciones individuales a problemas colectivos creándose sus propias burbujas de bienestar, sin darse cuenta de que a la postre están simplemente ahondando las diferencias hasta que la explosión avise.
Tampoco lo es la crítica, por el contrario necesitamos más ciudadanos vigilantes dispuestos a actuar como dolientes de la cosa pública, sino el fatalismo que impulsa a ver lo peor y no a luchar por lo mejor, que desconfía de toda iniciativa porque tiende a pensar que todo lo que hacen los demás está mal o persigue un interés, o a dividir la sociedad entre buenos y malos, sin detenerse a pensar que cada ente de esta es un reflejo de lo positivo y lo negativo que coexiste en ella, y que la única manera de avanzar es empujando todos en un mismo sentido, la búsqueda del bienestar colectivo y no el simple confort individual.
Ni la resignación ni el fatalismo son el camino que debemos seguir, la primera solo sirve para derrotar las esperanzas y anular los esfuerzos de aspirar a un mayor desarrollo e impulsarlo, el segundo porque no solo se niega a ver lo positivo, sino que puede dirigir la mirada hacia lo peor, creer que ninguna solución es posible bajo el orden democrático y apostar a liderazgos autoritarios, narcisistas, populistas y muchas veces irracionales, los cuales como sobradamente demuestra la historia, generalmente terminan trayendo mucho más mal, del que supuestamente vinieron a remediar.