No crea nadie que perderé tiempo ocupándome de mi relegado y porfiado voltícaro fuñéctrico. La luz no sólo significa corriente eléctrica sino más importantemente el fenómeno físico que hace visibles las cosas, hasta las inmateriales. La del sol irradia calidez y distintas clases de partículas en distintos espectros, de manera amplia y abarcadora. La que es visible naturalmente, con los ojos, puede mediante artilugios como focos o linternas proyectarse como un chorro. Una forma muy potente, concentrada y quirúrgica de proyectar luz es mediante rayos láser, creados con un dispositivo electrónico que amplifica de forma extraordinaria un haz de luz monocromático y coherente mediante emisión inducida. Metafóricamente se dice que prestar atención minuciosa sin dispersión es enfocarse como un láser.
Atender demasiadas urgencias simultaneas impide la atención intensa y consecuente que conduce a soluciones. Es sabido que al despacho de los presidentes llegan incontables cananas que pueden abrumar a cualquiera. Recientemente me iluminó una duda: ¿está nuestro jefe del Estado demasiado ocupado o agobiado por tantas cosas que su atención así dispersa consigue menos resultados que si se enfocara como un láser en dos o tres grandes temas? Recordé otra vez que a fines del siglo XIX el economista Wilfredo Pareto propuso que el 80% de los resultados se logra con un 20% de los esfuerzos.
Esta asimetría sugiere que puede maximizarse el balance de cualquier gestión, en la política y asuntos de Estado, los negocios o la vida personal, enfocándose con precisión inequívoca en aquellas tareas o problemas de mayor importancia, el 20% vital. El principio de Pareto ayuda a que el tiempo y los esfuerzos rindan mucho más, al ocuparnos de los asuntos cuya resolución posee mayor consecuencia e impacto.
Aconsejar desde la prensa —mucho menos importante de lo creído— es más cómodo que depender de estar en gracia con quien manda, que es la desgracia de los “yes men” que prefieren las sombras y creen que su presente es eterno.