Cómo la historia terminó dando un giro inesperado.
En los archivos personales suelen aparecer pequeñas sorpresas.
Hace poco encontré un viejo artículo periodístico que había conservado durante décadas. Su título era sugestivo: “Mandarin Mondale and the U.S. Future in Space”, escrito por Jack D. Kirwan durante la campaña presidencial estadounidense de 1984.
El autor sostenía una tesis sencilla pero poderosa. Comparaba el debate político entre Ronald Reagan y Walter Mondale sobre el programa espacial con una de las decisiones más trascendentales de la historia de China: el abandono de las grandes expediciones marítimas de la dinastía Ming en el siglo XV.
En aquel momento, el argumento parecía completamente lógico.
Estados Unidos era la gran potencia científica del mundo. La Unión Soviética era su rival. China todavía era un país pobre que apenas comenzaba las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping.
Cuatro décadas después, la historia ha dado una extraordinaria vuelta.
La lección histórica de los Ming
La lección de los Ming
Durante las primeras décadas del siglo XV, el almirante Zheng He (Cheng Ho) dirigió las mayores expediciones navales que el mundo había conocido hasta entonces.
Las llamadas “flotas del tesoro” recorrían el océano Índico con centenares de barcos gigantescos que visitaban el sudeste asiático, la India, Arabia y la costa oriental de África.
Cuando Colón aún no había nacido, China poseía probablemente la marina más avanzada del planeta.
Pero aquella expansión terminó abruptamente.
La burocracia confuciana consideró que aquellas expediciones eran costosas, innecesarias e incluso peligrosas para el orden interno del Imperio.
Se prohibió construir grandes barcos.
Se destruyeron muchos de los existentes.
La navegación oceánica fue prácticamente abandonada.
Joseph Needham, el gran historiador de la ciencia china, interpretó este proceso como parte de un fenómeno mucho más amplio: la progresiva separación entre el conocimiento científico y su aplicación tecnológica, una ruptura que permitió a Europa asumir el liderazgo de la Revolución Científica y, posteriormente, de la Revolución Industrial.
Era precisamente esa lección histórica la que Jack Kirwan utilizaba para advertir a los estadounidenses sobre los riesgos de reducir la inversión en investigación científica y exploración espacial.
El debate Reagan-Mondale
El artículo defendía claramente la política tecnológica de Ronald Reagan.
Reagan impulsaba la Iniciativa de Defensa Estratégica —popularmente conocida como “Star Wars”—, promovía el desarrollo de nuevas tecnologías y proponía la construcción de una estación espacial permanente.
Walter Mondale, candidato demócrata, representaba una visión mucho más cautelosa respecto al gasto espacial.
Kirwan veía en esa diferencia un paralelo con la antigua China.
Su advertencia era clara: una nación que deja de explorar termina perdiendo su liderazgo.
En 1984, pocos podían discutir seriamente esa conclusión.
Nadie imaginó el verdadero desenlace
Lo sorprendente es que la historia no siguió el camino previsto por el autor.
Estados Unidos no abandonó la ciencia.
Muy por el contrario.
Continuó liderando la informática, Internet, la biotecnología, la inteligencia artificial y buena parte de la investigación universitaria mundial.
Pero ocurrió algo que en 1984 casi nadie anticipaba.
China decidió hacer exactamente lo contrario de lo que habían hecho los emperadores Ming.
El giro científico de China
La nueva estrategia china
Desde finales de los años setenta, y con enorme intensidad durante el siglo XXI, China convirtió el conocimiento científico en una prioridad nacional.
Las inversiones en educación superior crecieron de manera extraordinaria.
Se modernizaron universidades.
Se crearon grandes centros de investigación.
Millones de estudiantes fueron enviados al extranjero para formarse en las mejores instituciones del mundo.
La inversión en investigación y desarrollo aumentó durante décadas.
La industria tecnológica pasó de ensamblar productos diseñados en Occidente a desarrollar tecnologías propias.
Hoy China lidera numerosos sectores estratégicos.
Produce la mayor cantidad de artículos científicos en diversas disciplinas.
Domina buena parte de la industria mundial de baterías y vehículos eléctricos.
Es una potencia en inteligencia artificial, telecomunicaciones, computación avanzada, trenes de alta velocidad y energías renovables.
Y, por supuesto, también en el espacio.
China también compite en el espacio
Del abandono del mar a la conquista del espacio
Existe una profunda ironía histórica.
La China que durante siglos renunció voluntariamente al océano se ha convertido en una de las grandes potencias espaciales del siglo XXI.
Su estación espacial Tiangong funciona de manera permanente.
Ha logrado aterrizajes controlados en la cara oculta de la Luna.
Ha traído muestras lunares.
Ha recuperado muestras de asteroides.
Prepara futuras misiones tripuladas hacia la Luna.
Al mismo tiempo desarrolla una de las industrias espaciales más dinámicas del planeta.
En cierto sentido, Zheng He ha vuelto.
No navega ya por el océano Índico.
Navega por el espacio.
La verdadera enseñanza
Sin embargo, sería un error interpretar esta evolución como el simple reemplazo de una potencia por otra.
La ciencia nunca ha sido un juego de suma cero.
Los mayores avances tecnológicos del siglo XXI —la inteligencia artificial, la exploración espacial, la medicina de precisión, la computación cuántica, la energía de fusión o la robótica— exigen enormes inversiones sostenidas durante décadas.
Las sociedades que consideran la investigación científica como un lujo terminan pagando un precio mucho mayor.
La historia de los Ming sigue siendo válida.
Pero hoy ya no constituye una advertencia dirigida únicamente a Estados Unidos.
Es una advertencia para todas las naciones.
Un viejo recorte y una nueva época
Aquel viejo artículo que guardé durante más de cuarenta años conserva un extraordinario valor histórico.
No porque acertara en todos sus pronósticos.
Sino porque planteó una pregunta que sigue plenamente vigente:
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de apostar por la ciencia, la tecnología y la exploración?
La respuesta continúa siendo la misma.
La historia no espera.
Las naciones que renuncian al conocimiento terminan viendo cómo otras ocupan el lugar que ellas abandonaron.
Y quizá la mayor ironía de todas sea ésta: el país utilizado en 1984 como ejemplo del peligro de abandonar la innovación es hoy uno de los mayores protagonistas de la nueva revolución científica mundial.
La historia, una vez más, demostró que nunca deja de sorprendernos.