Santo Domingo: toda democracia se mide por dos cosas: lo que logra y lo que es capaz de reconocer que le falta. La República Dominicana ha resuelto la primera parte del examen; la segunda todavía la debe.

Empecemos por lo innegable. Hemos construido una estabilidad política de largo aliento, la misma que los mercados premian cuando confían en nuestra deuda, cuando invierten sin temor a que mañana todo cambie. Y hay algo más, menos citado, pero igual de valioso.

No somos un país de asonadas, ni de secuestros, ni de titulares de sangre cada semana. Eso también es capital político. Nadie debería subestimarlo.

Pero ¿se detiene ahí la conversación? No debería, porque, mientras celebramos la estabilidad, los partidos se han convertido en corporaciones, centros de negocios con membrete político.

Y, en ese entramado, ¿quién filtra a quién entra? La respuesta es: casi nadie. Narcotraficantes y lavadores de activos han encontrado en la militancia partidaria una puerta de entrada hasta el Congreso mismo.

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Sumemos el financiamiento opaco de las campañas, sin rendición de cuentas, y sumemos las promesas, tantas que rara vez se convierten en una escuela construida, un hospital funcionando o una calle pavimentada.

Aquí está el verdadero riesgo: no la falta de estabilidad, sino la falta de autocrítica, porque cuando un sistema deja de mirarse al espejo, otros empiezan a mirarlo por él.

¿Se han preguntado si estamos allanando el camino para el outsider? Hugo Chávez llegó al poder cabalgando sobre el hastío que el propio sistema fabricó.

La estabilidad se hereda; la legitimidad, no.

Hay que ganársela todos los días.

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