El periodista e historiador italiano Indro Montanelli, uno de los grandes testigos del siglo XX, dejó una reflexión que conserva hoy una extraordinaria actualidad.
Recordando el espectáculo que presenció el 29 de abril de 1945 en Piazzale Loreto, Milán, cuando los cadáveres de Benito Mussolini, Claretta Petacci y varios jerarcas fascistas fueron expuestos y ultrajados por la multitud, escribió una frase que resume una profunda filosofía política: “La giustizia di piazza è ignobile e pericolosa”. La justicia de la plaza es innoble y peligrosa.
Montanelli no pronunciaba esas palabras para defender al fascismo.
Él mismo había sufrido la persecución del régimen de Mussolini y conocía desde dentro la naturaleza de aquella dictadura.
Su advertencia apuntaba en otra dirección: una sociedad democrática no puede permitirse reemplazar la justicia por la venganza colectiva.
Cuando la multitud se convierte en juez, fiscal y verdugo, el Estado de derecho comienza a desaparecer precisamente en el momento en que debería renacer.
El periodista italiano confesó que aquel día permaneció mezclado entre la multitud sin ser reconocido.
Observó con horror cómo muchas de las personas que pocos meses antes habían aclamado al Duce insultaban ahora sus restos mortales.
Aquella transformación repentina le recordó una constante de la historia humana: la facilidad con que las masas cambian de entusiasmo a odio, de la adoración al linchamiento.
Citó incluso a Julio César y su De Bello Civili para señalar que ese comportamiento colectivo se repite desde la antigüedad.
Piazzale Loreto y la advertencia de Montanelli
La historia dominicana ofrece una enseñanza semejante.
Tras el ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, el 30 de mayo de 1961, también se produjo una explosión de emociones acumuladas durante más de tres décadas de terror político.
Fueron derribados bustos del dictador, destruidos retratos, cambiados nombres de calles y atacados numerosos símbolos del régimen.
Era la reacción de un pueblo que comenzaba a liberarse del miedo.
Sin embargo, existe una diferencia importante con lo ocurrido en Italia.
El cadáver de Trujillo no fue exhibido públicamente ni sometido al escarnio popular como ocurrió con Mussolini en Piazzale Loreto.
El cuerpo de Trujillo fue velado y posteriormente trasladado fuera del país.
Esa diferencia no elimina el profundo significado histórico de ambos acontecimientos, pero sí muestra que las formas también importan cuando una nación intenta recuperar la normalidad institucional.
La caída de una dictadura suele liberar fuerzas contradictorias.
Durante años, el miedo mantiene reprimidas las emociones colectivas.
Cuando el régimen desaparece, aflora simultáneamente el deseo de justicia y el impulso de la venganza.
La línea que separa ambos sentimientos puede ser extremadamente delgada.
Por eso Montanelli hablaba de la “justicia de la plaza”.
No criticaba únicamente un episodio concreto de la Italia de 1945; advertía sobre un peligro permanente de todas las sociedades.
El odio colectivo puede terminar reproduciendo los mismos métodos que antes condenaba.
Cuando la pasión sustituye al derecho, la victoria política corre el riesgo de convertirse en una derrota moral.
Las democracias no se distinguen únicamente por celebrar elecciones.
Se distinguen, sobre todo, por su capacidad para garantizar que incluso quienes han cometido los peores crímenes sean juzgados conforme a la ley.
El Estado de derecho adquiere precisamente su mayor legitimidad cuando resiste la tentación de actuar movido por la ira.
De Trujillo a la justicia digital
Esta enseñanza conserva una sorprendente vigencia en el siglo XXI.
Las redes sociales han creado nuevas formas de “justicia de plaza”.
Hoy una persona puede ser condenada públicamente antes de que exista investigación, sentencia o posibilidad de defensa.
Los tribunales digitales sustituyen con frecuencia a los tribunales de justicia.
El linchamiento ya no necesita una plaza física; basta una pantalla y millones de teléfonos móviles.
La historia enseña que las multitudes son extraordinariamente poderosas, pero también extraordinariamente cambiantes.
Ayer pueden aclamar; hoy pueden destruir.
Su fuerza emocional no siempre coincide con la verdad ni con la justicia.
Quizá por eso la reflexión de Indro Montanelli merece ser recordada más de ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial.
No porque invite a olvidar los crímenes de las dictaduras, sino porque recuerda que la libertad solo se consolida cuando la ley reemplaza definitivamente a la violencia.
La verdadera victoria sobre una tiranía no consiste únicamente en derribar al tirano.
Consiste, sobre todo, en impedir que el espíritu de la tiranía sobreviva bajo nuevas formas.
Solo entonces la justicia deja de ser un grito de la multitud para convertirse en el fundamento de una auténtica democracia.
