De nada ha valido que nuestro país cumpla, sin cuestionar, los lineamientos que ha querido la Casa Blanca —entre ellos el «Escudo de las Américas» y el enfriamiento de las relaciones con China—, pues al final los aranceles de Trump se han impuesto. El 12.5 % a insumos y productos dominicanos en Estados Unidos, como sanción por presuntamente no combatir el trabajo forzado, resulta ser un golpe de un «aliado».
Como diría el ex primer ministro británico lord Palmerston: «No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber defenderlos», esto al justificar su política de flexibilidad ante el Parlamento para proteger los intereses comerciales, marítimos y geopolíticos de Gran Bretaña en los tiempos convulsos de mediados del siglo XIX.
Los países nunca guían su política exterior por sentimentalismos, ideologías o lealtades fijas, sino por el beneficio y la seguridad de su propio país. Es más difícil, si la sanción viene de una nación más grande y poderosa, a la que no podemos responder y con la que nos unen lazos imposibles de romper, ante todo esto solo nos toca aguantar y no dar motivos para incomodar.