En política hay una diferencia enorme entre tener poder y creer que el poder es eterno. Esa diferencia es la que, al parecer, algunos todavía no comprenden dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM).

El expresidente Hipólito Mejía y su hija la alcaldesa Carolina Mejía, deben entender que la política dominicana atraviesa un momento decisivo. Pretender imponer una candidatura o un liderazgo por vínculos familiares o por el peso de un apellido, puede convertirse en uno de los errores estratégicos más costosos para el futuro del partido y del proyecto político de Carola que pretende gobernar la República Dominicana.

Querer imponer a Juan Garrigó representa, para muchos sectores del luisismo, un obstáculo político innecesario. No porque se cuestione su derecho a aspirar y participar en la vida política, sino porque las grandes decisiones de un partido de gobierno no pueden responder a intereses particulares ni a proyectos familiares. Deben responder a la voluntad de sus liderazgos, dirigentes, las bases y, sobre todo, a las necesidades del país.

Abinader y el control del PRM

Existe una realidad que nadie puede ignorar: cuando el presidente Luis Rodolfo Abinader concluya su mandato, si realmente mantiene su decisión de no optar nuevamente por la Presidencia de la República, el mayor capital político que conservará es su liderazgo dentro del PRM, el cual será determinante para preservar la potestad, unidad, estabilidad y continuidad del proyecto político que encabeza.  

La historia política demuestra que quien entrega el poder sin preservar la conducción de su organización política termina perdiendo influencia, capacidad de decisión y espacio político, por ende, pierde la autoridad construida. Los líderes que abandonan su cuota de poder, teniendo el mando pasan al zafacón de la historia.

También hay otra realidad que merece ser analizada con objetividad. Si el presidente Abinader decidiera no respaldar una eventual candidatura presidencial de Carolina Mejía, su camino hacia la nominación se volvería considerablemente más complejo. En un partido de gobierno, el liderazgo del mandatario en funciones continúa siendo decisivo y determinante, un factor de enorme peso en cualquier proceso interno.

La antorcha política no cambia de manos por herencia ni por tradición familiar o por deseos personales, cambia de manos cuando quien la sostiene entiende que ha llegado el momento de entregarla a quien considere con mayores condiciones para preservar su legado, el proyecto político que encabeza y conquistar la confianza del pueblo.

La sucesión interna hacia 2028

El PRM enfrenta una de las decisiones más trascendentales de su historia reciente. Lo que ocurra en los próximos meses definirá no solo quiénes dirigirán el partido, sino también cuáles serán sus posibilidades reales de mantenerse en el poder más allá del 2028.

La prudencia, el diálogo y la inteligencia política deben imponerse sobre las imposiciones. Porque cuando los intereses individuales se colocan por encima del interés colectivo, los partidos comienzan a perder el rumbo y pierden la supremacía del gobierno. Y la historia dominicana está llena de ejemplos de organizaciones políticas que terminaron pagando muy caro los errores cometidos por creer que el poder era un patrimonio familiar y no una responsabilidad otorgada por la voluntad popular.

El futuro del PRM no dependerá únicamente de quién aspire a dirigirlo, sino de la capacidad de sus líderes para comprender que el verdadero poder no se impone: se gana, se ejerce con legitimidad y se conserva con inteligencia emocional y política.

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