Cada 4 de agosto la Iglesia católica celebra la memoria de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, patrono universal de todos los párrocos.

Muchos dominicanos conocen su nombre desde hace décadas. 

En Santo Domingo, la parroquia San Juan María Vianney ha formado parte de la vida de generaciones de familias de Capotillo, La Zurza y barrios vecinos. 

Sin embargo, muy pocos conocen la extraordinaria historia del sacerdote francés que dio nombre a esa comunidad parroquial y que sobrevivió, siendo apenas un niño, a una de las persecuciones religiosas más violentas de la historia moderna.

Cuando esa parroquia fue creada a finales de la década de 1950, su acción pastoral estuvo estrechamente vinculada a los sectores más humildes de La Zurza y Capotillo. 

Su párroco, el padre Guillermo Rodríguez, llegó a convertirse en una figura de enorme autoridad moral entre los pobres. 

Le correspondió vivir los años finales de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y los dramáticos acontecimientos ocurridos entre 1961 y 1965. 

En medio de la violencia política, la incertidumbre y la pobreza, su presencia sacerdotal representó para miles de familias un refugio espiritual y humano.

Con el paso de los años, el nombre de San Juan María Vianney quedó incorporado a la memoria colectiva del barrio. 

Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos quién fue realmente ese hombre y por qué la Iglesia lo presenta como el modelo universal del sacerdote.

Para comprenderlo hay que regresar más de dos siglos atrás y cruzar el Atlántico.

La historia de Francia ofrece uno de los contrastes más extraordinarios de la civilización occidental. 

En apenas unas décadas produjo a dos hombres completamente opuestos que simbolizan dos formas radicalmente distintas de entender el poder y la condición humana. 

Uno fue Maximilien Robespierre, convencido de que la virtud podía imponerse mediante el terror. 

El otro fue San Juan María Vianney, el humilde Cura de Ars, que respondió al odio con el perdón y a la violencia con la misericordia.

Sus vidas llegaron incluso a cruzarse en el tiempo.

Juan María Vianney nació el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, cerca de Lyon. 

Tres años después estalló la Revolución Francesa, acontecimiento que transformó para siempre la historia política de Occidente. 

La Revolución derribó el Antiguo Régimen, proclamó los Derechos del Hombre y del Ciudadano, afirmó la soberanía nacional y abrió el camino al constitucionalismo moderno. 

Sin embargo, también dejó una advertencia permanente sobre los peligros del poder cuando deja de reconocer límites jurídicos y morales.

Ninguna figura representa mejor esa paradoja que Robespierre.

Conocido como “El Incorruptible”, adquirió enorme prestigio durante los primeros años revolucionarios por su austeridad personal y su defensa de la igualdad política. 

Pero la guerra, las conspiraciones y las luchas internas fueron endureciendo progresivamente sus posiciones.

Convertido en la figura dominante del Comité de Salvación Pública, llegó a sostener que la República solamente podía sobrevivir mediante una combinación de virtud y terror. 

Pronunció entonces una de las frases más inquietantes de toda la historia política moderna: “El terror no es otra cosa que la justicia pronta, severa e inflexible.”

Aquella idea abrió las puertas a una espiral de violencia.

La guillotina comenzó a funcionar diariamente. 

Bastaba una sospecha para perder la libertad o la vida. 

Entre las víctimas figuraban nobles, campesinos, ciudadanos comunes, centenares de sacerdotes y religiosas, además de antiguos compañeros revolucionarios como Georges Danton y Camille Desmoulins.

Francia vivía una auténtica persecución religiosa.

Las iglesias fueron cerradas o profanadas. 

Muchas imágenes religiosas fueron destruidas. 

El culto católico fue prácticamente prohibido en numerosas regiones del país. 

Sacerdotes fieles a Roma fueron encarcelados, deportados o ejecutados. 

En su lugar se intentó instaurar el Culto de la Razón y, posteriormente, el Culto del Ser Supremo, promovidos por los sectores más radicales de la Revolución.

Fue precisamente en medio de aquel ambiente donde creció el pequeño Juan María Vianney.

Sus padres escondían sacerdotes perseguidos y organizaban misas clandestinas en granjas y viviendas particulares. Desde niño aprendió que la fe podía costar la libertad e incluso la vida.

¿Cómo logró sobrevivir?

En parte porque nació en una pequeña comunidad rural alejada de París. Pero también porque el Terror terminó destruyendo a quienes lo habían creado.

El 9 de Termidor del Año II, correspondiente al 27 de julio de 1794, muchos diputados de la Convención comprendieron que nadie estaba ya a salvo. 

Si Robespierre podía enviar a la muerte incluso a sus antiguos compañeros, cualquiera podía convertirse en la siguiente víctima.

Decidieron actuar.

Robespierre fue arrestado junto con sus principales colaboradores. Durante su captura recibió un disparo que le destrozó la mandíbula; los historiadores aún discuten si intentó suicidarse o si fue herido por un gendarme.

Al día siguiente, el 28 de julio de 1794, fue conducido a la misma guillotina que había enviado a miles de franceses.

Con él murieron Louis Antoine de Saint-Just, Georges Couthon y otros dirigentes jacobinos.

Terminaba así oficialmente el Reinado del Terror y comenzaba la llamada Reacción Termidoriana, que redujo el poder de los jacobinos, condujo posteriormente al Directorio y abrió finalmente el camino al ascenso de Napoleón Bonaparte.

La Revolución había comenzado a devorar a sus propios hijos.

Mientras tanto, Juan María Vianney sobrevivía silenciosamente.

Aquellas experiencias no despertaron en él deseos de venganza. Al contrario. Alimentaron una profunda vocación sacerdotal.

Después de superar enormes dificultades académicas —especialmente con el latín— fue ordenado sacerdote en 1815.

Tres años más tarde fue enviado a una pequeña parroquia prácticamente desconocida: Ars-sur-Formans.

Nadie imaginaba entonces que aquel humilde sacerdote convertiría ese pequeño pueblo en uno de los principales centros de peregrinación espiritual de Europa.

Su fama nació en el confesionario.

Durante décadas dedicó entre doce y dieciséis horas diarias a escuchar confesiones. Miles de peregrinos acudían para buscar consejo, consuelo y reconciliación.

Su mensaje era sencillo, pero revolucionario en el mejor sentido de la palabra.

Mientras otros habían intentado transformar Francia mediante la fuerza del Estado, él buscaba transformar el corazón de cada persona mediante la gracia, la oración, la Eucaristía y la misericordia.

También creó La Providencia, una institución destinada a la educación y acogida de niñas pobres, convencido de que la fe auténtica debía expresarse siempre en obras concretas de caridad.

La comparación entre Robespierre y el Cura de Ars constituye una de las grandes lecciones de la historia.

Uno creyó que el miedo podía construir una sociedad mejor.

El otro demostró que solamente la misericordia transforma verdaderamente al ser humano.

Uno utilizó la guillotina.

El otro convirtió el confesionario en un lugar de esperanza.

Uno terminó siendo víctima del mismo sistema de terror que había creado.

El otro continúa siendo, más de siglo y medio después, uno de los sacerdotes más admirados de la Iglesia.

San Juan María Vianney falleció el 4 de agosto de 1859 en Ars-sur-Formans.

Fue beatificado por san Pío X en 1905 y canonizado en 1925 por el papa Pío XI, quien en 1929 lo proclamó patrono universal de todos los párrocos, reconociendo en él el modelo por excelencia del sacerdote entregado por completo a Dios y al servicio de su pueblo.

Ochenta años después, Benedicto XVI convocó el Año Sacerdotal (2009-2010) con motivo del 150.º aniversario de su muerte y volvió a presentarlo como modelo para todos los sacerdotes del mundo. Recordó entonces que la verdadera fuerza del ministerio no reside en el poder, ni en la influencia política ni en los recursos materiales, sino en la unión con Cristo, la fidelidad a la oración, la celebración de la Eucaristía y la disponibilidad permanente para reconciliar a los hombres con Dios mediante el sacramento de la penitencia.

La historia de Robespierre ha quedado como una advertencia para todas las épocas.

Las revoluciones no suelen fracasar únicamente por la fuerza de sus enemigos. Muchas terminan destruyéndose desde dentro cuando el poder deja de reconocer límites y convierte la violencia en instrumento ordinario de gobierno. 

La Revolución Rusa conoció las purgas de Stalin; la Revolución China sufrió los excesos de la Revolución Cultural; la Camboya de los Jemeres Rojos llevó esa lógica hasta el genocidio. En todos esos casos, la convicción de poseer la verdad absoluta terminó justificando la eliminación del adversario.

Por eso la democracia moderna descansa sobre principios como la separación de poderes, el debido proceso, las libertades públicas y el respeto a la dignidad de toda persona.

Francia terminó ofreciendo al mundo dos legados profundamente distintos.

Robespierre simboliza los riesgos del poder absoluto cuando pretende imponer la virtud mediante el miedo.

San Juan María Vianney demuestra que incluso después de las peores persecuciones religiosas puede surgir una santidad capaz de reconstruir espiritualmente una nación.

Quizá por eso resulte tan significativo que su nombre haya llegado también a un barrio popular de Santo Domingo.

Porque tanto en la Francia revolucionaria del siglo XVIII como en los momentos más difíciles de nuestra propia historia, siempre ha existido una verdad que permanece: la violencia puede imponer el silencio durante un tiempo, pero nunca logra conquistar las conciencias. 

La auténtica transformación de un pueblo no nace del miedo, de la represión ni del odio. Nace del servicio, del perdón, de la fe y de la misericordia. 

Esa fue la lección del Cura de Ars para Francia y es también una enseñanza que conserva plena vigencia para la República Dominicana y para cualquier sociedad que aspire a construir la paz sobre la justicia y la dignidad de la persona humana.

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