La desaparición de Alfonso “Alfy” Fanjul invita a recordar una de las historias empresariales más importantes de la República Dominicana.

Pero también obliga a corregir una simplificación que se ha repetido durante años: la idea de que la transformación del Central Romana comenzó con la llegada de los hermanos Fanjul en 1984.

La empresa que Alfonso Fanjul y su hermano José “Pepe” Fanjul adquirieron en 1984 ya había experimentado una profunda revolución empresarial durante los diecisiete años anteriores.

Aquella transformación comenzó en 1967 y fue el resultado de la convergencia de una visión empresarial extraordinaria, una estrategia política internacional y el talento de un brillante equipo de ejecutivos dominicanos.

Ese año marcó un verdadero punto de inflexión en la historia económica de la República Dominicana.

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Charles G. Bluhdorn, presidente de Gulf + Western Industries, adquirió la South Puerto Rico Sugar Company, propietaria del Central Romana.

No fue simplemente la compra de un ingenio azucarero.

Fue el inicio de un proyecto de desarrollo regional concebido con una amplitud poco común para la época.

La República Dominicana acababa de salir de la guerra civil de 1965 y de la intervención militar estadounidense. El país necesitaba estabilidad política, reconstrucción económica e inversiones capaces de generar empleo, confianza y crecimiento.

En ese contexto coincidieron dos visiones de Estado.

El presidente Joaquín Balaguer entendía que la reconstrucción nacional exigía atraer grandes inversiones productivas y crear condiciones para el desarrollo del sector privado.

Al mismo tiempo, el presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, impulsaba una política hemisférica que combinaba seguridad, estabilidad y desarrollo económico dentro del marco de la Guerra Fría frente a la Unión Soviética y su principal aliado en el Caribe, Fidel Castro.

Un episodio poco conocido ilustra esa convergencia.

Balaguer viajó en abril de 1967 a la Cumbre de Presidentes de América, celebrada en Punta del Este, Uruguay, apenas unas semanas después del atentado perpetrado el 21 de marzo contra el general Antonio Imbert Barrera, quien había presidido el Gobierno de Reconstrucción Nacional respaldado por los Estados Unidos tras la revolución de 1965. El país seguía viviendo las secuelas de una profunda crisis política y militar.

En Punta del Este, el 11 de abril de 1967, Balaguer sostuvo una reunión privada con el presidente Lyndon B. Johnson. Los memorandos oficiales de aquella conversación, hoy desclasificados, muestran que ambos examinaron la recuperación política y económica de la República Dominicana, la cuota azucarera, proyectos de infraestructura como la presa de Valdesia, programas de vivienda e inversiones estratégicas para el desarrollo nacional.

Dentro de ese contexto de reconstrucción económica se abordó también el tema de las garantías relacionadas con la inversión en el Central Romana. Aquella conversación refleja que el proyecto trascendía el ámbito puramente empresarial y formaba parte de una visión más amplia destinada a estabilizar y modernizar la economía dominicana después de la crisis de 1965.

Los documentos oficiales de la época permiten comprender la importancia estratégica de aquella operación.

En las audiencias de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos tituladas Investigation of Conglomerate Corporations, celebradas en 1969 para examinar las actividades de Gulf + Western Industries, la propia empresa explicó al Congreso estadounidense el alcance de su proyecto.

Las propias audiencias muestran que Gulf + Western presentó aquella adquisición como parte de una estrategia internacional de diversificación. Sus ejecutivos informaron que South Puerto Rico Sugar Company operaba en Florida, Puerto Rico y la República Dominicana y explicaron que la empresa estaba siendo reorganizada para dejar de depender exclusivamente del azúcar e incorporar nuevas actividades agrícolas, pecuarias e industriales.

Esa declaración, formulada apenas dos años después de la adquisición, constituye una prueba documental de extraordinario valor histórico de que la transformación del Central Romana comenzó desde 1967 y no en la década de 1980.

El propio Charles G. Bluhdorn explicaría posteriormente, durante una conversación con el presidente Richard Nixon, que Gulf + Western había decidido invertir en la República Dominicana en los años posteriores a la crisis de 1965, cuando el gobierno del presidente Johnson buscaba consolidar la estabilidad del país mediante la recuperación económica y la inversión privada.

Pero ningún gran proyecto se construye únicamente con capital y respaldo político.

Su éxito dependió también de la capacidad de un extraordinario grupo de profesionales dominicanos.

Desde finales de la década de 1960 desempeñaron un papel decisivo figuras como Carlos Morales Troncoso, Ramón A. Menéndez y Eduardo Martínez Lima,  junto con numerosos técnicos, ingenieros, administradores y ejecutivos dominicanos que dirigieron la modernización administrativa, agrícola, industrial y financiera del Central Romana.

Fue durante esa etapa cuando comenzó la verdadera transformación del Este dominicano.

Nacieron la Zona Franca de La Romana, el desarrollo de Casa de Campo, posteriormente Altos de Chavón, la expansión ganadera, nuevas industrias, proyectos agrícolas innovadores y una política sistemática de diversificación que convirtió al Central Romana en mucho más que un ingenio azucarero.

Charles G. Bluhdorn comprendió antes que muchos empresarios de su generación que el futuro económico de la República Dominicana no podía descansar únicamente sobre la producción de azúcar. 

Había que integrar agricultura, industria, turismo, servicios e inversión inmobiliaria dentro de un mismo proyecto de desarrollo regional.

Esa visión cambió para siempre el perfil económico de la región Este.

Cuando en 1984 Alfonso y José “Pepe” Fanjul adquirieron el Central Romana, lo hicieron junto a Carlos Morales Troncoso, Ramón A. Menéndez y Eduardo Martínez Lima.

No recibieron una empresa atrasada ni limitada a la producción azucarera.

Recibieron una organización moderna, eficiente, diversificada y sólidamente administrada, construida durante casi dos décadas bajo la dirección de Charles G. Bluhdorn y de un excepcional equipo gerencial dominicano.

Ese hecho no disminuye en absoluto el enorme mérito de los hermanos Fanjul.

Por el contrario.

Su gran aporte consistió en preservar aquella visión, ampliarla, fortalecerla y proyectarla durante los cuarenta años siguientes.

Bajo su liderazgo, Central Romana consolidó su posición como uno de los grupos empresariales más importantes del Caribe, amplió sus inversiones, fortaleció su liderazgo en el turismo, la agroindustria y la producción azucarera, y continuó siendo uno de los principales empleadores privados y contribuyentes de la República Dominicana.

La historia, sin embargo, debe contarse completa.

Charles G. Bluhdorn fue el empresario visionario que imaginó una nueva Central Romana.

Joaquín Balaguer fue el estadista que comprendió que la inversión productiva constituía un instrumento esencial para reconstruir y modernizar la economía nacional después de la guerra de 1965.

Lyndon B. Johnson favoreció un entorno político en el que la inversión privada estadounidense pasó a formar parte de una estrategia más amplia de estabilización hemisférica, cuyo alcance quedó reflejado en las conversaciones de Punta del Este y en la documentación oficial de aquellos años.

Y un brillante grupo de ejecutivos y profesionales dominicanos convirtió aquella visión en una realidad concreta que transformó para siempre la economía del Este dominicano.

Las grandes transformaciones históricas rara vez son obra de una sola persona.

En el caso del Central Romana confluyeron la visión empresarial de Charles G. Bluhdorn, la estrategia de reconstrucción nacional impulsada por Joaquín Balaguer, el respaldo político de la administración de Lyndon B. Johnson y el talento de un extraordinario equipo de ejecutivos y profesionales dominicanos.

Los hermanos Fanjul heredaron ese proyecto, lo consolidaron y lo proyectaron con éxito durante cuatro décadas.

Esa continuidad, y no la ruptura, explica una de las mayores realizaciones empresariales de la República Dominicana contemporánea.

Esa es, probablemente, la historia más completa, más justa y más fiel del origen y desarrollo del Central Romana.

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