Cuando Rafael Leonidas Trujillo Molina viajó a Roma en junio de 1954 para la firma del Concordato entre la Santa Sede y la República Dominicana, fue recibido en audiencia por el papa Pío XII.
Pero existe un detalle que siempre ha llamado mi atención.
En una de las fotografías de aquella visita, reproducida en mi libro sobre las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el Estado Dominicano, aparece Trujillo acompañado por un personaje que años después llegaría a ser uno de los Papas más importantes del siglo XX y el gran impulsor de la renovación de la Iglesia iniciada con el Concilio Vaticano II.
Ese personaje se llamaba monseñor Giovanni Battista Montini.
En 1954, Montini era, junto con monseñor Domenico Tardini, uno de los principales colaboradores de Pío XII en la Secretaría de Estado.
Nueve años después sería elegido Papa con el nombre de Pablo VI, ejerciendo el pontificado desde junio de 1963 hasta agosto de 1978.
A lo largo de esos años, Pablo VI prestó siempre una atención extraordinaria a la Iglesia y al pueblo de la República Dominicana.
La historia rara vez avanza por casualidades. Con frecuencia está formada por hechos que, observados aisladamente, parecen independientes, pero que, al contemplarse en su conjunto, revelan conexiones que merecen ser estudiadas con mayor profundidad.
En 1965, la República Dominicana ocupó el centro de la atención internacional.
En marzo de ese año, Santo Domingo acogió el Congreso Mariológico y el Congreso Mariano Internacional.
Existía la expectativa de una posible visita del papa Pablo VI, quien profesaba un evidente aprecio por la República Dominicana y seguía con atención la vida de la Iglesia en el país.
Finalmente, el viaje no se realizó y el Pontífice envió un legado en su representación.
Pocas semanas después estalló la Revolución de Abril y, posteriormente, la intervención militar de los Estados Unidos.
Los días 15 y 16 de junio de 1965 marcaron uno de los momentos más dramáticos de aquella guerra.
Las operaciones dirigidas por el general Bruce Palmer contra la zona constitucionalista alcanzaron entonces su máxima intensidad y tuvieron como escenario principal la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
En sus memorias, el propio Palmer sostiene que estaba dispuesto a llevar la ofensiva hasta la derrota militar definitiva de los constitucionalistas, pero también afirma que Washington no autorizó esa operación.
Esa afirmación abre una de las interrogantes más importantes de toda la crisis de 1965.
¿Por qué la administración del presidente Lyndon B. Johnson impidió a su propio comandante culminar aquella ofensiva?
La respuesta definitiva todavía no existe.
Pero la cronología de aquellos días resulta extraordinariamente sugestiva.
Desde Roma, Pablo VI no permaneció en silencio.
Durante aquellos meses siguió la crisis dominicana con una preocupación extraordinaria. El documento más importante es su Mensaje a la Nación Dominicana, publicado el 17 de junio de 1965, en el que dirigió un dramático llamamiento para poner fin al derramamiento de sangre entre dominicanos.
Allí pidió que cesara el odio fratricida, reclamó la reconciliación nacional e invitó a la reconstrucción pacífica del país.
Además, recordó expresamente el reciente Congreso Mariológico celebrado en Santo Domingo y el afecto que le habían transmitido quienes participaron en él sobre el pueblo dominicano.
Sin embargo, ese mensaje plantea otra reflexión.
Difícilmente un documento pontificio de semejante importancia pudo haber sido redactado, aprobado y difundido en cuestión de horas.
La práctica diplomática de la Santa Sede indica exactamente lo contrario.
Antes de un pronunciamiento público del Papa, la Secretaría de Estado suele recibir informes de la Nunciatura, mantener contactos diplomáticos y evaluar cuidadosamente la situación internacional.
Por ello resulta razonable pensar que, mientras los combates de los días 15 y 16 de junio estremecían a Santo Domingo y provocaban una enorme repercusión internacional, la diplomacia vaticana ya seguía los acontecimientos prácticamente en tiempo real y desarrollaba consultas e intercambios diplomáticos.
Hoy no disponemos todavía de todos los documentos que permitan demostrar el alcance exacto de esas gestiones.
Pero tampoco parece razonable pensar que el mensaje pontificio surgiera espontáneamente el mismo día de su publicación.
Quienes estudiamos aquel período sabemos que la documentación pública nunca recoge toda la historia.
Las gestiones diplomáticas discretas, las conversaciones privadas entre gobiernos y las comunicaciones reservadas entre la Santa Sede y las grandes potencias rara vez aparecen completas en los archivos publicados. Muchas solo salen a la luz décadas después.
Por ello resulta legítimo plantear preguntas históricas.
Una de ellas es particularmente sugestiva.
El 4 de octubre de 1965, apenas unos meses después de la crisis dominicana, Pablo VI realizó un acontecimiento sin precedentes: fue el primer Papa que visitó la Organización de las Naciones Unidas en New York.
Allí pronunció uno de los discursos más importantes del siglo XX, inmortalizado por su llamado:
«¡Nunca jamás la guerra!»
Durante ese mismo viaje sostuvo reuniones con el presidente Lyndon B. Johnson, precisamente el mandatario bajo cuya administración se había producido la intervención militar estadounidense en la República Dominicana.
¿Fue simplemente una coincidencia?
No existe, hasta donde alcanza la documentación pública actualmente disponible, una prueba documental que permita afirmar que aquella reunión estuvo directamente relacionada con la crisis dominicana.
Pero tampoco parece razonable ignorar la secuencia de los acontecimientos.
Primero, una grave crisis hemisférica.
Después, los ataques más intensos sobre la Ciudad Colonial y la zona constitucionalista.
Más tarde, el dramático mensaje de Pablo VI al pueblo dominicano.
Finalmente, la primera visita de un Pontífice a las Naciones Unidas y su encuentro con el presidente de los Estados Unidos.
La cronología, por sí sola, invita a continuar investigando.
Existe otro aspecto igualmente interesante.
Diversos testimonios sostienen que Pablo VI manifestó una profunda preocupación por la preservación de la Ciudad Colonial de Santo Domingo durante la crisis de 1965.
Esa afirmación merece una investigación documental rigurosa.
La experiencia personal del Pontífice con las devastaciones de la Segunda Guerra Mundial ayuda a comprender esa sensibilidad.
Pablo VI había vivido el drama europeo y, apenas un año antes, en 1964, había presidido la nueva consagración de la reconstruida Abadía de Montecassino, destruida por los bombardeos aliados durante la guerra.
Quien había contemplado la destrucción de uno de los grandes símbolos espirituales de Europa difícilmente podía permanecer indiferente ante el peligro que amenazaba a la primera ciudad europea fundada en América.
Será tarea de futuras investigaciones determinar con precisión cuál fue el alcance de las gestiones diplomáticas de la Santa Sede para proteger el centro histórico de Santo Domingo.
La República Dominicana nunca fue una escala casual
Si la historia se observa en su conjunto, resulta difícil considerar casual la relación que los dos grandes pontífices del siglo XX mantuvieron con la República Dominicana.
Dos décadas después de Pablo VI, Juan Pablo II confirmó que la importancia del país para la Santa Sede iba mucho más allá de una visita protocolaria.
Su primer viaje apostólico a América comenzó deliberadamente en la República Dominicana, los días 25 y 26 de enero de 1979.
No fue una simple escala técnica antes de continuar hacia México.
Desde Santo Domingo partió hacia México para inaugurar, a partir del 27 de enero de 1979, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla.
El hecho de que el primer país americano visitado por Juan Pablo II fuera la República Dominicana constituyó, por sí mismo, un reconocimiento al papel histórico de Santo Domingo como Primera Diócesis de América, Primera Catedral y Sede Primada del Nuevo Mundo.
Cinco años después, en 1984, Juan Pablo II regresó nuevamente para iniciar las celebraciones del gran ciclo conmemorativo del V Centenario de la Evangelización de América.
Y en 1992 volvió por tercera vez, permaneciendo casi una semana en Santo Domingo para presidir las celebraciones del Quinto Centenario del Encuentro entre Europa y América, dedicar el Faro a Colón e inaugurar la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), celebrada en la capital dominicana.
Tres visitas.
Tres momentos históricos.
Tres acontecimientos decisivos para la Iglesia universal.
Ninguno de ellos fue casual.
Cada uno respondió a una visión histórica de la Santa Sede sobre el papel excepcional de la República Dominicana en los orígenes del cristianismo americano.
Una invitación a seguir investigando
La historia no se escribe únicamente con los documentos que hoy conocemos.
También se construye con archivos diplomáticos que permanecen cerrados durante décadas, con memorias personales, con correspondencias reservadas y con testimonios que solo el paso del tiempo permite reconstruir.
Quizá por ello convenga formular la pregunta de otra manera.
No se trata de afirmar como un hecho demostrado que la diplomacia de Pablo VI fue la causa por la cual Washington ordenó detener la ofensiva del general Palmer.
Hoy no disponemos de la documentación suficiente para sostener esa conclusión.
Pero tampoco parece intelectualmente serio considerar que todo fue una simple sucesión de coincidencias.
La publicación del mensaje pontificio el 17 de junio presupone una preparación previa.
Los violentos acontecimientos de los días 15 y 16 de junio difícilmente pudieron pasar inadvertidos para una diplomacia tan experimentada como la de la Santa Sede.
La intervención pública del Papa, la histórica visita a las Naciones Unidas pocos meses después y su reunión con Lyndon B. Johnson forman una secuencia que merece ser estudiada con la mayor profundidad cuando la totalidad de los archivos diplomáticos esté disponible.
En 1965 la República Dominicana fue una prioridad para Pablo VI.
En 1979 Juan Pablo II convirtió a la República Dominicana en la puerta de entrada de su pontificado al continente americano.
En 1984 regresó para abrir las grandes conmemoraciones de la evangelización.
En 1992 volvió nuevamente a Santo Domingo para inaugurar la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y las celebraciones del Quinto Centenario.
Vista desde la perspectiva de la historia, la República Dominicana ha ocupado un lugar mucho más importante en la diplomacia de la Santa Sede de lo que generalmente se reconoce.
Quizá todavía falten documentos para responder todas las preguntas.
Pero la secuencia de los hechos demuestra que, para Roma, la República Dominicana nunca fue un país cualquiera.
Y eso, por sí solo, constituye una importante lección de historia.