Por: Andrés Contreras
El miércoles llovió sobre el Estadio Olímpico Félix Sánchez. No una llovizna: un aguacero de los que vacían gradas.
Esta vez nadie se fue; la gente se quedó empapada, con la bandera encima y sin moverse del asiento. Marileidy Paulino corrió los 400 metros en 48.94 segundos y rompió el récord de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Poco antes, Gabriel Moronta había ganado los 400 metros masculinos con 44.70. Fue el primero de los dos oros dominicanos en los 400 metros de aquella noche.
Marileidy lo resumió: para ella, la lluvia es bendición. Y aquella noche terminó en dos medallas de oro para el país. Que la lluvia termine en bendición o en obstáculo depende también de lo que encuentra cuando cae.
Hace unos meses escribí sobre las inundaciones que convierten nuestras calles en ríos y dejan vehículos atrapados. Cuatro meses después, otro aguacero cayó sobre una pista de atletismo y la competencia continuó: se corrieron las finales y cayó un récord.
Fue una escena distinta, pero dejó visible el mismo principio: mucho de lo que ocurre bajo la lluvia se decide antes de que caiga, cuando nadie mira.
Esa diferencia se ve mejor en una pista. Una cosa es correr bajo la lluvia; otra es que un charco en la pista obligue al corredor a volverse nadador. Si el agua se acumula, ahí la lluvia deja de ser bendición, y lo que decide eso es la infraestructura sobre la cual se corre la carrera.
La competencia continuó el miércoles, y por eso casi nadie habló del drenaje. El sistema que funciona no produce titulares; produce silencio, y así debe ser.
La lluvia no debería ser la razón de las malas noticias en este país. Debería ser una bendición. Para que lo sea, hacen falta buena ingeniería, planificación y personas que tomen buenas decisiones antes de que caiga la primera gota.
Cuando alguno de esos elementos falta, el agua llega y no encuentra salida. Entonces, se acumula sobre una pista, entra en una vivienda o queda atrapada en el sótano de un edificio.
Una pista que drena, un techo que permanece seco y un parqueo donde el aire circula parecen resultados distintos. Comparten una base: alguien hizo bien su parte en un lugar que después nadie ve. La buena ingeniería termina convertida en normalidad cotidiana. Ese es su verdadero valor.
El título dice que no sabíamos que iba a llover. Ciertamente, sabíamos que volvería a llover. Lo que no podíamos saber era que ocurriría precisamente durante las finales en las que Gabriel y Marileidy ganarían oro. Nuestro equipo diseñó e instaló el sistema pluvial de la pista para que respondiera cada vez que fuera necesario. Durante el diseño, la lluvia era todavía un conjunto de números y cálculos sobre un plano. Este miércoles, esos cálculos se volvieron reales: miles de personas celebraron bajo el aguacero y la competencia continuó.
Cuando enterramos esa tubería, las gradas estaban vacías y en la pista no había atletas. Solo había un equipo de técnicos e ingenieros trabajando. No había aún un público mirando, con sus expectativas y esperanzas, pero sí el compromiso de hacer las cosas bien.
En una obra, como en un país, nadie trabaja aislado. Cada persona recibe algo que otra dejó hecho y, a su vez, deja una base para quien viene después. Cuando alguien no hace bien su parte, puede convertirse en el obstáculo que impide a los demás hacer la suya. También puede ser la base que les permita avanzar.
Hacer bien la parte que nos corresponde exige respetar decisiones que pueden parecer pequeñas. En ingeniería, puede ser el diámetro de una tubería, un registro o una pendiente. En otros oficios, tendrá otras formas. El principio es el mismo: la calidad del resultado depende de la seriedad con que cada uno asuma su parte.
Por eso el estadio importa más allá del deporte. Es la prueba de que aquí sí se puede hacer bien, aun con las restricciones de presupuesto y de fecha que tiene cualquier obra. Cuando cada persona cumple su parte con rigor, el buen trabajo tiene el resultado menos vistoso de todos: el agua se va, la carrera continúa y la vida sigue.
Debajo de la superficie sintética de esa pista hay capas: una subrasante compactada, una base granular y el asfalto tendido encima. Ninguna se ve. Cada una existe para que funcione la que va arriba. Marileidy y Gabriel corrieron sobre todas ellas.
Decimos que cada uno pone su grano de arena, y lo decimos como si fuera poco. Para un ingeniero, la arena no es poca cosa: forma parte del hormigón y de muchos de los materiales con los que construimos bases estables. Un grano solo no sostiene nada, pero millones de granos, colocados correctamente, sostuvieron primero a Gabriel y, poco después, a Marileidy, ambos corriendo hacia el oro.
Cada uno de nosotros es una capa debajo de alguien: el agricultor que cosechó el plátano que terminó convertido en el mangú detrás de ese plátano power; quien preparó las gradas antes de que abriera el estadio; el entrenador que perseveró hasta sacar lo mejor de su atleta. Casi ninguna de esas capas sale en la foto.
Estas cosas uno las sabe. Verlas pasar es otra cosa.
No sabíamos cuándo iba a llover. Sí sabíamos cómo debía hacerse el trabajo. Hacer bien lo que nadie ve, todos los días, es una de las formas más concretas de seguir construyendo un mejor país.
El autor, Ing. Andrés Contreras, PhD, es CEO de SEMS, una de las tres principales firmas de ingeniería mecánica y de fluidos de la República Dominicana.