¿Qué balance nos dejan los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026?
Orgullo: 150 medallas —46 de oro, 37 de plata y 67 de bronce—, fruto del talento, la disciplina y el sacrificio de quienes nos representaron.
Y una gran fiesta: un derroche de luces, tecnología, artistas y drones, a la altura de cualquier espectáculo internacional.
Invertimos RD$9,000 millones. Quedan las instalaciones. Ojalá quede también el compromiso con quienes hicieron posibles las medallas.
Porque el dinero público sigue siendo público, aunque esté acompañado de música, tecnología y patriotismo.
Cuando se apagan las luces, aparecen los rostros detrás de las medallas.
Allí encontramos una sociedad que todavía nos cuesta reconocer: muchas de las personas que alcanzaron el podio son afrodescendientes, provenientes de sectores populares; algunas tienen raíces haitianas y otras, europeas.
Somos una mezcla, como el Caribe. Pero llevan demasiado tiempo convenciéndonos de que debemos negarlo. Nos cuesta decir negro, reconocer África y aceptar cuánto de nuestra historia está atravesado por el país con el que compartimos la isla.
Nos decimos indios, morenos, mestizos. Cualquier cosa antes que negros.
Y, sin embargo, cuando nuestros atletas negros suben al podio, gritamos orgullosos: ¡República Dominicana!
El deporte muestra lo que nuestros prejuicios intentan esconder: somos el Caribe.
Se empeñan en levantar fronteras. Nuestros cuerpos las derriban.
Cada vez más atletas se atreven a hablar.
Evelina Minaya ganó la plata en salto largo. Su madre tiene cáncer terminal y ella había pensado abandonar el atletismo para cuidarla. Los RD$150,000 del premio serán para sus medicamentos.
¿A qué le saben las luces a una medallista que lucha para comprar los medicamentos de su madre?
José González, medallista de oro y plata, anunció antes de estos Juegos que pensaba retirarse por razones económicas.
“Yo no puedo estar porque cómo voy a hacer una casa a mi mamá”, dijo. Recibía apenas RD$10,000 del programa PARNI.
Ana Rosa García ganó el primer oro dominicano en judo. Los RD$300,000 del premio los destinará a terminar la casa que comenzó a construirle a su madre.
Álvaro Abreu ganó el oro en la media maratón después de pagar de su bolsillo el boleto para competir. Desde el podio dijo: “Necesitamos más ayuda”.
Yvonne Losos de Muñiz denunció que, pese a los recursos entregados a su federación, tuvo que financiar su preparación con recursos propios:
“De los fondos que el Gobierno ha asignado para esos fines no me ha llegado nada”.
Si los recursos destinados a quienes nos representan no llegan a quienes los necesitan, ¿quién responde?
El boxeo también denunció “maltrato y marginación” y preguntó:
“¿Qué más tiene que hacer el boxeo para ser tomado en cuenta?”
Después respondió con siete medallas de oro.
Quizás esa sea la gran ironía de estos Juegos: nos llenamos la boca de patriotismo cuando quienes nos representan ganan, mientras siguen preguntándose cómo construir una casa, comprar medicamentos, pagar un boleto o continuar entrenando.
No se trata de negar la fiesta. Se trata de preguntarnos por qué somos capaces de exhibir desarrollo y todavía no garantizamos lo básico a quienes nos representan.
Qué fácil es gritar “¡República Dominicana!” cuando alguien sube al podio.
Lo difícil es construir un Estado a la altura de quienes ponen su cuerpo para representarlo.
Estos Juegos nos dejaron un espejo: un país capaz de construir una vitrina deslumbrante para el mundo, mientras algunas de las personas que mejor lo representan aún esperan que el desarrollo también les alcance.
