Hay una pregunta que he empezado a hacerme, pero todavía a media voz, acerca de los carteles de campaña dominicanos. Profecías que escucho con mucha insistencia me llevan a una pregunta: ¿Se gana una elección negociando el poder o produciendo el contenido que legitima esa negociación? Durante décadas la respuesta no ofrecía dudas. La política se decidía en la Realpolitik; es decir, pactos cerrados, cálculo de gobernabilidad, correlación de fuerzas leída por operadores que conocían el tablero mejor que el electorado.


La prensa, como intermediaria, traducía sola y sin competencia esas decisiones al lenguaje público. El ciudadano recibía el resultado, no el proceso. Ese modelo está bajo tensión, y no se trata de decadencia moral de la política, sino de una sustitución técnica del intermediario. Donde antes había un editor definiendo con exclusividad qué hecho merecía primera plana, hoy existe un algoritmo decidiendo qué contenido merece atención.

El algoritmo cambia la legitimación política


Resulta que el algoritmo no pondera relevancia institucional, sino intensidad emocional, velocidad de reacción, capacidad de generar conflicto reconocible. Bajo esas reglas, el hecho político sustantivo, ya sea una reforma fiscal o un pacto de gobernabilidad, compite en desventaja estructural contra el acto performático: un exabrupto, un cruce de acusaciones, una escena con villano y héroe claramente identificables. Lo vemos a diario.


De ahí que he decidido caer en la tentación de hablar de una competencia entre Realpolitik y Reality Show, pero reconociendo que no son dos sistemas que se disputan el mismo territorio con uno posicionado para desplazar al otro. La evidencia dominicana sugiere que estos elementos no compiten, sino que se hibridan de forma asimétrica.


La decisión de poder sigue registrándose donde siempre ocurrió, en la negociación cerrada entre actores que entienden el costo real de gobernar. Pero la legitimación pública de esa decisión ya no se produce exclusivamente en el editorial de un periódico ni en la rueda de prensa protocolar; también tiene lugar en el ciclo narrativo que domina las redes sociales durante las horas críticas posteriores al hecho.

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Esa hibridación asimétrica exige a los actores políticos algo que la vieja escuela nunca les enseñó: manejar dos gramáticas simultáneas sin confundirlas. El pacto político explicado con el lenguaje del espectáculo pierde solemnidad institucional y se percibe como cinismo. El espectáculo político explicado con el lenguaje técnico de la negociación pierde tracción algorítmica y se vuelve invisible. Buena parte de los tropiezos comunicacionales que hemos visto en ciclos electorales recientes, en la región y fuera de ella, no son errores de contenido sino de traducción. Es decir, se dijo lo correcto en el idioma equivocado.

La convivencia entre pacto y espectáculo


Hay una segunda consecuencia, menos discutida pero más relevante para quienes tratamos de entender el nuevo mundo de la comunicación: en un entorno regido por inercia algorítmica, no importa demasiado si un episodio es sustantivo o performático; importa quién controla la ventana narrativa inicial, esas primeras horas en que un hecho se define frente a la opinión pública antes de que exista margen para matizarlo. Quien domina esa ventana no necesariamente gana el argumento de fondo, pero sí controla la interpretación que circula, que pesa tanto como el hecho mismo.


El riesgo inverso es igual de real: un Reality Show que nunca toca la Realpolitik. Es el patrón del outsider que domina meses de atención y, al llegar el momento de pactar una coalición o gobernar, descubre que no construyó con quién sentarse a la mesa. Ganó audiencia, no estructura, y en un sistema donde la gobernabilidad depende de acuerdos post-electorales, eso puede convertir una victoria electoral en un gobierno débil desde el primer día.


El costo no se queda ahí, pues una ciudadanía que ve repetirse el ciclo del espectáculo sin traducción institucional, promesas que nunca se negocian, escándalos sin consecuencias, termina tratando la política como entretenimiento del que ya no espera nada. Por tanto, es la ciudadanía que menos exige rendición de cuentas.


Nada de esto significa que la sustancia haya dejado de importar. Supone que la sustancia, sin una arquitectura narrativa capaz de sobrevivir al algoritmo, corre el riesgo de perderse en el mismo silencio donde antes moría lo irrelevante. Una pregunta que deberían hacerse los estrategas dominicanos y extranjeros de cara al próximo proceso electoral no es si conviene jugar en la lógica del Reality Show, sino cómo construir un pacto de poder que resista la traducción pública sin desnaturalizarse en el intento.


Ese es, en el fondo, el verdadero desafío de la política contemporánea: no elegir entre gobernar y narrar, sino aprender a hacer ambas cosas sin que una traicione a la otra. Pero hay una variable dominicana que ninguna teoría importada resuelve del todo] y es que aquí el Reality Show podrá competir por atención, pero si quiere algo de ganancia de causa, deberá batallar en el terreno de la necesidad inmediata: Un bono de compras, una funda de pica pollo, un transporte de ida y vuelta el día de la votación pueden pesar más que cualquier arco narrativo bien construido.

Clientelismo territorial y ventaja electoral


En un mercado electoral con baja educación democrática, el Reality Show no necesita solamente algoritmo; requiere logística y ahí la Realpolitik más vieja, la del clientelismo territorial, no la del pacto institucional, sigue siendo capaz de imponerse sobre cualquier narrativa, por sofisticada que sea. En República Dominicana no hay que descartar de plano ni la victoria de la Realpolitik ni la del Reality Show. Hay una tercera fuerza que ambas terminan alimentando sin proponérselo: la del voto que no se gana con ideas ni con contenido, sino con la urgencia del día a día para quienes no llegan a fin de mes, que son la mayoría.

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