Durante más de un siglo se ha cometido una simplificación intelectual que convendría revisar.

Cuando se habla de explotación de los trabajadores, concentración de la riqueza, conflicto entre capital y trabajo o desigualdad económica, casi automáticamente aparece el nombre de Carlos Marx.

Parecería que fue Marx quien descubrió que los intereses del propietario del capital y los intereses del trabajador podían entrar en contradicción.

No fue así.

Mucho antes de que Marx publicara El Capital, los padres de la economía clásica ya habían estudiado cómo se distribuía la riqueza entre trabajadores, propietarios del capital y dueños de la tierra.

Adam Smith y David Ricardo lo habían visto.

Y lo habían dicho.

Posteriormente, desde una perspectiva completamente distinta de la marxista, el papa León XIII colocó la dignidad del trabajador y los límites morales del capital en el centro de la doctrina social católica.

Y en el siglo XX, el sacerdote, psicólogo y pensador Ignace Lepp, después de haber conocido desde dentro la seducción del comunismo antes de convertirse al cristianismo, insistió en algo todavía más profundo: ninguna organización económica puede comprender al hombre reduciéndolo a productor, consumidor, proletario o propietario.

Por eso resulta particularmente interesante el artículo publicado este 9 de agosto de 2026 por Paul KrugmanAgainst Oligarchy, Part III: Taxing Capital vs. Taxing Labor.

Krugman vuelve sobre una vieja cuestión que hoy adquiere una enorme actualidad: cómo se distribuye el ingreso nacional entre capital y trabajo.

La pregunta fundamental sigue siendo la misma:

¿Quién se queda con la riqueza que produce una sociedad?

Adam Smith publicó La riqueza de las naciones en 1776. Marx nació en 1818.

Smith no era socialista. Es uno de los grandes fundadores intelectuales de la economía de mercado.

Pero comprendió perfectamente que los trabajadores y los propietarios del capital no siempre tenían los mismos intereses.

Estudió los salarios, los beneficios y las rentas. Observó también la diferencia de poder existente entre quien necesita vender su trabajo para sobrevivir y quien posee el capital necesario para contratarlo.

David Ricardo convirtió posteriormente la distribución del producto entre las distintas clases de la sociedad en una cuestión central de la economía política.

Por tanto, la preocupación por la distribución de la riqueza no fue una invención comunista.

Estaba en el origen mismo de la economía clásica.

Marx llegó después, tomó aquellas contradicciones, las reinterpretó y construyó alrededor de ellas su teoría revolucionaria de la lucha de clases.

Pero no descubrió el problema.

León XIII y los límites del capital

En 1891, cuando las consecuencias sociales de la industrialización europea ya resultaban imposibles de ignorar, León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum.

El Papa rechazó la abolición socialista de la propiedad privada, pero su defensa de la propiedad no significó una aceptación incondicional del capitalismo.

Defendió el salario justo.

Defendió el derecho de los trabajadores a asociarse.

Reconoció la legitimidad del capital, pero recordó que el trabajo humano posee una dignidad que no puede reducirse al precio que consiga imponer el mercado.

Ahí aparece una posición que muchas veces se olvida cuando se cuenta la historia económica moderna.

No todo fue Marx contra el capitalismo.

La doctrina social de la Iglesia formuló otra respuesta: la economía debe estar al servicio de la persona humana y no la persona al servicio de la economía.

Capital y trabajo se necesitan mutuamente.

Sin capital difícilmente puede organizarse la producción moderna.

Sin trabajo tampoco existe producción.

Convertirlos necesariamente en enemigos era un error. Permitir que uno dominara ilimitadamente al otro también lo era.

El problema volvió

Durante varias décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, buena parte del capitalismo occidental consiguió combinar crecimiento económico, aumento de la productividad, mejores salarios y expansión de las clases medias.

Pero desde aproximadamente 1980 comenzaron importantes transformaciones.

Krugman recuerda que entre 1979 y 2000 la participación general del trabajo frente al capital permaneció relativamente estable. Sin embargo, aumentaron enormemente las desigualdades entre los propios trabajadores.

Mientras el ingreso real del trabajador típico apenas crecía, las remuneraciones laborales del 1 por ciento situado en la cúspide casi se triplicaron.

Después del año 2000 surgió una dinámica diferente.

La proporción del ingreso nacional correspondiente al trabajo comenzó a disminuir, mientras aumentaba la correspondiente a los propietarios del capital.

Eso significa algo muy concreto: una economía puede hacerse considerablemente más rica sin que sus trabajadores reciban una participación proporcional de esa prosperidad.

El producto interno bruto puede aumentar.

Las bolsas pueden alcanzar récords.

Las empresas pueden obtener ganancias extraordinarias.

Y el trabajador puede permanecer prácticamente estancado.

Eso no es una consigna marxista.

Es un problema de distribución económica.

Ignace Lepp y la persona humana

Ignace Lepp resulta especialmente interesante para esta discusión porque conoció el marxismo y el comunismo antes de romper con ellos y convertirse al catolicismo.

Comprendió que la promesa de liberar al hombre mediante una simple transformación de las estructuras económicas era insuficiente.

El ser humano necesita condiciones materiales dignas, pero no puede reducirse a ellas.

Necesita libertad, amor, comunidad, responsabilidad, trascendencia y sentido.

Y aquí aparece una corrección igualmente válida frente al marxismo y frente a ciertas deformaciones del capitalismo:

el trabajador no es simplemente una unidad de producción ni un costo que debe reducirse para aumentar la rentabilidad. Es una persona.

Ese principio adquiere una importancia todavía mayor ahora que entramos en la revolución de la Inteligencia Artificial.

La Inteligencia Artificial cambia la discusión

La Inteligencia Artificial puede multiplicar extraordinariamente la productividad, pero requiere también enormes concentraciones de capital.

Centros de datos.

Semiconductores avanzados.

Redes eléctricas.

Software.

Modelos de Inteligencia Artificial.

Infraestructuras que cuestan miles de millones de dólares.

Podríamos entrar en una economía que necesite proporcionalmente menos trabajadores para producir muchísimo más, pero al mismo tiempo requiera muchísimo más capital.

Entonces aparece la gran pregunta:

¿Quién será propietario de ese capital?

Si las ganancias de productividad creadas por la Inteligencia Artificial terminan concentrándose principalmente en quienes poseen los algoritmos, los chips, las plataformas y los centros de datos, podríamos tener sociedades extraordinariamente ricas acompañadas de una concentración también extraordinaria de la riqueza.

La sociedad será más productiva.

Pero eso no significa necesariamente que el trabajador será más próspero.

La explotación puede cambiar de apariencia

Cuando hablamos de explotación pensamos en las fábricas del siglo XIX, las jornadas interminables, los salarios miserables y el trabajo infantil.

Pero la explotación no tiene necesariamente que conservar aquella apariencia.

La pregunta fundamental continúa siendo:

¿qué parte de la riqueza creada por el aumento de la productividad corresponde al trabajo y qué parte corresponde al capital?

Y además:

¿quién posee ese capital?

Krugman advierte también sobre una nueva oligarquía estadounidense formada alrededor de enormes concentraciones de riqueza.

Porque la riqueza produce poder.

Permite financiar empresas, medios, plataformas, campañas y organizaciones políticas.

Una desigualdad económica extrema puede terminar convirtiéndose en desigualdad política.

Los impuestos también distribuyen poder

Krugman insiste en otro asunto fundamental: los impuestos.

Un trabajador recibe principalmente salario.

Los propietarios de grandes patrimonios pueden recibir dividendos, ganancias de capital y otras formas de ingreso derivadas de sus activos.

Si un sistema fiscal termina tratando de manera más favorable al capital que al trabajo, el Estado puede reforzar una desigualdad que ya comenzó en el mercado.

Por eso la política tributaria no es simplemente una cuestión contable.

Es también una cuestión de poder.

De Smith a León XIII, de Lepp a Krugman

Existe un hilo histórico extraordinario.

Adam Smith comprendió que trabajadores y propietarios del capital no tenían necesariamente intereses idénticos.

David Ricardo convirtió la distribución de la riqueza en un problema central de la economía política.

Marx quiso resolver aquellas contradicciones mediante una transformación revolucionaria del sistema de propiedad.

León XIII rechazó esa solución, defendió la propiedad privada y al mismo tiempo proclamó sus obligaciones morales frente al trabajador y la sociedad.

Ignace Lepp recordó que ningún sistema económico puede salvar al hombre si primero lo reduce a una categoría económica.

Y ahora Krugman nos obliga a mirar nuevamente una realidad preocupante: la participación del trabajo disminuye, la del capital aumenta, la riqueza se concentra y la Inteligencia Artificial podría acelerar ese proceso.

La gran discusión del siglo XXI probablemente no será capitalismo contra comunismo.

Será otra:

qué clase de capitalismo queremos construir cuando las máquinas puedan producir una proporción creciente de nuestra riqueza.

La tecnología cambia.

Las formas del capital cambian.

Las fábricas cambian.

Pero permanece la persona humana.

No necesitamos aceptar la interpretación revolucionaria de Carlos Marx para reconocer que capital y trabajo pueden tener intereses contrapuestos, que una economía puede enriquecerse sin distribuir justamente su prosperidad y que la concentración económica puede convertirse en concentración política.

Marx llevó esas contradicciones hacia su propia doctrina.

Pero no las inventó.

Adam Smith las había visto. David Ricardo las había estudiado. León XIII las enfrentó desde la doctrina social cristiana. Ignace Lepp recordó que detrás del capital y del trabajo existe siempre una persona humana.

Y ahora la Inteligencia Artificial vuelve a colocar aquella vieja cuestión delante de nosotros.

Los padres del capitalismo, y no Carlos Marx, habían dicho una parte esencial de la verdad.

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