Radio Bemba ahora tiene algoritmo
Las redes sociales transforman la comunicación, acelerando la difusión de información y desinformación. El caso de Ceuta ilustra su impacto geopolítico.
La crisis migratoria de Ceuta ha dejado una enseñanza que probablemente trascienda a España, Marruecos y Europa: las redes sociales ya no se limitan a contar los acontecimientos. Pueden contribuir a producirlos.
Pero sería un error pensar que el fenómeno nació con Facebook, TikTok, Instagram, X o WhatsApp.
Mucho antes de internet existió Radio Bemba.
Así llamábamos —y todavía llamamos en buena parte del Caribe y América Latina— a esa extraordinaria red informal mediante la cual noticias, rumores, verdades, medias verdades y mentiras circulaban de boca en boca.
Una persona escuchaba algo y se lo contaba a otra. La segunda agregaba un detalle. La tercera lo transmitía como cierto. Y cuando la historia había recorrido un barrio entero, resultaba difícil determinar dónde terminaba el hecho y dónde comenzaba la imaginación.
Radio Bemba informaba.
Pero también desinformaba.
La diferencia es que aquella Radio Bemba se desplazaba a la velocidad de las personas. La del siglo XXI viaja a la velocidad de la luz.
Y existe otra diferencia fundamental: Radio Bemba no tenía algoritmos.
Las redes sociales sí.
Durante décadas coexistieron dos circuitos informativos. Estaban los periódicos, la radio y la televisión, con periodistas y agencias que intentaban comprobar los acontecimientos. Y estaba la calle: el mercado, la barbería, el colmado, la fábrica, la universidad, el taxi, el café, la conversación familiar.
Radio Bemba.
En sociedades sometidas a dictaduras o censura llegó incluso a cumplir una función política. Cuando la prensa no podía publicar determinadas informaciones, la gente encontraba otros mecanismos para enterarse.
El rumor podía ser falso. Pero también podía contener una verdad que el poder intentaba ocultar.
Internet no inventó ese comportamiento humano. Lo convirtió en instantáneo, global y extraordinariamente poderoso.
Ceuta: del mensaje a la multitud
Durante los días anteriores a la gran entrada migratoria en Ceuta circularon por las redes mensajes relacionados con la posibilidad de alcanzar territorio español desde Marruecos.
Una cuestión jurídica compleja relacionada con las devoluciones de personas que acceden por vía marítima terminó convertida, en algunos mensajes, en una conclusión mucho más sencilla: quien consiguiera llegar nadando tendría posibilidades de permanecer en España.
La realidad jurídica era mucho más complicada.
Pero las redes no funcionan con la lentitud de un tribunal.
Una explicación falsa pero sencilla puede viajar mucho más rápidamente que una explicación verdadera pero compleja.
Y ahí comienza el peligro.
Las autoridades españolas analizan ahora mensajes difundidos en Facebook, Instagram y TikTok que hablan de un nuevo intento de entrada en Ceuta para el 15 de agosto.
No sabemos si esa convocatoria llegará a producir una nueva movilización. Precisamente por eso resulta importante observarla.
Porque una publicación realizada desde un teléfono puede contribuir a que miles de personas comiencen a desplazarse.
No hace falta necesariamente un partido, un sindicato ni una organización centralizada.
Puede bastar una información suficientemente convincente repetida miles de veces.
La multitud termina organizándose a sí misma.
El algoritmo no pregunta si es verdad
Aquí aparece una diferencia enorme entre la vieja y la nueva Radio Bemba.
Los algoritmos fueron diseñados fundamentalmente para detectar aquello que despierta interés, no necesariamente aquello que es verdadero.
Miedo, indignación, esperanza y sorpresa generan reacciones.
Cuando miles de personas comparten un contenido, el sistema interpreta esa actividad como señal de relevancia y puede distribuirlo todavía más.
Se forma un círculo formidable: emoción, difusión, recomendación algorítmica, mayor difusión y nueva emoción.
La falsedad puede adquirir apariencia de verdad porque aparece repetida en miles o millones de pantallas.
En Radio Bemba una persona decidía contarle el rumor a otra.
Ahora existe además una maquinaria tecnológica capaz de enseñárselo a millones.
Internet democratizó extraordinariamente el acceso a la información.
Pero también democratizó la capacidad de desinformar.
Antes el ciudadano era fundamentalmente receptor. Ahora también es transmisor.
Cada vez que apretamos el botón de compartir nos convertimos durante unos segundos en una pequeña agencia de noticias.
Con una diferencia: las agencias profesionales disponen —o deberían disponer— de periodistas, editores, fuentes y procedimientos de verificación.
El ciudadano puede recibir un vídeo por WhatsApp y enviarlo inmediatamente a cincuenta personas sin saber quién lo produjo, dónde fue grabado, cuándo ocurrió o si corresponde realmente al acontecimiento descrito.
El botón “Compartir” derribó la antigua frontera entre el rumor privado y la información pública.
Cuando la desinformación mueve fronteras
Ceuta introduce además una dimensión geopolítica.
La desinformación ya no solamente modifica opiniones.
Puede modificar comportamientos.
Puede provocar compras compulsivas, pánico financiero, protestas, influir sobre elecciones y también impulsar personas hacia una frontera.
Cuando la información digital produce movimientos físicos de población deja de ser exclusivamente un problema de comunicación.
Se convierte también en un problema de seguridad.
Y cuando atraviesa fronteras internacionales adquiere dimensión geopolítica.
Esto explica que el fenómeno sea relacionado con las discusiones contemporáneas sobre guerra híbrida.
Pero debemos mantener una precaución fundamental.
Que una información falsa contribuya a desencadenar un acontecimiento no demuestra automáticamente que detrás exista una operación organizada por un Estado.
Para demostrar semejante responsabilidad hacen falta pruebas.
Confundir sospechas con hechos sería caer precisamente en aquello que criticamos.
La inteligencia artificial entra en Radio Bemba
El problema se complica todavía más con la inteligencia artificial.
Durante mucho tiempo una fotografía, una grabación o una voz constituían evidencias relativamente fuertes.
Ya no necesariamente.
Podemos producir imágenes, voces y vídeos extraordinariamente convincentes de acontecimientos que jamás ocurrieron.
También pueden generarse automáticamente miles de mensajes defendiendo una misma narrativa, traducidos a diferentes idiomas y adaptados a públicos distintos.
Radio Bemba necesitaba seres humanos.
La Radio Bemba digital comienza a disponer también de máquinas capaces de hablar como seres humanos.
El desafío consiste entonces en aprender a desconfiar razonablemente de aquello que vemos sin terminar desconfiando absolutamente de todo.
Porque ese extremo sería igualmente peligroso.
Una sociedad donde nadie cree nada pierde la posibilidad de construir una realidad compartida.
El periodismo vuelve a ser necesario
Existe finalmente una paradoja.
La revolución digital que parecía destinada a debilitar definitivamente al periodismo profesional puede terminar demostrando nuevamente por qué lo necesitamos.
El periodista perdió el monopolio de la información.
Eso terminó.
Pero conserva una función indispensable cuando ejerce correctamente su oficio: verificar.
Preguntar quién lo dijo. Buscar otra fuente. Comprobar la fecha. Determinar dónde fue tomada una fotografía. Separar hechos de opiniones. Rectificar cuando aparecen nuevas evidencias. Explicar aquello que un vídeo de quince segundos no puede explicar.
En el océano informativo contemporáneo, el valor del periodismo ya no consiste solamente en encontrar noticias.
Consiste en determinar cuáles son verdaderas.
Las plataformas también tienen responsabilidades. Pero cualquier intento de combatir la desinformación debe preservar la libertad de expresión. No podemos sustituir el caos de las redes por un Ministerio de la Verdad que determine oficialmente lo que los ciudadanos pueden pensar o decir.
La respuesta democrática tendrá que combinar libertad, responsabilidad de las plataformas, transparencia algorítmica, verificación independiente y educación digital.
Ceuta puede terminar convirtiéndose en un laboratorio inesperado de este nuevo mundo.
Las fronteras ya no estarán protegidas solamente por policías, soldados, cámaras, radares, drones y barreras.
También deberán enfrentarse a flujos digitales capaces de provocar movimientos humanos en cuestión de horas.
La frontera física y la frontera digital comienzan a confundirse.
Radio Bemba existió siempre.
Informó verdades. Difundió rumores. Exageró acontecimientos. Inventó otros. Permitió conocer cosas que el poder ocultaba y también convirtió falsedades en supuestas verdades.
La naturaleza humana no ha cambiado.
Cambió la tecnología.
La antigua Radio Bemba recorría las calles.
La nueva lleva un teléfono en el bolsillo, una cámara, conexión permanente con miles de millones de personas y un algoritmo detrás de la pantalla decidiendo qué mensaje debe viajar más lejos.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información.
Y nunca había sido tan importante aprender a distinguirla de la desinformación.
Porque ahora la mentira no solamente corre de boca en boca.
También tiene algoritmo.