En la política de países poco desarrollados y donde los partidos tienen aún cierta mentalidad feudal, de los cuales no somos la excepción, no solo pesan las convicciones e ideologías; también, y quizás sea más importante, pesan la sangre y la genética. Esto da rienda suelta a un nepotismo descarado con apellidos que conocemos en todos los partidos, devorándose los méritos y, con ello, a la democracia misma.
La «partidocracia dinástica» que conlleva heredar un cargo público como si este fuera propiedad privada es propia de democracias débiles. La oligarquía familiar siempre será vista como un insulto al esfuerzo ajeno. A mediano o largo plazo, esta práctica daña mucho más a los mismos nepobabies políticos, pues cargan con una sospecha o impronta social desde el principio.
Al final, «los herederos» son juzgados por su apellido y por sus actuaciones; el pueblo los coloca en una balanza y decide qué ha pesado más. Y es que, como dijo María Antonieta antes de casarse con Luis XVI al entrar entre vítores a París: «Qué afortunada soy por estar en una posición en la que se puede obtener un afecto tan amplio con tan poco esfuerzo