Haciendo vaina, dejando pasar el tiempo como si nada, resulta que el tiempo se me fue.

O, pensándolo mejor, quizás no se me fue. 

Quizás fui yo quien se fue con él.

Ayer estaba leyendo el periódico El Día y me encontré con una de esas estadísticas que uno habría preferido descubrir treinta años antes.

Decía la información que hacia 1950, cuando yo nací —para ser exactos, nací el 22 de diciembre de 1949, pero por unos cuantos días puedo considerarme ciudadano honorario de 1950—, la expectativa de vida de un hombre dominicano rondaba apenas los 44 años.

¡Cuarenta y cuatro!

Me quedé pensando.

Si yo hubiera conocido aquella estadística cuando tenía veinte años, quizás habría administrado el tiempo de otra manera.

Aunque, conociéndome, probablemente habría hecho exactamente lo mismo.

Porque cuando uno tiene veinte años cree que es inmortal.

A los treinta comienza a sospechar que existe el calendario.

A los cuarenta descubre que los muchachos empiezan a decirle “señor”.

A los cincuenta uno comienza a hablar de “los jóvenes de ahora”.

A los sesenta aparecen personas que inexplicablemente insisten en cederle el asiento.

Y después de los setenta ocurre algo todavía más curioso: uno empieza a encontrar médicos que son más jóvenes que sus hijos.

Eso sí que preocupa.

Pero volvamos a las estadísticas.

Según la información que leí, actualmente la esperanza de vida masculina en nuestro país supera los 71 años y se acerca a los 72. Para las mujeres ronda los 77.

Ahí descubrí otra injusticia histórica.

Las mujeres no solamente suelen tener la última palabra.

También, aparentemente, disponen de más tiempo para decirla.

Cinco años adicionales no son poca cosa.

Son aproximadamente 1,825 días más para recordarnos que ellas tenían razón.

Y probablemente la tenían.

El asunto me llevó inevitablemente a sacar cuentas.

Tengo 76 años.

Es decir, según aquella expectativa de vida existente cuando nací, llevo unos treinta y dos años viviendo de ñapa.

Treinta y dos años.

Eso ya no es una ñapa.

Eso es prácticamente otra vida.

Naturalmente, las estadísticas necesitan una aclaración. La esperanza de vida al nacer es un promedio y no significa que todo hombre nacido en 1950 estuviera condenado a desaparecer al cumplir 44 años. La mortalidad infantil era mucho mayor, las enfermedades infecciosas mataban más, la medicina disponía de menos recursos y muchas personas morían jóvenes por causas que actualmente pueden prevenirse o tratarse.

Pero uno no debe permitir que una explicación científica arruine una buena historia.

La historia es que cuando llegué al mundo las estadísticas aparentemente me daban 44 años y aquí estoy, a los 76, reclamando prórroga.

Y eso obliga a pensar en una cosa muy sencilla.

Qué rápido pasa todo.

Uno cree que tiene tiempo.

Tiempo para escribir aquel libro.

Tiempo para llamar al amigo.

Tiempo para visitar aquel lugar.

Tiempo para pedir perdón.

Tiempo para decir gracias.

Tiempo para sentarse tranquilamente con los hijos.

Tiempo para volver a Roma.

Tiempo para leer los libros que hemos ido acumulando con la solemne promesa de que algún día los leeremos.

Y ese “algún día” tiene una extraordinaria costumbre de convertirse en ayer.

Quizás por eso llegar a cierta edad tiene también sus ventajas.

Uno comienza a comprender que el tiempo no debe medirse solamente por los años que faltan, sino por lo que hacemos con los días que tenemos.

A los veinte años creemos que la riqueza consiste en tener dinero.

Después descubrimos que una de las mayores riquezas consiste simplemente en tener mañana.

Un mañana para levantarse.

Para tomarse un café.

Para leer el periódico.

Para discutir con alguien.

Para reconciliarse después.

Para escribir una página.

Para reírse de una tontería.

Para mirar el cielo.

Para darle gracias a Dios.

De modo que aquella noticia de El Día, lejos de deprimirme, terminó alegrándome la tarde.

Las estadísticas de cuando nací me daban aproximadamente 44 años.

Tengo 76.

He ganado por más de treinta.

Y como soy dominicano, naturalmente no pienso retirarme mientras vaya ganando.

Eso sí: ahora comprendo que no conviene seguir dejando demasiadas cosas para después.

Porque haciendo vaina, haciendo vaina…

se va el tiempo.

Aunque, gracias a Dios, algunas veces también ocurre lo contrario: el tiempo sigue pasando y uno todavía está aquí para contarlo.

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