El 11 de agosto se cumplieron 123 años de la muerte, en Santo Domingo, de Eugenio María de Hostos. 

Había nacido Hostos en Mayagüez, Puerto Rico, el 11 de enero de 1839, pero una parte esencial de su obra quedó sembrada para siempre en la República Dominicana.

Y digo sembrada porque difícilmente pueda encontrarse una palabra mejor para definir lo que Hostos hizo entre nosotros.

Juan Bosch la encontró.

En 1939, en La Habana, Bosch publicó Hostos, el sembrador, una obra escrita cuando todavía era un joven intelectual dominicano que comenzaba a abrirse camino en el exilio. 

No escogió presentar a Hostos simplemente como filósofo, educador, sociólogo o patriota puertorriqueño. Lo llamó sembrador.

La palabra contiene prácticamente una filosofía.

El sembrador trabaja para el futuro. Deposita algo en una tierra que quizá no verá convertido plenamente en fruto. Necesita paciencia y, sobre todo, confianza en que otros continuarán la tarea.

Eso hizo Hostos.

Llegó a la República Dominicana y comprendió que la construcción de una nación no dependía únicamente de constituciones, gobiernos, ejércitos o caudillos. Dependía de algo mucho más profundo y duradero: la educación del ciudadano.

Para Hostos, educar no significaba llenar la memoria de conocimientos. Significaba enseñar a pensar. Y enseñar a pensar era también enseñar a ser libre.

Ahí reside posiblemente la extraordinaria actualidad de Hostos.

Un libro que conservo desde 1977

Tengo ante mí un ejemplar de Hostos, el sembrador, edición de 1976 de Ediciones Huracán.

Pero para mí no es simplemente un libro.

En su primera página Juan Bosch escribió de su puño y letra una dedicatoria que, casi medio siglo después, conserva naturalmente un enorme valor personal:

“A Víctor Grimaldi, con amistad, pero también en estimación por su honestidad intelectual y humana.”

Y debajo:

Juan Bosch.
Santo Domingo, 20 de abril de 1977.

Yo tenía entonces 27 años.

Cuando vuelvo a mirar esas palabras no puedo evitar pensar en la curiosa trayectoria de las ideas a través de las generaciones.

Hostos había muerto en Santo Domingo en 1903.

Bosch nació seis años después, en 1909. No conoció personalmente al Maestro. 

Sin embargo, estudió su pensamiento, reconstruyó su vida y terminó convirtiéndolo en personaje central de uno de sus primeros libros importantes.

En 1939 escribió sobre Hostos.

En 1977 puso aquel libro en mis manos.

Y hoy, casi cincuenta años después de aquella dedicatoria y 123 años después de la muerte del Maestro, vuelvo sobre ambos.

La siembra continúa.

Hostos y la República Dominicana:

La relación de Eugenio María de Hostos con nuestro país pertenece a uno de los capítulos fundamentales de la historia intelectual dominicana.

Aquí encontró un terreno fértil para desarrollar su proyecto educativo. En 1880 fundó la Escuela Normal de Santo Domingo y promovió una transformación pedagógica basada en la razón, la ciencia, la observación y la formación moral.

Aquello era mucho más revolucionario de lo que hoy pudiera parecernos.

Hostos pretendía formar maestros para que esos maestros formaran ciudadanos.

Y detrás de esa concepción estaba una idea esencial: sin ciudadanos conscientes no puede existir verdaderamente una República.

Una nación puede tener elecciones y carecer de ciudadanía.

Puede tener leyes y carecer de cultura institucional.

Puede proclamar libertades mientras sus habitantes no hayan aprendido a ejercer responsablemente esas libertades.

Por eso la educación, para Hostos, era inseparable de la moral y de la democracia.

No quería simplemente personas instruidas.

Quería seres humanos capaces de razonar.

Hostos y las Antillas:

Pero Hostos tampoco puede entenderse encerrándolo dentro de las fronteras de Puerto Rico o de la República Dominicana.

Fue un hombre antillano.

Puerto Rico era su patria de nacimiento. La República Dominicana se convirtió en una de sus grandes patrias espirituales. Cuba ocupó igualmente un lugar central en su pensamiento político.

Hostos perteneció a aquella generación que soñó con unas Antillas capaces de reconocerse como parte de una misma comunidad histórica.

Por eso resulta tan poderosa una de las fotografías de los homenajes que se le tributaron en Santo Domingo durante la década de 1940.

Detrás de su monumento aparecen las banderas de Puerto Rico y de la República Dominicana.

No son simplemente dos banderas decorando una ceremonia.

Representan una idea.

La idea antillana.

En aquellas ceremonias aparecen figuras fundamentales de nuestra historia intelectual, entre ellas Federico Henríquez y Carvajal, amigo de José Martí y del propio Hostos, educador, periodista, orador y primer presidente de la Academia Dominicana de la Historia.

También aparece Sócrates Nolasco.

Las imágenes conservan así una especie de genealogía intelectual dominicana y antillana.

La República que se construye en la escuela:

Hay una razón por la cual Hostos sigue resultando incómodo y necesario 123 años después de su muerte.

Su pensamiento obliga a preguntarnos qué entendemos realmente por educación.

Cada cierto tiempo nuestras sociedades vuelven a discutir presupuestos, edificios escolares, salarios de maestros, tecnología, programas y estadísticas.

Todo eso es necesario.

Pero Hostos colocaría probablemente otra pregunta antes que todas las demás:

¿Qué clase de ser humano estamos formando?

Porque una escuela puede transmitir información sin enseñar a pensar.

Puede producir profesionales sin producir ciudadanos.

Puede otorgar títulos sin desarrollar conciencia moral.

Y una democracia habitada por ciudadanos incapaces de distinguir entre razón y propaganda, conocimiento y rumor, verdad y manipulación, termina siendo extraordinariamente vulnerable.

En la época de Hostos existían el caudillismo, la ignorancia y el autoritarismo.

En la nuestra existen además las redes sociales, la intoxicación informativa, la manipulación digital y ahora la inteligencia artificial.

Las herramientas han cambiado.

El problema esencial permanece.

Aprender a pensar.

Bosch comprendió al Maestro.

Por eso el título elegido por Juan Bosch sigue siendo tan acertado.

Hostos, el sembrador.

Bosch comprendió que las grandes transformaciones intelectuales rara vez producen resultados inmediatos.

Hostos sembró maestros.

Sembró escuelas.

Sembró métodos.

Sembró principios.

Pero, sobre todo, sembró una determinada concepción del ciudadano.

Y quizá ahí se encuentre también una afinidad profunda entre Hostos y Bosch, más allá de las enormes diferencias históricas entre ambos.

Los dos concedieron una importancia extraordinaria a la formación política y moral del pueblo.

Los dos creyeron en la palabra escrita como instrumento de educación.

Los dos entendieron que la República no termina cuando se cuentan los votos.

La República comienza mucho antes: en la conciencia del ciudadano.

Una dedicatoria y el paso del tiempo

Vuelvo entonces a aquel 20 de abril de 1977.

Juan Bosch escribió unas líneas en un libro suyo publicado originalmente treinta y ocho años antes.

Yo era entonces un periodista joven.

Han pasado cuarenta y nueve años.

Bosch murió en 2001.

Hostos había muerto casi un siglo antes.

Y, sin embargo, aquí están los tres tiempos reunidos sobre una misma página: Hostos, Bosch y quienes recibimos después aquella herencia intelectual.

Los libros tienen esa extraordinaria capacidad.

Vencen parcialmente al tiempo.

Los hombres desaparecemos; las conversaciones terminan; las ciudades cambian; los gobiernos pasan; las generaciones se suceden.

Pero alguien abre nuevamente un libro.

Y la conversación recomienza.

Hostos todavía espera.

Los restos de Eugenio María de Hostos descansan desde 1985 en el Panteón de la Patria, en Santo Domingo.

Existe, además, una circunstancia profundamente simbólica: Hostos había expresado el deseo de permanecer en tierra dominicana mientras Puerto Rico no alcanzara la libertad por la cual luchó.

De alguna manera, pues, Hostos todavía espera en Santo Domingo.

Pero no espera solamente por Puerto Rico.

También parece esperar por nosotros.

Espera que terminemos de comprender que ninguna democracia será mejor que sus ciudadanos.

Que ninguna República puede construirse sólidamente sobre la ignorancia.

Que la educación no consiste solamente en preparar personas para ganarse la vida, sino también en prepararlas para vivir responsablemente en libertad.

Han transcurrido 123 años desde aquella muerte en Santo Domingo.

Ochenta y siete desde que Juan Bosch publicó Hostos, el sembrador.

Y cuarenta y nueve desde aquella tarde de abril de 1977 en que Bosch escribió una dedicatoria en el ejemplar que todavía conservo.

Miro nuevamente el libro.

Miro las viejas fotografías de Hostos rodeado por dominicanos y extranjeros, bajo las banderas de Puerto Rico y la República Dominicana.

Y comprendo que Bosch tenía razón.

Algunos hombres construyen.

Otros gobiernan.

Otros conquistan.

Hostos sembró.

Y la característica más hermosa de una verdadera siembra es que nadie puede determinar dónde terminarán creciendo sus frutos.

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