Thomas Mann, Keynes, León XIII y Lepp: salvar al capitalismo de sí mismo  

En 1932, Thomas Mann advirtió sobre la necesidad de transformar el capitalismo para evitar su colapso, una visión compartida por Keynes. León XIII y Lepp también.

  • Thomas Mann advirtió el 22 de marzo de 1932 sobre mayor planificación y cooperación.
  • Keynes plasmó en 1936 su ruptura intelectual en Teoría general del empleo.
  • En 1922, Mann defendió públicamente la República de Weimar tras revisar posiciones previas.
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Retrato de Víctor Grimaldi Céspedes usado para ilustrar una columna sobre cómo la medicina puede alejarse del enfermo cuando prioriza la técnica sobre la humanidad, el consentimiento informado y la dignidad del paciente.

En la primavera de 1932 Europa caminaba hacia el abismo. La Gran Depresión había destruido empleos, fortunas y certezas. 

La democracia liberal parecía incapaz de responder adecuadamente a la crisis, mientras el fascismo avanzaba en Europa y el comunismo soviético presentaba otro modelo de organización económica y política.

En aquel ambiente, Thomas Mann pronunció el 22 de marzo de 1932 un discurso con motivo del centenario de la muerte de Johann Wolfgang von Goethe.

Mann, Premio Nobel de Literatura de 1929 y uno de los grandes representantes de la cultura burguesa europea, lanzó entonces una extraordinaria advertencia precisamente a la burguesía: el nuevo mundo sería inevitablemente un mundo de mayor planificación y cooperación. 

La cuestión fundamental consistía en determinar si la democracia sería capaz de conducir aquella transformación o si terminaría produciéndose mediante violentas convulsiones.

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Adam Tooze y Stefan Eich han recuperado aquel discurso en un sugestivo ensayo publicado este 9 de agosto en ChartbookThe Last of the Magicians: Thomas Mann, John Maynard Keynes and the Alchemy of Bourgeois Liberalism.

La comparación que proponen resulta fascinante.

Porque Thomas Mann estaba llegando desde la literatura, la filosofía y la cultura a una conclusión sorprendentemente cercana a aquella que John Maynard Keynes alcanzaba desde la economía: el capitalismo liberal tendría que transformarse si quería sobrevivir.

Pero esa conclusión no había surgido únicamente dentro de la economía liberal ni aparecería exclusivamente en la literatura europea.

Décadas antes, desde una perspectiva completamente diferente, el papa León XIII había colocado el problema social provocado por el capitalismo industrial en el centro de la reflexión católica.

Y posteriormente el sacerdote y pensador Ignace Lepp profundizaría, desde el personalismo cristiano, la psicología y su propia experiencia intelectual, en las relaciones entre libertad, justicia social, capitalismo, marxismo y dignidad humana.

Los caminos eran diferentes.

La preocupación fundamental comenzaba a parecerse:

ningún sistema económico puede sobrevivir indefinidamente si termina olvidando al ser humano para cuya existencia debería servir.

Keynes quería salvar el capitalismo

No existe evidencia de una relación intelectual importante entre Mann y Keynes. Mann sí conocía la obra de Keynes y en febrero de 1920 dejó constancia en su diario de la lectura de fragmentos de Las consecuencias económicas de la paz. No parece, en cambio, que Keynes fuera lector de Mann.

Pero ambos estaban enfrentándose al mismo problema histórico.

Keynes comprendió que pretender regresar simplemente al capitalismo del siglo XIX era una ilusión. Una economía podía permanecer durante largos períodos con desempleo masivo. La inversión podía paralizarse. Las expectativas podían desplomarse. El miedo podía sustituir al optimismo.

De aquella ruptura intelectual surgiría en 1936 Teoría general del empleo, el interés y el dinero.

Keynes no pretendía destruir el capitalismo.

Intentaba salvarlo de sus propias crisis.

Thomas Mann había experimentado mientras tanto una profunda transformación intelectual. Durante la Primera Guerra Mundial contrapuso la Kultur alemana —espíritu, música, arte y profundidad— a la civilización racionalista y democrática occidental.

Pero después de la catástrofe comenzó a revisar aquellas posiciones. En 1922 defendió públicamente la República de Weimar y diez años después sostuvo que la burguesía solamente conservaría su derecho histórico a dirigir la sociedad si demostraba que todavía tenía una misión que cumplir.

De lo contrario tendría que apartarse.

La advertencia sigue siendo formidable: ninguna clase dirigente posee eternamente el derecho a gobernar. Ese derecho depende también de su capacidad para responder a las necesidades históricas de la sociedad.

León XIII lo había advertido antes

Hay que retroceder entonces hasta 1891.

El capitalismo industrial estaba transformando Europa. Las ciudades crecían, las fábricas concentraban trabajadores y capital, y una nueva clase obrera soportaba frecuentemente jornadas extenuantes, salarios insuficientes y condiciones de vida miserables.

El socialismo ofrecía una explicación y una respuesta revolucionaria.

La Iglesia católica decidió intervenir en aquella discusión.

El 15 de mayo de 1891, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum, uno de los documentos fundamentales de la moderna doctrina social de la Iglesia.

León XIII rechazó la abolición socialista de la propiedad privada.

Pero aquello no significaba otorgar libertad absoluta al propietario del capital.

Todo lo contrario.

Defendió el derecho del trabajador a una remuneración justa, reconoció la legitimidad de las asociaciones obreras, afirmó obligaciones morales de los propietarios y sostuvo que el Estado no podía permanecer indiferente cuando la dignidad humana era lesionada.

La propiedad era legítima.

La explotación no.

El mercado era legítimo.

Pero no podía convertirse en una instancia moral absoluta.

Y el trabajador no podía reducirse simplemente a mercancía sometida a la oferta y la demanda.

Esta distinción resulta fundamental porque demuestra que la crítica a los abusos del capitalismo nunca fue monopolio del marxismo.

Podía defenderse la propiedad privada y simultáneamente exigir justicia social.

Podía rechazarse la lucha de clases como principio ordenador de la sociedad y reconocer, al mismo tiempo, la existencia de graves conflictos entre capital y trabajo.

León XIII abrió precisamente ese camino.

Ignace Lepp: entre Marx y el cristianismo

Décadas después aparecería una figura intelectual extraordinariamente interesante para esta discusión.

Ignace Lepp conoció el marxismo desde dentro antes de convertirse al cristianismo y posteriormente ordenarse sacerdote católico.

Su trayectoria personal e intelectual le permitió aproximarse al problema desde un lugar poco común.

Lepp comprendía la fuerza de la crítica marxista contra determinadas injusticias del capitalismo, pero rechazaba que el ser humano pudiera explicarse exclusivamente por sus relaciones económicas y de clase.

Para él, la persona era mucho más.

Era libertad, responsabilidad, conciencia, relación con los demás y apertura a la trascendencia.

Esa concepción permite introducir una dimensión que ni el mercado ni la planificación económica pueden resolver por sí solos.

Una sociedad materialmente próspera puede seguir siendo humanamente pobre.

Y una revolución realizada supuestamente en nombre del trabajador puede terminar destruyendo precisamente su libertad.

Lepp había conocido la seducción de la promesa revolucionaria. Su posterior evolución cristiana lo condujo hacia otra conclusión: la justicia social era indispensable, pero no podía alcanzarse sacrificando a la persona concreta en nombre de una abstracción histórica.

Ahí aparece un punto de encuentro extraordinario entre tradiciones intelectuales que normalmente estudiamos separadamente.

León XIII parte de la doctrina cristiana.

Keynes parte de la economía.

Thomas Mann parte de la literatura y de la crisis de la cultura europea.

Lepp parte de una experiencia que atravesó marxismo, filosofía, psicología y cristianismo.

Ninguno ofrece exactamente la misma respuesta.

Pero todos terminan obligándonos a formular la misma pregunta:

¿para qué existe finalmente la economía?

La civilización es una capa muy delgada

Keynes había llegado además a una conclusión inquietante.

En 1938, recordando el optimismo racionalista de su juventud, reconoció que él y sus amigos habían subestimado las fuerzas irracionales existentes en los seres humanos.

La civilización era, para Keynes, una capa delgada y precaria.

Aquí aparece un Keynes mucho más interesante que la caricatura del economista partidario simplemente del gasto público.

Había comprendido que el desempleo masivo no era solamente una estadística económica.

La desesperación podía destruir democracias.

La inseguridad podía alimentar extremismos.

Una sociedad que perdiera la confianza en sus instituciones podía terminar buscando soluciones autoritarias.

Europa estaba demostrando exactamente eso.

Mussolini gobernaba Italia. Stalin consolidaba el sistema soviético. Hitler avanzaba hacia el poder en Alemania.

Frente a aquellas alternativas, Keynes buscaba demostrar que la democracia liberal también podía organizar racionalmente la economía moderna.

No había que entregarles el futuro a los totalitarismos.

De Goethe a Newton

Tooze y Eich introducen entonces una asociación intelectual particularmente sugerente.

Thomas Mann regresó a Goethe buscando una tradición burguesa capaz de trascender las limitaciones de la propia burguesía.

Y encontró un Goethe sorprendentemente moderno.

El anciano poeta estaba fascinado por grandes proyectos de ingeniería y comunicaciones. Pensaba en la posibilidad de unir el Atlántico y el Pacífico, en conectar el Danubio y el Rin y en la construcción del canal de Suez. Imaginaba nuevas ciudades y nuevas rutas comerciales.

El autor de Fausto no estaba encerrado exclusivamente en la poesía. Miraba hacia la ciencia, la ingeniería y la transformación material del mundo.

Tooze y Eich encuentran allí una sorprendente semejanza con Economic Possibilities for our Grandchildren, el ensayo publicado por Keynes en 1930 imaginando una humanidad que, gracias al progreso económico y tecnológico, pudiera superar buena parte de su ancestral lucha por la subsistencia.

Pero Keynes tenía también su propio personaje extraordinario:

Isaac Newton.

En 1936 compró en una subasta de Sotheby’s numerosos manuscritos inéditos del científico. Descubrió entonces algo que la imagen racionalista construida durante generaciones había ocultado: Newton había dedicado enorme atención a la alquimia, la teología y antiguas tradiciones intelectuales.

Keynes comprendió que aquel hombre era mucho más complejo que la representación convencional del padre de la ciencia moderna.

Y escribió posteriormente una frase memorable:

Newton no había sido simplemente el primero de la Edad de la Razón.

Había sido “el último de los magos”.

El hombre no es solamente

homo economicus

Aquí convergen finalmente Keynes, Mann, León XIII y Lepp.

No porque pensaran igual.

No lo hicieron.

Sino porque cada uno, desde su propio mundo intelectual, terminó rechazando una visión demasiado estrecha del ser humano.

Para León XIII, el trabajador poseía una dignidad que precedía al contrato económico.

Para Keynes, empresarios y consumidores no eran máquinas perfectamente racionales: actuaban también mediante expectativas, confianza, entusiasmo, incertidumbre y aquellos célebres animal spirits.

Para Mann, ninguna civilización podía sobrevivir si perdía simultáneamente su capacidad cultural y su capacidad de transformarse.

Para Lepp, finalmente, el hombre no podía reducirse ni a productor, ni a consumidor, ni a miembro de una clase social.

Era una persona.

Una advertencia para 2026

Todo esto adquiere una sorprendente actualidad.

La inteligencia artificial comienza a modificar el trabajo. La concentración de riqueza vuelve a generar tensiones. La globalización atraviesa una etapa de fragmentación. Las grandes potencias compiten por tecnologías, mercados, energía y territorios. Y numerosas sociedades manifiestan creciente desconfianza hacia sus instituciones.

La pregunta de Thomas Mann en 1932 conserva entonces vigencia:

¿pueden las democracias demostrar que todavía poseen capacidad para conducir la transformación histórica?

Keynes habría comprendido perfectamente el problema.

Pero León XIII agregaría otra pregunta:

¿esa transformación respeta la dignidad del trabajador y procura el bien común?

Y Lepp probablemente añadiría una tercera:

¿qué clase de ser humano estamos construyendo mediante ese progreso?

Son preguntas distintas que conducen hacia un mismo punto.

La economía es indispensable.

El mercado es una extraordinaria herramienta de creación de riqueza.

La propiedad privada constituye una institución fundamental de las sociedades libres.

Pero ninguna de ellas puede convertirse en un fin absoluto.

El capitalismo sobrevivió a las grandes crisis del siglo XX precisamente porque fue capaz de transformarse, aceptar regulaciones, incorporar derechos sociales y laborales y construir instituciones capaces de moderar algunos de sus desequilibrios.

Keynes comprendió la necesidad económica de aquella transformación.

León XIII había proclamado anteriormente su necesidad moral.

Thomas Mann comprendió su dimensión cultural y política.

Ignace Lepp profundizó en su dimensión humana y espiritual.

Cuatro caminos diferentes terminan así frente a una misma advertencia:

cuando un sistema económico olvida que debe estar al servicio de la persona, comienza también a crear las condiciones de su propia crisis.

Y cuando una civilización entra en crisis no basta con defender nostálgicamente el mundo que está desapareciendo.

Hay que ser capaz de imaginar y construir el siguiente.

Pero sin olvidar, como enseñaron León XIII y Lepp, que en el centro de ese mundo nuevo debe permanecer siempre la persona humana.

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