Después de dos horas y media en un quirófano equipado con una tecnología tan moderna que, antes de dormirme, tuve por unos instantes la impresión de haber entrado en una sofisticada discoteca del siglo XXI, salí con cuatro stents colocados en las arterias de mi corazón.
Luces por todas partes.
Pantallas enormes.
Monitores encendidos.
Equipos que yo no sabía para qué servían.
Cables, imágenes y aparatos alrededor de una mesa en la que el único que no parecía conocer el programa de la noche era yo.
Aquello tenía algo de ciencia ficción y, por qué no decirlo, de discoteca ultramoderna.
Naturalmente, allí no se bailaba.
Allí estaban trabajando para salvarme la vida.
Me durmieron y, mientras yo permanecía completamente ajeno a lo que ocurría, un equipo médico realizó un cateterismo cardíaco, estudió mis arterias coronarias, encontró las obstrucciones que requerían tratamiento y procedió a realizar una angioplastia coronaria con la colocación de cuatro stents.
Cuatro.
No uno ni dos.
Cuatro pequeños dispositivos destinados a mantener abiertas arterias que necesitaban recuperar un flujo sanguíneo adecuado.
Cuando desperté, aquella discoteca tecnológica había hecho su trabajo.
Y yo había comprobado, esta vez no leyendo una revista científica ni viendo un documental, sino acostado sobre una mesa de operaciones, hasta dónde ha llegado la medicina contemporánea.
Entrar al corazón sin abrir el pecho
Piénsese por un momento en lo que significa un procedimiento de esa naturaleza.
La medicina puede introducir un catéter en una arteria, hacerlo avanzar por el sistema vascular hasta llegar al corazón, visualizar las arterias coronarias mediante equipos de imagen, localizar estrechamientos u obstrucciones y, cuando está indicado, dilatarlas y colocar pequeños dispositivos metálicos que quedan allí para ayudar a mantenerlas abiertas.
Todo eso sin abrir el tórax.
Para alguien de mi generación, nacido cuando muchas de las tecnologías que hoy consideramos normales pertenecían todavía al terreno de la imaginación, encontrarse dentro de un quirófano semejante produce inevitablemente asombro.
Yo entré con un problema cardiovascular.
Salí con cuatro stents coronarios.
Hasta ahí, la medicina del siglo XXI en todo su esplendor.
Pero entonces comenzó otra historia.
Y esa segunda historia ocurrió bastante más abajo del corazón.
Del corazón al aparato urinario.
Después de una intervención cardiovascular pueden aparecer situaciones que obliguen a vigilar muchas otras funciones del organismo.
Entre ellas está la urinaria.
Durante una hospitalización pueden intervenir numerosos factores: anestesia o sedación, medicamentos, inmovilidad, líquidos administrados por vía intravenosa, estrés fisiológico y, en determinados hombres, una próstata aumentada de tamaño que hasta ese momento quizá no había ocasionado un problema suficientemente importante como para llamar la atención.
Y entonces puede ocurrir algo tan sencillo de describir como desesperante de padecer: la vejiga se llena y el paciente no puede orinar adecuadamente.
Eso se denomina retención urinaria.
Y ahí fue donde una historia que había comenzado en las arterias coronarias tomó inesperadamente el camino de la urología.
La próstata apareció en mi vida hospitalaria no como la causa que me llevó al hospital, sino como parte de un problema surgido después del cateterismo y la angioplastia coronaria.
Esta distinción es fundamental.
Yo no había ingresado para operarme de la próstata.
Había ingresado por el corazón.
La medicina capaz de navegar hasta el corazón.
Aquí comienza mi perplejidad.
Acababa de comprobar personalmente hasta dónde ha llegado la tecnología médica.
Un especialista puede introducir un catéter en una arteria, hacerlo avanzar por el sistema circulatorio, llegar al corazón, visualizar las coronarias, encontrar una obstrucción, atravesarla, dilatarla y colocar un stent de apenas unos milímetros.
Y puede repetir la operación.
En mi caso, hasta dejar colocados cuatro.
Entonces uno se pregunta inevitablemente:
Si hemos llegado a semejante grado de sofisticación para reparar las arterias del corazón, ¿no habrá una manera más civilizada de resolver determinados problemas del aparato urinario que tener a uno agarrado por el pichirrí?
Perdonen la expresión.
Podría escribir pene, miembro viril, órgano genital masculino o utilizar cualquier denominación anatómicamente impecable.
Pero ninguna describe con tanta precisión el sentimiento del paciente dominicano cuando descubre que, después de haber sido objeto de una sofisticadísima intervención cardiovascular, media humanidad médica parece súbitamente interesada en una parte de su anatomía que hasta entonces administraba él solo.
Porque una cosa es estudiar la próstata y otra muy distinta es sentir que el pichirrí ha sido declarado territorio de utilidad pública.
La próstata está en otro sitio.
Conviene introducir aquí una aclaración científica que además puede tranquilizar a muchos hombres: la próstata no está en el pene.
Es una glándula situada debajo de la vejiga y rodea la primera porción de la uretra. Con el paso de los años puede aumentar de tamaño y dificultar la salida de la orina.
De ahí vienen muchos de los problemas urinarios frecuentes en los hombres mayores: disminución de la fuerza del chorro, dificultad para comenzar a orinar, necesidad de levantarse varias veces durante la noche, sensación de no haber vaciado completamente la vejiga y, en casos extremos, retención urinaria.
Pero que exista una posible dificultad prostática no significa que todo deba comenzar necesariamente introduciendo instrumentos por la uretra.
La medicina contemporánea dispone de numerosos procedimientos para estudiar el aparato urinario.
Existen análisis de orina, pruebas de función renal, determinación del PSA cuando está indicada, ecografías, medición del residuo que permanece en la vejiga después de orinar y uroflujometría, que permite estudiar la cantidad y velocidad de la orina.
También están disponibles, para determinadas situaciones, la tomografía y la resonancia magnética.
Es decir: antes de meter nada por ninguna parte, hay bastante que se puede averiguar desde afuera.
Cuando la sonda sí es necesaria.
Sería injusto, sin embargo, presentar la sonda urinaria como una reliquia de la Inquisición.
La sonda cumple una función médica importante y en determinadas circunstancias puede resultar indispensable.
Cuando una persona no puede orinar y la vejiga continúa llenándose, es necesario evacuarla.
Una retención urinaria importante puede producir dolor intenso y, si persiste, ocasionar complicaciones en la vejiga y los riñones.
También pueden presentarse situaciones en las que aparece sangre en la orina y se forman coágulos capaces de dificultar u obstruir el drenaje.
En esos casos los urólogos pueden recurrir a una sonda vesical de tres vías, que permite simultáneamente drenar la vejiga e introducir líquido para mantener una irrigación continua.
Eso tiene una explicación médica perfectamente razonable.
No estoy discutiendo la existencia de la urología ni pretendiendo sustituir el conocimiento de sus especialistas.
Estoy hablando de algo mucho más elemental: la experiencia del paciente.
Porque el hecho de que un procedimiento pueda estar indicado no significa que el enfermo deba ignorar qué le están haciendo.
El paciente tiene derecho a que le expliquen qué van a hacer, por qué van a hacerlo, cuáles son las alternativas razonables, qué molestias puede producir, qué complicaciones pueden presentarse y durante cuánto tiempo será necesario mantener el procedimiento.
Entre una intervención médicamente necesaria y la sensación de que alguien se ha apropiado administrativamente del pichirrí existe una diferencia fundamental: información, cuidado, consentimiento y respeto.
La medicina también consiste en explicar.
Los médicos conocen procedimientos que para ellos son cotidianos.
El paciente no.
Para un profesional de la urología, colocar una sonda puede formar parte de una jornada normal de trabajo.
Para el hombre acostado en la cama, en cambio, puede convertirse en uno de los momentos más incómodos, dolorosos y angustiosos de su hospitalización.
No basta, por tanto, con que un procedimiento sea técnicamente correcto.
Importa cómo se realiza.
Importa quién lo realiza.
Importa que exista una indicación médica.
Importa reducir el dolor y el trauma hasta donde sea posible.
Importa preservar la intimidad.
Importa vigilar lo que ocurre después.
E importa muchísimo explicar.
La dignidad del paciente no desaparece cuando se pone una bata de hospital.
Del milagro cardiovascular a la sencillez de orinar.
Hay algo paradójico en toda esta experiencia.
La medicina fue capaz de entrar en mis arterias, llegar hasta mi corazón y colocar cuatro stents.
Después de semejante demostración tecnológica, algo tan elemental como orinar terminó convirtiéndose en otro problema médico.
Es una extraordinaria lección sobre el cuerpo humano.
Somos una unidad.
No existen realmente el corazón por un lado, los riñones por otro, la vejiga más abajo y la próstata en un departamento independiente.
Una intervención importante puede producir consecuencias en otras funciones.
Los medicamentos necesarios para proteger el corazón y los stents pueden influir, por ejemplo, sobre el riesgo de sangrado; la inmovilidad y determinados fármacos pueden afectar la micción; y una dificultad prostática hasta entonces tolerable puede hacerse evidente en medio de una hospitalización.
Por eso hablo de efectos colaterales y complicaciones surgidas alrededor de la intervención, no de una enfermedad prostática que hubiera sido el motivo original de mi ingreso.
Mi historia comenzó en el corazón.
La próstata llegó después.
El progreso también debe sentirse.
La medicina del siglo XXI puede introducir pequeños dispositivos dentro de las arterias coronarias, reemplazar válvulas cardíacas mediante catéteres, operar con robots y observar órganos mediante tecnologías que nuestros abuelos habrían considerado ciencia ficción.
Resultaría extraño que semejante civilización tecnológica no buscara también procedimientos cada vez menos invasivos para diagnosticar y tratar los trastornos urinarios.
Y, de hecho, los busca y los tiene.
La urología moderna cuenta con medicamentos, ecografía, estudios funcionales, técnicas endoscópicas, láseres y diferentes procedimientos mínimamente invasivos y quirúrgicos para determinados trastornos prostáticos.
La elección depende del diagnóstico, la gravedad de los síntomas, el tamaño de la próstata, la existencia de obstrucción, el estado de la vejiga y las condiciones generales de cada paciente.
Y en una persona que acaba de recibir stents coronarios existe además otro elemento particularmente importante: cualquier intervención posterior debe coordinarse cuidadosamente con cardiología, especialmente por los medicamentos utilizados para prevenir la formación de coágulos dentro de los stents.
No se trata simplemente de arreglar una próstata.
Hay que proteger también el corazón que acaba de ser tratado.
La pregunta que el paciente tiene derecho a hacer.
Por eso la pregunta correcta no es si las sondas deberían desaparecer.
No deberían.
Son instrumentos indispensables cuando están correctamente indicados.
La pregunta es otra:
¿Es verdaderamente necesaria en este paciente, en este momento y durante este tiempo?
Y si la respuesta es afirmativa, todavía quedan otras preguntas.
¿Se está utilizando el instrumento adecuado?
¿Se está realizando el procedimiento de la manera menos traumática posible?
¿Se está vigilando adecuadamente?
¿Se está atendiendo el dolor?
¿Se han explicado las alternativas?
¿Se le ha informado al paciente de lo que ocurre?
Son preguntas perfectamente legítimas.
Preguntar no significa desconfiar de la medicina.
Significa participar conscientemente en ella.
Una reivindicación del pichirrí.
Quizás ha llegado la hora de formular una modesta declaración universal de los derechos urológicos del hombre.
