Lo que voy a contar parece mentira. Pero no lo es. Hay testigos.
Durante estos días he pensado mucho y también he soñado mucho.
Cuando uno pasa inesperadamente de su vida cotidiana a una habitación de hospital, el tiempo adquiere otra dimensión.
Las horas se alargan, las noches permiten que la memoria trabaje por su cuenta y comienzan a presentarse personas, lugares y acontecimientos que uno creía cuidadosamente guardados en algún rincón de la conciencia.
He pensado y soñado mucho con esos ángeles que están en el cielo.
Mi madre. Mi padre. Mis tíos. Mis abuelos. Tantas personas queridas que estuvieron conmigo durante distintas etapas de la vida y que ahora pertenecen a ese misterio que los cristianos llamamos eternidad.
Y precisamente hablando de estas cosas me vino a la cabeza Dante Alighieri.
Pero cuidado con Dante.
Existe una costumbre bastante injusta de utilizar la palabra «dantesco» como sinónimo de horror, catástrofe, espanto o destrucción.
Basta que ocurra un incendio, una guerra o una tragedia para que alguien escriba inmediatamente que aquello fue «una escena dantesca».
Es una reducción terrible de Dante.
Dante Alighieri fue un divino amante de la vida.
La Divina Comedia no es un libro sobre el terror. Es un gigantesco viaje por la condición humana. Hay pecado y castigo, ciertamente; hay dolor y desesperación. Pero también hay arrepentimiento, esperanza, amistad, inteligencia, belleza, Beatriz, Dios y, finalmente, Amor.
Dante no termina contemplando los tormentos del Infierno.
Termina contemplando el Amor que mueve el sol y las demás estrellas.
Por eso, cuando digo que lo que me ha ocurrido durante estos días parece una fantasía dantesca, no estoy hablando simplemente de una pesadilla hospitalaria.
Hablo de esa extraña mezcla de sufrimiento, memoria, amistad, humor, esperanza y coincidencias casi imposibles que a veces convierte la vida verdadera en algo más sorprendente que la literatura.
Todo comenzó, naturalmente, por el corazón.
Después de dos horas y media en un quirófano tan moderno que, antes de dormirme, tuve la impresión de haber entrado en una discoteca del siglo XXI, salí con cuatro stents instalados en mis arterias coronarias.
La medicina moderna había hecho una de sus maravillas.
Pero entonces comenzó otro viaje.
Aparecieron la retención urinaria, las sondas, la irrigación, el dolor y una situación que me llevó a descubrir que uno puede salir de una intervención extraordinariamente sofisticada en el corazón y terminar librando una batalla mucho más elemental varios pisos más abajo en la anatomía humana.
Y mientras ocurría todo esto, yo seguía pensando.
Pensaba en la vida. En la muerte. En mis padres. En mis abuelos. En mis tíos. En los amigos que se fueron y en los amigos que todavía están.
Cuando uno ha vivido muchos años, termina llevando dentro una multitud.
Son los rostros, las voces y los gestos de quienes nos acompañaron durante el camino.
Algunos desaparecieron hace décadas y, sin embargo, una noche cualquiera regresan con una nitidez sorprendente.
Una de mis hijas, culta, culta, que hizo el bachillerato en Roma, estaba a mi lado mientras hablábamos precisamente de estas cosas: de Dante, de la vida, de los muertos queridos, del amor y de aquella ciudad que para mí será siempre algo más que la Ciudad Eterna.
Roma, la eterna ciudad del amor.
Y entonces la realidad comenzó a comportarse como literatura.
De repente supe que mi amigo Julio Hazim había sido internado en una clínica cercana a CEDIMAT para recibir un tratamiento.
¡Julito también!
Felizmente cumplió hoy su tratamiento.
Pero faltaba todavía otro personaje para completar este canto de mi particular Comedia hospitalaria.
No se asombren.
Yo mismo todavía me asombro.
De repente apareció hoy en la puerta de mi habitación un hombre que forma parte de muchos años de mi vida y también de una parte fundamental de la historia empresarial y periodística dominicana.
Pepín Corripio.
Sí, José Luis Corripio Estrada.
Pepín.
No estaba soñando.
No era una de aquellas apariciones que mi memoria había estado produciendo durante las noches.
Era Pepín Corripio, de carne y hueso.
Y tampoco había venido simplemente desde su casa para visitarme.
Pepín estaba internado también en CEDIMAT.
Aquello comenzaba a parecer una reunión convocada por algún organizador invisible.
Julio Hasím en una clínica cercana.
Pepín Corripio en CEDIMAT.
Yo en CEDIMAT con mis cuatro stents y las consecuencias inesperadas de todo lo que había venido después.
Pepín se acercó hasta la puerta. Desde allí me hizo su visita, a cierta distancia.
Nos vimos.
Nos reconocimos.
Y entonces ocurrió el diálogo.
Hay conversaciones que necesitan páginas enteras para ser explicadas. Y existen otras que resumen una circunstancia, una amistad y hasta una filosofía de la vida en dos frases.
Pepín me miró y dijo:
—¡Víctor, Víctor, estamos presos!
Y yo le respondí:
—¡Pepín, pero yo estoy amarrado por el pichirrí!
No había que explicar absolutamente nada más.
Pepín había definido nuestra condición general.
Estábamos presos.
Presos temporalmente de médicos, enfermeras, análisis, medicamentos, habitaciones, horarios, aparatos y de esa disciplina inevitable que acompaña incluso a la medicina más avanzada.
Pero había una diferencia.
Pepín estaba preso. Yo estaba preso y, además, amarrado por el pichirrí.
Y allí apareció nuevamente Dante.
Porque la vida nunca es solamente tragedia.
Incluso en los momentos difíciles aparece la sonrisa.
Incluso dentro de un hospital dos viejos amigos pueden encontrarse inesperadamente y convertir durante unos segundos la enfermedad en comedia.
No una comedia frívola.
La Comedia con mayúscula.
La que comprende que la condición humana contiene simultáneamente dolor y alegría, miedo y esperanza, enfermedad y amistad, lágrimas y carcajadas.
Quizás esa sea una de las grandes lecciones que uno aprende cuando la vida comienza a obligarlo a mirar hacia atrás con mayor frecuencia.
Llegamos desnudos. Acumulamos afectos, trabajos, libros, responsabilidades, errores, victorias, derrotas y recuerdos.
Conocemos miles de personas. Amamos profundamente a unas cuantas. Algunas se marchan antes que nosotros. Otras continúan caminando a nuestro lado.
Y un día cualquiera terminamos encontrándonos nuevamente.
Incluso en el pasillo de un hospital.
He pasado estos días pensando en quienes están en el cielo y encontrándome inesperadamente con quienes todavía están aquí.
Quizás por eso esta experiencia no me parece simplemente hospitalaria.
Me parece humana.
Me parece literaria.
Me parece cristiana.
Y, sobre todo, me parece profundamente dantesca.
No porque Dante sea el poeta del horror. Todo lo contrario. Dante comprendió como pocos que para hablar plenamente de la vida había que hablar también de la muerte; que para comprender la luz había que conocer la oscuridad; y que para alcanzar el Paraíso había que atravesar primero otros territorios de la existencia.
Al final de aquel inmenso recorrido no encontró el terror.
Encontró el Amor.
Yo, naturalmente, no pretendo haber realizado semejante viaje.
Simplemente entré a CEDIMAT con un problema en el corazón, pasé dos horas y media en un quirófano que parecía una moderna discoteca, salí con cuatro stents, terminé en una inesperada aventura urológica, supe que Julio Hasím estaba ingresado muy cerca y, cuando creía que estos días ya no podían ofrecerme otra sorpresa, apareció Pepín Corripio en la puerta.
—¡Víctor, Víctor, estamos presos!
—¡Pepín, pero yo estoy amarrado por el pichirrí!
Y aquí seguimos.
Vivos.
Riéndonos.
Pensando en quienes amamos.
Recordando a quienes nos precedieron.
Y dando gracias a Dios porque, después de tantos caminos recorridos, todavía podemos encontrarnos, reconocernos, llamarnos por nuestros nombres y hasta reírnos de nosotros mismos en medio de esta maravillosa, dolorosa, absurda y extraordinaria aventura que llamamos vida.
