Por fin salimos.
Después de dos semanas de hospitalización ha llegado el momento que esperaba: me han dado de alta.
Regreso a casa después de una experiencia que comenzó con el corazón y terminó convirtiéndose también en una larga batalla por algo tan elemental como recuperar plenamente las funciones naturales del cuerpo.
Salí con el corazón reparado.
Cuatro stents quedan como testimonio de que el organismo había enviado una advertencia seria. El cuerpo también está cansado después de tantos días de procedimientos, medicamentos, análisis, agujas, monitores, médicos, enfermeras y noches en las que el sueño no siempre llegaba.
Y hay otra noticia, menos solemne pero para mí importantísima, que merece quedar consignada desde el comienzo de esta crónica: por fin ha sido liberado el pichirri.
Después de tantos días de sondas, irrigaciones, molestias y dolores, recuperar una función tan elemental del organismo termina convirtiéndose en una verdadera celebración de la libertad.
Pero debo hacer una precisión.
Aunque mi cuerpo estuvo sometido a todas las limitaciones propias de una hospitalización, yo siempre me sentí libre dentro de las paredes del hospital.
Nunca sentí que mi espíritu estuviera preso.
Todo lo contrario.
Mi espíritu vagaba.
Iba y venía por lugares y tiempos que ningún médico podía controlar. Regresaba a mi juventud, a los libros, a las personas que conocí, a mis primeros trabajos, a las redacciones de los periódicos, a los barrios de Santo Domingo, a mis años de servicio público, a Roma y al Vaticano. Episodios que parecían guardados definitivamente en algún rincón de la memoria reaparecían desde una cama de hospital con una nitidez sorprendente.
Y muchas veces pensé en Ana Frank.
No porque mi experiencia pueda compararse remotamente con el horror que vivió aquella muchacha judía escondida con su familia durante la ocupación nazi de los Países Bajos. Sería absurdo y desproporcionado establecer semejante comparación.
Pensaba en ella por otra razón: porque Ana Frank representa para mí, desde muy joven, esa extraordinaria capacidad del espíritu humano de atravesar las paredes aun cuando el cuerpo no pueda hacerlo.
Yo conocí la historia de Ana Frank en 1966. Tenía dieciséis años.
Fue también entonces cuando mi vida comenzó a tomar algunos de los caminos que, sesenta años después, podía recorrer nuevamente desde aquella habitación del hospital.
En el Instituto de Promoción Social, IPS, comenzó para mí una experiencia de formación y servicio que sería determinante. Allí me formé como promotor social y tuve entre mis profesores a Rafael Herrera, una de las grandes figuras del periodismo dominicano y entonces director del Listín Diario. De Henry Molina, dirigente sindical, aprendí a conocer las nacientes luchas sociales.
Aquella formación no consistía simplemente en estudiar la sociedad desde un aula. Había que salir a verla, caminarla, conversar con su gente y conocer directamente las condiciones en que vivían los dominicanos.
En 1967 comenzaron a publicarse en el Listín Diario mis reportajes sabatinos sobre los barrios marginados de Santo Domingo.
Aquello fue mucho más que mi entrada en el periodismo.
Fue una escuela para conocer la realidad dominicana.
Antes de escribir sobre el poder aprendí a mirar a quienes estaban lejos del poder.
Antes de conocer ministerios, organismos internacionales, embajadas, palacios y los salones del Vaticano, conocí los barrios.
Y esa experiencia inicial dejó una marca que nunca desapareció.
También en aquellos años estaban los retiros espirituales, que formaban parte de nuestra formación y que tanta falta hacen hoy.
Allí apareció una figura que permanece en mi memoria: el hermano Miguel Efraín Domínguez, religioso lasallista.
Miguel era cubano. A los veinticinco años había ingresado en La Habana en los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los lasallistas. El hermano Pablo Pizarro había sido su consejero.
Durante sus viajes de formación por Bélgica y Francia, Miguel conoció la historia de Ana Frank. Y después nos habló de ella.
Han pasado sesenta años y todavía puedo recordarlo.
El hermano Miguel nos hablaba de aquella muchacha, de su diario y de la extraordinaria fuerza interior que permitió que una adolescente encerrada entre paredes pudiera continuar mirando el mundo, pensando, sintiendo, soñando y escribiendo.
Aquellos retiros no eran solamente encuentros religiosos. Eran espacios para detenerse, guardar silencio, escuchar, leer, rezar y, sobre todo, pensar.
Nos enseñaban algo que hoy parece cada vez más difícil: entrar dentro de nosotros mismos.
En una sociedad contemporánea saturada de teléfonos, mensajes, imágenes, redes sociales, urgencias y ruido, quizás hemos perdido parte de aquella disciplina interior. Queremos estar permanentemente comunicados y, paradójicamente, encontramos cada vez menos oportunidades para conversar con nosotros mismos.
El hospital me devolvió inesperadamente algo de aquellos retiros de 1966.
Mientras mi cuerpo permanecía dentro de aquellas paredes, mi memoria viajaba libremente.
Regresaba al muchacho que fui, al IPS, a Rafael Herrera y a Henry Molina; a los barrios de Santo Domingo y a los primeros reportajes; a los retiros espirituales, al hermano Miguel y a Ana Frank.
Y desde allí podía recorrer casi sesenta años de existencia.
Sesenta años podían caber dentro de una habitación de hospital.
Porque aquellas paredes que durante dos semanas limitaron los movimientos de mi cuerpo nunca pudieron limitar los de mi memoria. Desde la cama podía volver a las redacciones de los periódicos, a las investigaciones y los libros; a mis años de trabajo en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo; a la Contraloría General de la República; a las responsabilidades del servicio público; y, muchos años después, a Roma, al Vaticano y a la representación diplomática de la República Dominicana.
Parecen mundos diferentes: el IPS y el Vaticano, los barrios marginados de Santo Domingo y los salones diplomáticos de Roma, el joven promotor social y el embajador. Pero desde aquella cama comprendía con mayor claridad que existe un hilo que atraviesa todas esas etapas: el servicio.
Servir desde el trabajo social, servir informando, servir investigando nuestra historia, servir desde las instituciones del Estado y servir representando al país.
Y aprender siempre.
Porque después de casi sesenta años de trabajo uno descubre que las experiencias aparentemente más distantes terminan comunicándose entre sí. El joven que recorría los barrios en los años sesenta seguía estando allí, dentro del hombre que décadas después atravesaría los salones del Vaticano. Y ambos estaban ahora reunidos en una habitación de hospital, contemplando el camino recorrido.
Por eso Ana Frank regresaba una y otra vez a mi pensamiento.
Ella estaba verdaderamente encerrada. No podía salir. El mundo exterior se había convertido para ella y su familia en una amenaza mortal. Y, sin embargo, escribía.
Escribir era también una manera de salir.
Su cuerpo permanecía confinado, pero su pensamiento atravesaba las paredes. Tanto las atravesó que aquellas palabras escritas en secreto terminaron recorriendo el mundo después de su muerte y continúan hablando a generaciones que nacieron mucho después de que desaparecieran quienes quisieron destruirla.
Yo podía mirar las paredes de mi habitación y saber que detrás de ellas continuaba el mundo.
Podía leer, escribir, recordar, rezar y conversar.
Podía viajar con la memoria.
El cuerpo estaba hospitalizado. El espíritu no.
Y esa diferencia fue fundamental.
La libertad no consiste solamente en abrir una puerta y caminar hacia la calle. Existe también una libertad interior, aquella que nos permite pensar, recordar, creer, amar, rezar y mantener un diálogo con nosotros mismos aun cuando las circunstancias exteriores reduzcan nuestro espacio físico.
Ahora que finalmente dejamos aquellas paredes, comprendo que mi espíritu había salido de ellas muchas veces antes que mi cuerpo.
Había regresado a 1966.
Había recorrido nuevamente casi sesenta años de vida, trabajo, periodismo y servicio.
Había vuelto a escuchar al hermano Miguel Efraín Domínguez hablándonos de Ana Frank.
Y quizás esa sea una de las enseñanzas que me llevo de estas dos semanas: el ser humano puede estar limitado físicamente sin renunciar a su libertad interior.
Ahora sí podemos salir.
El corazón está reparado.
El pichirri, finalmente, está libre.
El cuerpo está cansado.
Pero el espíritu nunca estuvo preso.
Dejamos atrás las paredes dentro de las cuales, gracias a Dios, siempre fui libre.