Hay gente que muere a los noventa y siete años y uno piensa que murió demasiado pronto.

No porque la aritmética se haya vuelto loca ni porque la muerte haya perdido el calendario, sino porque existen seres humanos que envejecen de una manera distinta. 

Van acumulando años como quien va poniendo puntos sobre una tela inmensa hasta que, cuando uno se aleja para contemplarla, descubre que aquellos pequeños puntos formaban una vida.

Eso ocurrió con Yayoi Kusama.

Murió en Tokio a los 97 años.

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O mejor dicho, como diríamos nosotros en el Caribe:

Se tiró 97 de los buenos.

Y en el caso de Kusama la frase tiene una precisión casi artística, porque aquella japonesa menuda convirtió precisamente los puntos en una manera de mirar el universo.

Puntos en los cuadros.

Puntos en las esculturas.

Puntos en las paredes.

Puntos en los vestidos.

Puntos multiplicados por los espejos hasta producir la ilusión de que continuaban más allá de nosotros, quizás hasta la eternidad.

El mundo terminó reconociendo aquellos lunares como reconocemos inmediatamente un Picasso, un Dalí o un Warhol.

Pero llegar hasta allí le costó casi una vida.

Kusama nació en Japón en 1929, dentro de una familia que no parecía tener preparado para ella el destino que finalmente escogió. Sus padres querían para aquella muchacha una existencia convencional. Querían matrimonio y quimonos.

Ella quería pinturas y pinceles.

Y se marchó.

En 1957 llegó a Estados Unidos y después se instaló en Nueva York, donde nadie estaba esperando a una joven japonesa obsesionada con llenar el mundo de puntos.

El arte norteamericano estaba entonces en otras cosas.

Era la época de los grandes gestos del expresionismo abstracto, de las manchas, de los chorros de pintura, de los artistas convertidos también en personajes.

Kusama llegó pobre, extranjera y mujer.

Tres desventajas formidables para quien pretendía abrirse paso en aquel Nueva York.

Pero tenía una ventaja que terminaría siendo más poderosa: sabía lo que quería pintar.

Y siguió pintándolo.

Los puntos no eran una ocurrencia publicitaria.

Según explicó durante toda su vida, desde niña experimentaba visiones y alucinaciones en las cuales el mundo parecía multiplicarse en formas repetitivas. Lo que para otros habría sido únicamente sufrimiento se convirtió también, mediante el arte, en lenguaje.

Ella pintaba el mundo como decía verlo.

Y entonces ocurrió una de esas ironías que solamente el tiempo sabe organizar.

Primero el mundo pensó que Kusama estaba loca.

Después empezó a pensar que quizá fuera una artista.

Finalmente pagó millones por sus obras.

En Nueva York se relacionó con algunos de los grandes nombres de aquella revolución artística, entre ellos Andy Warhol, Georgia O’Keeffe y Joseph Cornell. Participó en happenings, realizó acciones contra la guerra, cubrió cuerpos humanos de puntos y llevó su obsesión estética hasta lugares que escandalizaron a una sociedad que, paradójicamente, estaba aprendiendo a escandalizarse cada vez menos.

Pero Kusama continuaba siendo Kusama.

Eso es quizás lo extraordinario.

Las modas cambiaron.

Ella siguió con sus puntos.

Los críticos cambiaron.

Ella siguió con sus puntos.

Llegaron nuevas generaciones.

Ella siguió con sus puntos.

Hasta que un buen día fueron las modas las que comenzaron a parecerse a Kusama.

Entonces llegaron los grandes museos.

El Museum of Modern Art y el Whitney de Nueva York, el Museum Ludwig de Alemania y muchas de las grandes instituciones internacionales exhibieron sus obras.

Llegaron también las subastas.

En 2008, Christie’s vendió una obra suya por 5.8 millones de dólares.

Llegaron los reconocimientos oficiales. En 2016 Japón le concedió la Orden de la Cultura, una de las mayores distinciones artísticas de su país.

Y llegó incluso Louis Vuitton.

La muchacha cuyos padres querían comprarle quimonos en vez de pinceles terminó poniendo sus lunares sobre algunos de los productos de moda más reconocibles del planeta.

La historia tiene esas venganzas deliciosas.

Pero detrás del éxito, del cabello naranja, de las instalaciones espectaculares y de aquella estética aparentemente juguetona existía una mujer mucho más complicada.

Kusama habló abiertamente de sus trastornos psicológicos y pasó décadas entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas. Era capaz de proclamarse revolucionaria del arte y, al mismo tiempo, reconocer sus temores.

Esa contradicción probablemente explica parte de su fuerza.

Porque la valentía no consiste necesariamente en no sentir miedo.

A veces consiste simplemente en levantarse al día siguiente, tomar nuevamente el pincel y colocar otro punto sobre el lienzo.

Y otro.

Y otro.

Durante setenta años.

Hasta que los puntos terminan convirtiéndose en una vida.

En una entrevista concedida a Associated Press en 2012 dijo algo que hoy parece escrito para su propia despedida.

Quería pintar mil cuadros.

Quizás dos mil.

Todos los que pudiera.

Y aseguró que seguiría pintando hasta morir.

Cumplió su palabra.

Su estudio informó ahora que Yayoi Kusama siguió pintando hasta sus últimos días.

Eso es lo que convierte sus 97 años en algo más que longevidad.

Porque vivir mucho es un accidente biológico extraordinario.

Pero vivir mucho haciendo hasta el final aquello que uno decidió hacer con su vida es otra cosa.

Kusama perteneció a esa rara especie.

Nació cuando el mundo todavía estaba tratando de recuperarse de la Primera Guerra Mundial.

Tenía diez años cuando comenzó la Segunda.

Vio la destrucción de Japón.

Vio a Estados Unidos convertirse en la gran potencia de la posguerra.

Vio aparecer la televisión, los vuelos comerciales masivos, los satélites, las computadoras, Internet, los teléfonos inteligentes y finalmente la inteligencia artificial.

Vio desaparecer imperios, gobiernos, artistas y movimientos enteros.

Y ella continuó poniendo puntos.

Puntos sobre lienzos.

Puntos sobre habitaciones.

Puntos sobre calabazas gigantes.

Puntos reflejados infinitamente en espejos.

Quizás había comprendido algo que los demás tardamos demasiado en descubrir.

Que una vida también está hecha de puntos.

Un desayuno.

Una conversación.

Un fracaso.

Un amor.

Una enfermedad.

Una tarde cualquiera.

Una obra terminada.

Otra comenzada.

Un día detrás de otro.

Separados parecen insignificantes.

Pero cuando llegamos suficientemente lejos y miramos hacia atrás descubrimos que todos juntos forman un dibujo.

Eso son noventa y siete años.

Miles y miles de pequeños puntos que un día terminan formando una existencia.

Yayoi Kusama había dicho que quería que la gente siguiera interesándose por su arte después de su muerte.

Probablemente puede estar tranquila.

Sus puntos seguirán multiplicándose en los espejos cuando ella ya no esté delante de ellos.

Seguirán entrando niños en sus habitaciones infinitas.

Seguirán fotografiándose jóvenes frente a sus calabazas.

Seguirán discutiendo los críticos si aquello era pop, vanguardia, feminismo, minimalismo, psicodelia o alguna otra palabra inventada para intentar encerrar en una categoría lo que se resiste a ella.

Y los puntos seguirán allí.

Porque quizás ésa sea una de las pocas inmortalidades que nos están permitidas: dejar algo que continúe hablando cuando nosotros ya no podamos hacerlo.

El 14 de agosto de 2026, en algún hospital de Tokio, terminó finalmente la vida de aquella niña japonesa cuyos padres querían comprarle un quimono cuando ella pedía pinturas.

Habían pasado 97 años.

Había pintado hasta casi el último momento.

Había sufrido.

Había tenido miedo.

Había sido pobre.

Había sido desconocida.

Había sido famosa.

Había visto sus obras venderse por millones.

Y había conseguido algo muchísimo más difícil:

que el mundo terminara viendo durante unos instantes como ella lo veía.

Cubierto de puntos.

Por eso cuando leí que Yayoi Kusama había muerto a los 97 años no pensé inmediatamente en la muerte.

Pensé en la vida.

Y me salió espontáneamente esa expresión nuestra que seguramente ella jamás escuchó en Japón, pero que habría comprendido perfectamente:

¡Se tiró 97 de los buenos!

Porque al final quizá la cuestión no consiste en vivir cien años.

Consiste en llegar al último día con algo todavía por hacer.

En su caso fue todavía más sencillo.

Quedaba un punto por pintar.

Yayoi Kusama tomó el pincel.

Y lo pintó.

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