La política dominicana ha entrado prematuramente en la sucesión presidencial de 2028. 

Faltan todavía casi dos años para las elecciones y, por consiguiente, cualquier intento de anticipar el resultado debe manejarse como lo que es: una hipótesis política. Pero las hipótesis sirven precisamente para examinar posibilidades que todavía no aparecen claramente en las encuestas ni en la superficie de los acontecimientos.

Quiero plantear una que hoy puede parecer improbable: la ruptura del sistema tripolar que se ha ido formando entre el Partido Revolucionario Moderno, la Fuerza del Pueblo y el Partido de la Liberación Dominicana, acompañada de una reconstrucción del PLD como opción real de poder.

Y llevaré la hipótesis hasta sus últimas consecuencias.

Gonzalo Castillo podría volver a ser candidato presidencial del PLD y, bajo determinadas circunstancias, convertirse en presidente de la República en 2028.

No afirmo que eso ocurrirá. Sostengo que existe un camino político mediante el cual podría ocurrir.

El problema del PRM no es solamente gobernar: es suceder a Abinader

Luis Abinader tiene una característica que paradójicamente constituye una fortaleza para su Gobierno y una dificultad para su partido: no puede aspirar nuevamente a la Presidencia en 2028.

Eso significa que el PRM tiene que resolver una sucesión.

Y las sucesiones son uno de los momentos más peligrosos para cualquier partido gobernante.

Mientras existe un presidente con posibilidad de reelegirse, la autoridad política está concentrada. Los dirigentes pueden tener aspiraciones, pero saben quién ocupa el centro del sistema. Cuando el presidente no puede volver a presentarse, comienza inevitablemente la dispersión.

Cada ministro con popularidad puede imaginarse candidato.

Cada corriente busca posicionarse.

Cada dirigente importante comienza a calcular no solamente cómo ganar las elecciones nacionales, sino cómo sobrevivir a la batalla interna.

El PRM dispone de una ventaja formidable: controla el Gobierno y posee una estructura política nacional consolidada después de sus victorias de 2020 y 2024. Pero precisamente esa abundancia de poder produce también abundancia de aspiraciones.

Ahí aparece la primera condición de mi escenario: el PRM llega a 2028 debilitado, no necesariamente por un colapso electoral, sino por una lucha sucesoria demasiado prolongada.

David Collado constituye una pieza fundamental de ese rompecabezas. Si Collado termina sintiéndose perjudicado por la manera en que se conduce la selección presidencial, una parte del electorado que gravita alrededor de su figura podría no trasladarse automáticamente hacia quien resulte candidato.

Al mismo tiempo, la vieja estructura política vinculada a Hipólito Mejía conserva experiencia, relaciones y capacidad de movilización dentro del PRM. En mi hipótesis, ese sector termina imponiendo su peso y Carolina Mejía emerge como candidata presidencial.

Carolina tendría fortalezas evidentes. Tiene apellido, estructura, experiencia municipal y una identidad política propia. Pero heredaría también todas las heridas producidas durante el proceso interno.

La vicepresidencia tendría entonces una función esencial: recomponer.

No sería simplemente la selección de un compañero de boleta. Sería un instrumento para intentar cerrar las fracturas provocadas por la sucesión.

Mientras el PRM pelea, Danilo espera

Aquí comienza la segunda parte de la hipótesis.

Durante años se ha anunciado la desaparición del PLD.

Después de la ruptura de 2019, la derrota electoral de 2020, la salida del poder y el crecimiento posterior de la Fuerza del Pueblo, parecía posible imaginar que el PLD terminaría reducido a una fuerza secundaria.

Pero los partidos grandes rara vez desaparecen de un día para otro.

Conservan alcaldes, dirigentes medios, antiguos funcionarios, redes territoriales, simpatizantes, relaciones sociales y, sobre todo, memoria política.

Danilo Medina comprendió algo elemental: antes de intentar regresar al poder había que evitar que el PLD se desintegrara.

Ese ha sido quizás su trabajo político más importante después de abandonar la Presidencia.

Puede discutirse su liderazgo, cuestionarse decisiones de sus gobiernos o atribuirle responsabilidades por la ruptura de 2019. Pero existe un hecho político: Danilo permaneció dentro del PLD y el PLD sobrevivió.

La consulta prevista para octubre de 2026 puede convertirse, por eso, en algo mucho más importante que una competencia interna.

Puede ser el comienzo de una reconstrucción.

Porque los partidos recuperan fuerza cuando vuelven a generar expectativas de poder.

Un partido que obtiene 8, 10 o 12 por ciento parece pequeño si se observa únicamente la fotografía electoral. Pero si comienza a subir, aunque sea lentamente, dirigentes que habían permanecido alejados empiezan a reconsiderar sus posiciones.

La política tiene una fuerza gravitacional extraordinaria.

El poder atrae.

Pero la posibilidad del poder también atrae.

El PLD no necesita recuperar todo lo que perdió

Este es uno de los puntos esenciales de mi razonamiento.

Para regresar a la competencia presidencial, el PLD no necesita reconstruir inmediatamente el gigantesco partido que dominó la República Dominicana durante buena parte del período comprendido entre 1996 y 2020.

Necesita recuperar una fracción suficiente de su antiguo electorado.

Porque buena parte del crecimiento de la Fuerza del Pueblo ocurrió dentro del espacio histórico del propio PLD.

Durante varios años se produjo una transferencia en una sola dirección: del PLD hacia Leonel Fernández.

¿Pero qué ocurriría si esa circulación comenzara a funcionar también en sentido contrario?

Entonces cambiaría completamente la naturaleza de la competencia opositora.

Leonel ya no estaría creciendo solamente frente a un PLD en retroceso. Tendría que defender simultáneamente el territorio electoral conquistado desde 2019.

Y aparecería una situación particularmente interesante.

PLD y Fuerza del Pueblo comenzarían a disputarse otra vez la misma familia electoral.

El dilema de Leonel Fernández

Leonel Fernández continúa siendo una de las figuras políticas dominicanas con mayor reconocimiento, experiencia y estructura propia.

Subestimarlo sería un error.

Pero precisamente su fortaleza contiene también su dificultad.

Después de haber sido presidente tres veces y candidato presidencial en diferentes circunstancias históricas, su problema ya no consiste en demostrar que posee electorado. Eso está demostrado.

Su problema es alcanzar la mayoría necesaria para volver al Palacio Nacional.

Y existe además una variable inevitable: el tiempo político.

En 2028, Leonel no competirá contra el PLD debilitado inmediatamente después de la división de 2019. Podría encontrarse frente a un PLD que haya tenido ocho años para reorganizarse fuera del Gobierno.

Por eso la consulta peledeísta de octubre de 2026 merece mucha más atención de la que aparentemente recibe.

Si de ese proceso surge una candidatura capaz de reunificar al PLD, el tablero comienza a modificarse.

Y aquí introduzco el nombre que para muchos produciría sorpresa:

Gonzalo Castillo.

El regreso imposible

Gonzalo Castillo fue derrotado en las elecciones de 2020.

Aquella derrota pareció cerrar su ciclo político.

Pero la historia electoral está llena de candidatos derrotados que regresaron años después en circunstancias completamente diferentes.

La pregunta correcta, por tanto, no es si Gonzalo perdió en 2020.

La pregunta es: ¿sería 2028 la misma elección que 2020?

Evidentemente no.

En 2020 Gonzalo cargaba sobre sus hombros con el desgaste de dieciséis años consecutivos del PLD en el Gobierno, la traumática división entre Danilo Medina y Leonel Fernández, la salida de este último del partido y una poderosa corriente nacional favorable al cambio.

En 2028 podría ocurrir exactamente lo contrario.

El desgaste correspondería al PRM.

La lucha sucesoria ocurriría dentro del PRM.

El PLD tendría ocho años fuera del poder.

Y Gonzalo ya no representaría la continuidad de un gobierno de dieciséis años, sino el retorno de una organización que habría atravesado ocho años de oposición.

La misma persona puede representar políticamente cosas diferentes en momentos históricos diferentes.

Ese es uno de los secretos de la política.

Primera vuelta: tres candidaturas y ningún ganador

Mi hipótesis conduce entonces a este escenario:

Carolina Mejía, candidata presidencial del PRM.

Gonzalo Castillo, candidato presidencial del PLD.

Leonel Fernández, candidato presidencial de la Fuerza del Pueblo.

Las tres organizaciones escogerían vicepresidencias destinadas a ampliar sus respectivas coaliciones.

Ninguna alcanzaría el 50 por ciento más uno requerido para ganar en primera vuelta.

Pero lo verdaderamente importante no serían solamente los porcentajes.

Sería el orden de llegada.

Si Gonzalo Castillo consiguiera desplazar a Leonel Fernández y colocar al PLD nuevamente como principal fuerza opositora, se produciría el acontecimiento político más importante desde la división peledeísta de 2019.

La segunda vuelta sería entonces:

Carolina Mejía contra Gonzalo Castillo.

Y Leonel Fernández quedaría fuera.

Ahí comenzaría otra elección.

La reunificación que nunca ocurrió podría ocurrir sin reunificación

Durante años se ha hablado de una posible reunificación entre el PLD y la Fuerza del Pueblo.

Probablemente esa formulación sea equivocada.

Las heridas de 2019 fueron demasiado profundas. Surgieron nuevas estructuras, nuevos liderazgos y nuevos intereses.

Quizás PLD y Fuerza del Pueblo nunca vuelvan a convertirse en un mismo partido.

Pero no necesitan hacerlo para votar juntos en una segunda vuelta.

Esa diferencia es fundamental.

La política dominicana conoce perfectamente las alianzas entre adversarios cuando aparece un objetivo superior compartido.

Si Leonel quedara tercero, la Fuerza del Pueblo tendría que decidir entre permitir la continuidad del PRM o facilitar el retorno al Gobierno de la familia política de la cual históricamente procede.

No sería una decisión sencilla.

Tampoco significaría que todos los votos de Fuerza del Pueblo pasarían automáticamente al PLD. Los electores no son propiedad de los dirigentes.

Pero bastaría con que una proporción suficientemente grande de ese electorado opositor convergiera alrededor del candidato peledeísta para modificar completamente el resultado.

La reunificación que parece imposible en términos partidarios podría producirse durante unas semanas en términos electorales.

No habría que reconstruir el viejo PLD.

Bastaría con reconstruir temporalmente su antigua mayoría social.

Danilo Medina detrás del tablero

Y entonces llegaríamos a la paradoja final.

El protagonista fundamental de este escenario quizás no sería Gonzalo Castillo.

Sería Danilo Medina.

No como candidato.

No necesariamente encabezando mítines.

Ni siquiera ocupando el centro de la campaña.

Su victoria política habría ocurrido antes: mantener vivo al PLD durante los años en que muchos consideraban inevitable su desaparición.

Si consigue preservar la organización, administrar la consulta de octubre de 2026, impedir nuevas fracturas, recuperar dirigentes y presentar una candidatura competitiva, habrá realizado una operación política de largo plazo.

Danilo habría hecho algo parecido a lo que hacen determinados jugadores de ajedrez: sacrificar posiciones inmediatas para conservar las piezas necesarias para el final.

Y entonces podría producirse una de esas ironías que solamente la política sabe fabricar.

Gonzalo Castillo, derrotado ampliamente en 2020 como consecuencia, entre otras cosas, de la ruptura del universo peledeísta, podría regresar ocho años después beneficiándose precisamente de la recomposición electoral de ese mismo universo.

Pero tendrían que ocurrir muchas cosas

Nada de esto es inevitable.

Para que este escenario se materialice tendrían que coincidir varias circunstancias: una lucha sucesoria verdaderamente traumática dentro del PRM; una candidatura de Carolina Mejía que no consiga cerrar completamente las heridas internas; un distanciamiento significativo de David Collado; una recuperación sostenida del PLD; una consulta de octubre de 2026 que fortalezca y no fracture al partido; la aceptación de Gonzalo Castillo como candidato competitivo; y, finalmente, que el PLD logre superar a Fuerza del Pueblo en la primera vuelta.

La última condición es probablemente la más difícil.

Porque Leonel Fernández no entregará voluntariamente el espacio opositor que ha construido.

Pero precisamente ahí está el verdadero combate político de los próximos meses.

La batalla de 2028 quizás no comience entre Gobierno y oposición.

Comenzará dentro del Gobierno y dentro de la oposición.

El PRM deberá resolver quién hereda a Abinader.

El PLD y Fuerza del Pueblo deberán resolver quién hereda electoralmente el antiguo espacio peledeísta.

Y esas dos luchas pueden terminar encontrándose.

La política dominicana de 2028 podría decidirse mucho antes de mayo de ese año.

Quizás comience a decidirse en octubre de 2026.

Si el PLD utiliza su consulta para reconstruir organización, recuperar entusiasmo y producir una candidatura alrededor de la cual puedan reagruparse sectores que lo abandonaron después de 2019, el sistema tripolar que hoy parece consolidarse podría empezar a romperse.

Entonces la elección dejaría de ser simplemente una competencia entre tres partidos.

Se convertiría en una batalla por dos herencias.

La herencia de Luis Abinader dentro del PRM.

Y la herencia del viejo PLD entre Danilo Medina y Leonel Fernández.

Quien resuelva mejor esa contradicción llegará fortalecido a 2028.

Por eso no descartaría todavía ningún escenario.

Ni siquiera el que hoy parece imposible.

Gonzalo Castillo, presidente de la República en 2028.

Y detrás de aquella improbable fotografía, Danilo Medina contemplando el resultado de una operación política comenzada ocho años antes, cuando después de perder el poder decidió que la primera tarea no era recuperarlo.

Era impedir que desapareciera el partido con el cual algún día podría intentarlo nuevamente.

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