Cuando la medicina deja de mirar al enfermo
La medicina moderna avanza, pero a veces olvida al paciente como persona. Es crucial equilibrar tecnología y humanidad, priorizando la dignidad del enfermo.
No toda la medicina es falsa.
Sería absurdo afirmarlo.
La medicina ha salvado millones de vidas, ha derrotado enfermedades que durante siglos condenaron a los seres humanos a una muerte prematura y ha desarrollado procedimientos extraordinarios capaces de reparar órganos que hasta hace pocas décadas parecían irreparables.
Yo mismo soy testimonio de ello.
Pero precisamente porque creo en la verdadera medicina, me preocupa profundamente lo que podríamos llamar la falsa medicina.
No me refiero a curanderos, supersticiones o remedios milagrosos.
Me refiero a algo más inquietante: la medicina que conserva toda la apariencia de la ciencia, pero comienza a olvidarse del ser humano al que supuestamente sirve.
Cuando el paciente se convierte en un caso
La medicina moderna dispone de recursos extraordinarios.
Electrocardiogramas, resonancias, tomografías, análisis moleculares, cateterismos, robots quirúrgicos, inteligencia artificial, medicamentos cada vez más sofisticados.
Todo eso representa progreso.
El problema comienza cuando el médico mira más la pantalla que al enfermo.
Cuando la historia clínica sustituye a la historia humana.
Cuando el paciente deja de ser una persona para convertirse en «el de la cama 12», «el coronario», «el diabético», «el prostático» o «el caso complicado».
Entonces puede ocurrir una paradoja terrible:
la medicina puede curar una arteria y herir a una persona.
Puede resolver técnicamente una enfermedad y provocar, durante el proceso, sufrimientos que quizás podían haberse evitado.
Puede prolongar la vida biológica y, al mismo tiempo, olvidar la dignidad con que esa vida debe ser tratada.
La técnica no puede convertirse en soberana
Uno de los grandes peligros de nuestro tiempo consiste en creer que todo aquello que técnicamente puede hacerse necesariamente debe hacerse.
No.
La verdadera medicina exige algo más que capacidad técnica.
Exige juicio.
Prudencia.
Proporcionalidad.
Consentimiento.
Humanidad.
El paciente tiene derecho a preguntar:
¿Por qué quiere usted hacerme esto?
¿Qué beneficio espera obtener?
¿Qué riesgos existen?
¿Qué alternativas tengo?
¿Qué ocurriría si decido no hacerlo?
Y el médico tiene la obligación moral de responder.
El consentimiento informado no puede convertirse en una hoja que se firma apresuradamente antes de entrar en un quirófano.
Consentir significa comprender.
Y comprender significa poder decidir libremente.
El enfermo sigue siendo dueño de su cuerpo
Hay algo que la extraordinaria sofisticación de la medicina contemporánea corre el peligro de hacernos olvidar:
el cuerpo pertenece al enfermo.
No pertenece al hospital.
No pertenece al médico.
No pertenece a la compañía aseguradora.
No pertenece al protocolo.
La medicina aconseja, propone, explica y trata.
Pero el enfermo continúa siendo una persona libre.
Eso significa que puede aceptar un procedimiento y rechazar otro.
Puede solicitar una segunda opinión.
Puede preguntar si existe una alternativa menos invasiva.
Puede exigir que le expliquen qué están haciendo con su cuerpo.
Y puede decir:
Hasta aquí. Esto no lo acepto.
Naturalmente, la autonomía tampoco significa que el paciente posea conocimientos médicos superiores a los del especialista. Precisamente acudimos al médico porque necesitamos su ciencia.
Pero ciencia y autonomía no son adversarias.
La buena medicina nace del encuentro entre ambas.
Ni todo sufrimiento es tortura ni todo procedimiento está justificado
También debemos evitar el extremo contrario.
Un procedimiento doloroso no constituye necesariamente mala medicina.
Hay operaciones, tratamientos y exploraciones incómodas que pueden ser indispensables para salvar una vida.
Pero tampoco debemos aceptar la idea de que cualquier sufrimiento queda automáticamente justificado porque ocurre dentro de un hospital.
La pregunta correcta es otra:
¿Era necesario?
¿Se realizó correctamente?
¿Existía una alternativa?
¿Se explicó adecuadamente?
¿Se protegió al paciente frente a complicaciones previsibles?
¿Se reaccionó correctamente cuando aparecieron?
Esas preguntas pertenecen también a la medicina.
La fragmentación del ser humano
Otro problema contemporáneo es la extraordinaria especialización.
Tenemos magníficos cardiólogos, urólogos, neurólogos, gastroenterólogos, neumólogos y cirujanos.
Pero el ser humano no está dividido en departamentos.
El corazón pertenece al mismo cuerpo que los riñones.
La vejiga pertenece al mismo organismo que las arterias.
Y detrás de todos ellos existe una persona que piensa, recuerda, teme y sufre.
Una intervención puede ser impecable desde el punto de vista de una especialidad y generar consecuencias importantes en otra parte del organismo.
Por eso necesitamos recuperar una antigua virtud de la medicina: mirar al enfermo entero.
La medicina verdadera
La verdadera medicina no es solamente aquella que dispone de la tecnología más avanzada.
Es aquella que sabe cuándo utilizarla.
Y cuándo detenerse.
La que explica antes de intervenir.
La que escucha después de intervenir.
La que reconoce una complicación en lugar de esconderla.
La que entrega al paciente su expediente cuando lo solicita.
La que no considera una pregunta como una insolencia.
La que entiende que detrás de cada análisis existe una persona y detrás de cada persona existe una historia.
La que sabe decir «no sé» cuando no sabe.
Y también la que sabe decir «me equivoqué» cuando se equivoca.
Eso último requiere una grandeza que ningún título universitario puede otorgar.
La dignidad no comienza cuando llega la muerte
Hablamos mucho de morir con dignidad.
Pero quizás deberíamos hablar más de ser tratados con dignidad mientras vivimos.
La dignidad del enfermo comienza cuando entra por la puerta de una consulta.
Continúa cuando pregunta.
Cuando tiene miedo.
Cuando siente dolor.
Cuando no comprende.
Cuando quiere una segunda opinión.
Cuando acepta.
Y cuando rechaza.
La dignidad no consiste en enfrentarse a los médicos.
Tampoco consiste en obedecerlos ciegamente.
Consiste en establecer una relación entre seres humanos donde uno posee conocimientos científicos que el otro necesita, pero donde ninguno deja de reconocer la libertad y humanidad del otro.
Creo en la medicina.
Precisamente por eso me niego a aceptar su deshumanización.
Quiero médicos que curen.
Quiero hospitales que funcionen.
Quiero tecnología.
Quiero ciencia.
Pero quiero también prudencia, responsabilidad, transparencia, compasión y respeto.
Porque cuando desaparecen esas cosas, puede quedar una extraordinaria maquinaria sanitaria.
Pero comienza a desaparecer aquello que desde Hipócrates constituye el corazón mismo de la medicina:
un ser humano cuidando a otro ser humano.
Y quizás esa sea la frontera definitiva entre la verdadera y la falsa medicina.
La primera puede utilizar máquinas, medicamentos y procedimientos extraordinariamente complejos.
Pero nunca olvida quién está delante.
El enfermo.
La persona.
El ser humano.
Con Dios Siempre.