Ferocidad
La disminución de la lectura crítica afecta la capacidad de pensamiento independiente. La polémica sobre Viettel y el Indotel destaca tensiones políticas.
Hace décadas disminuye la proporción de ciudadanos que leen por placer (y entienden). Un país así difícilmente produce votantes capaces del pensamiento crítico y el criterio indispensables para salir del chiquero de la mediocridad espiritual e intelectual. Desde antes de Duarte, se sabe que la inteligencia sin virtud es un azote. Es casi imposible discutir sobre ideas por la inveterada costumbre de los habituales sospechosos de creer que cuestionar algún hecho suyo es un ataque personal. Un funcionario cuyos tenebrosos gestos faciales, rictus y expresiones, en repetidas apariciones por televisión esta semana, revelan un enorme pique reprimido, se ha dedicado a sugerir que quienes han cuestionado una acción del Indotel lo hacen por motivos espurios distintos al sano interés de satisfacer la curiosidad periodística legítima. Hablo del caso de Viettel, la empresa vietanamita que ganó una licitación de asignación de frecuencias para operar aquí una empresa telefónica. La intención de romper un oligopolio, bajar los precios y mejorar la calidad de las telecomunicaciones merece aplausos y apoyo. Al explicar el asunto, el presidente Abinader no ha debido incordiar a nadie. Su educación la demuestra sabiendo que ningún insulto fortalece el argumento, menos si se discute como gente decente sin cola que esconder. La rispidez política, creerse ser el único que sabe o posee el monopolio de la honestidad (como alguna escena de “Orfeo en el inframundo” de Offenbach), opera como arena o gravilla metida en los engranajes sociales y políticos. Aun en ambientes maleados por mediocridad o resentimiento, es penosa la incesante dinámica de descalificar a quien no piense igual, en vez de explicar clara y convincentemente. Esto lo deben meditar quienes alimentan a las fieras que podrían salvajemente, fieles al instinto, devorar a sus favorecedores. Fracasar descuartizado como víctima de sus propias mascotas… ¡Qué horror!