La diplomacia en defensa de la vida y la familia
La República Dominicana se adhiere a la Declaración de Ginebra, reafirmando su compromiso con la salud de la mujer y el fortalecimiento de la familia.
La adhesión de la República Dominicana a la Declaración de Ginebra sobre la promoción de la salud de la mujer y el fortalecimiento de la familia constituye una decisión que saludo, apoyo y comparto.
No lo hago por razones circunstanciales ni porque los vientos políticos internacionales soplen ahora en una dirección diferente.
Lo hago porque se trata de principios que he defendido durante muchos años y que tuve también la responsabilidad de sostener en el ejercicio de mis funciones diplomáticas.
La familia constituye el núcleo fundamental de la sociedad.
Su protección, junto con la defensa de la vida y de la dignidad de la persona humana, pertenece a ese conjunto de valores que no deberían depender de las modas ideológicas ni de las conveniencias políticas de cada momento.
Por esos principios he luchado siempre.
Una batalla también diplomática:
Durante más de una década como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede tuve la oportunidad —y también la responsabilidad— de participar directamente en uno de los grandes escenarios internacionales donde estos asuntos eran objeto permanente de discusión.
La Santa Sede ha mantenido históricamente una presencia diplomática particularmente activa en la defensa de la vida, la familia, la dignidad humana y la libertad religiosa.
Representar a la República Dominicana en aquel escenario significaba mucho más que asistir a ceremonias, audiencias o actos protocolares.
Había que estudiar, dialogar, negociar y defender posiciones.
Y hubo que hacerlo.
Fue una lucha en ese frente diplomático y también en otros escenarios donde se debatían cuestiones fundamentales relacionadas con la vida, la familia y la concepción misma de la persona humana.
No siempre resultó fácil.
Durante algunos de aquellos años, el gobierno de los Estados Unidos mantuvo en estas materias orientaciones contrarias a principios que nosotros considerábamos fundamentales.
Al mismo tiempo, poderosos sectores internacionales promovían posiciones diferentes y ejercían una considerable influencia política y diplomática.
En determinados ambientes parecía incluso que algunas discusiones ya estaban resueltas y que quienes manteníamos posiciones distintas debíamos sencillamente acomodarnos a las nuevas corrientes dominantes.
No lo hicimos.
Porque la diplomacia no puede consistir únicamente en seguir la dirección del viento.
Representar dignamente a un Estado supone también defender principios cuando hacerlo resulta incómodo.
El costo de mantener una posición:
Sostener aquellas convicciones no estuvo exento de dificultades.
Hubo ataques, cuestionamientos y críticas.
En mi caso, en el año 2020, después de haber servido durante más de una década como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, concluyó una etapa muy importante de mi servicio diplomático.
Las circunstancias posteriores significaron para mí un prolongado período de distanciamiento de las responsabilidades diplomáticas que había desempeñado durante tantos años.
Naturalmente, he reflexionado muchas veces sobre cuánto pudieron influir en ello las posiciones que defendí con firmeza.
No me corresponde, sin embargo, atribuir intenciones ni convertir esa experiencia personal en el centro de este debate.
Lo verdaderamente importante es que mantuve mis convicciones.
Porque hay principios que no se negocian por un cargo.
No se cambian para conservar una posición diplomática.
No se abandonan por conveniencia política.
Y mucho menos deben sacrificarse para obtener el favor de quienes circunstancialmente ejercen el poder.
Los cargos pasan.
Los gobiernos pasan.
Los embajadores también pasamos.
Los principios deben permanecer.
Por eso, cuando miro retrospectivamente aquellos años, no me arrepiento de haber defendido lo que entendía que debía defender.
Lo volvería a hacer.
Los gobiernos también rectifican
Precisamente por esa razón celebro especialmente lo que está ocurriendo ahora.
Gracias a Dios, el actual gobierno de los Estados Unidos ha rectificado aquellas orientaciones.
Y esa rectificación adquiere todavía mayor significación porque estos principios tampoco eran necesariamente compartidos por una parte importante de las fuerzas políticas y sociales que contribuyeron a llevar al poder al actual gobierno estadounidense.
Pero los gobiernos pueden rectificar.
Las naciones pueden revisar sus políticas.
Y cuando rectifican para bien, debemos tener también la honestidad de reconocerlo.
No tendría sentido criticar ayer una política determinada y guardar silencio hoy cuando esa política cambia en una dirección que consideramos correcta.
Por eso saludo la iniciativa presentada en nuestro país por la embajadora de los Estados Unidos, Leah Campos, y muy especialmente la adhesión de la República Dominicana a la Declaración de Ginebra.
Lo hago con satisfacción porque veo en esta decisión una coincidencia en torno a principios que defendimos durante años, incluso cuando defenderlos resultaba mucho más difícil.
Yo no he cambiado de posición:
Quiero dejar algo particularmente claro.
No celebro esta decisión porque hayan cambiado mis posiciones.
La celebro precisamente porque yo no he cambiado las mías.
Son las mismas convicciones que defendí durante mis años como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede.
Las mismas que sostuve frente a cuestionamientos y críticas.
Las mismas que he continuado defendiendo durante estos años, aun estando alejado de aquellas responsabilidades diplomáticas.
Y son las mismas que sostengo hoy.
La política internacional cambia constantemente.
También cambian las administraciones, las mayorías electorales, las alianzas, las prioridades y las correlaciones de poder.
Pero una cosa son las políticas circunstanciales de los gobiernos y otra muy diferente los principios fundamentales sobre los cuales queremos construir nuestras sociedades.
La familia sigue siendo el primer espacio de solidaridad humana.
Es allí donde el niño encuentra normalmente sus primeras referencias de amor, responsabilidad y convivencia.
Es allí donde aprendemos a cuidar a los demás y donde distintas generaciones se encuentran y se ayudan.
Fortalecer la familia no significa regresar al pasado.
Significa reconocer una realidad humana que ninguna transformación tecnológica, económica o política ha conseguido sustituir.
República Dominicana y Estados Unidos:
Existe, además, otra razón para celebrar.
La República Dominicana y los Estados Unidos mantienen una relación histórica extraordinariamente profunda. La geografía, el comercio, las migraciones y los millones de vínculos familiares existentes entre ambos países han construido una relación que trasciende ampliamente a los gobiernos de turno.
Esa relación debe ser franca, respetuosa y madura.
Podemos tener diferencias, como las hemos tenido muchas veces a lo largo de nuestra historia, sin convertir esas diferencias en enemistad.
Y podemos celebrar también nuestras coincidencias.
Hoy existe una oportunidad para fortalecer unas relaciones dominico-estadounidenses sustentadas en el respeto mutuo, la amistad y la defensa de principios compartidos.
Defender la familia.
Defender la vida.
Defender la dignidad de la persona humana.
Esos principios formaron parte de las posiciones que defendí durante mis años de servicio diplomático ante la Santa Sede.
Los defendí cuando hacerlo era más difícil.
Los defendí cuando tenía un costo.
Y los sigo defendiendo ahora.
Por eso puedo celebrar, con absoluta coherencia, esta nueva coincidencia entre la República Dominicana y los Estados Unidos.
Los gobiernos cambian.
Las circunstancias internacionales cambian.
Las correlaciones políticas cambian.
Pero los principios, cuando verdaderamente se tienen, no deben cambiar con ellas.
¡Viva la República Dominicana!
¡Vivan las buenas y sanas relaciones entre la República Dominicana y los Estados Unidos de América!
¡Y que Dios bendiga siempre a nuestros pueblos!