Victor Bautista.

En este país, con una historia cargada de rupturas, caudillismo, liderazgos personalistas, desecuentros y falta de continuidad, el síndrome de Jeremías se impone en cada transición de gobierno, reafirmando dos elementos fatales que nos impiden salir a flote como nación: pesimismo e impotencia.

En ese contexto, el inicio de cualquier período de gobierno trae consigo, como puerta de entrada, una suerte de Muro de las Lamentaciones, que es la recuperación del pasado, siempre desde una perspectiva negativa, como plataforma para justificar el presente.

Desde que tengo uso de razón en el ejercicio de mi ciudadanía, no registro una sola transición gubernamental que no haya vivido de la exposición de la Caja de Pandoras, de las revelaciones dramáticas, del cataclismo y de las huellas nefastas.

Cada régimen ha necesitado demostrar que la banda presidencial recibida tenía su dosis de veneno, que fue antecedido de una especie de ejército de Los Hunos, tan malvado que ni la yerba crece en los lugares donde pisó. Por eso siempre recomenzamos, nos reiventamos frecuentemente con un mesianismo circular, de vocación rescatista.

Yo le diría a este gobierno de Danilo Medina, que ha tomado decisiones concretas para marcar un arranque distinto, que, sin ignorar el pasado como elemento referencial, no se deje embrujar por la excusa “del desastre que  he heredado”.

Si la mayoría se decidió en las urnas por la opción que vendió Medina, no fue para escuchar historias ni asistir a un anecdotario de lo que pudo haber sido y no fue. La elección fue, simple y sencillamente, para que gobierne.

Y gobernar supone proactividad, compromiso, creatividad y un esfuerzo cotidiano por satisfacer las demandas de los gobernados. No es entretenimiento ni circo. Mucho menos plataforma para que la opinión sensacional y espuria se siente en sus aguas con el chantaje como telón de fondo.

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