Terminará el segundo año de Luís Abinader, nos enrumbaremos al tercero y finalmente vendrá la campaña electoral. Y probablemente no hayamos condenado definitivamente a ningún corrupto y mucho menos expropiado sus ilícitos bienes.

Me temo que pasaran los primeros cuatro años de Luís Abinader sin que ningún caso de corrupción haya adquirido “el carácter de la cosa irrevocablemente juzgada”. Dicho en palabras, sin que ningún imputado sea condenado haber terminado “el debido proceso” que tanto les gusta a los abogados, y, por supuesto, a los acusados.

En las cárceles dominicanas hay cerca de 28 mil presos -y aumentando-, la mayoría de escasos recursos. Alrededor del 60%, de manera preventiva, es decir, que sus casos no han concluido definitivamente. Los ricos difícilmente terminan en prisión en nuestro y si lo hacen, es por muy poco tiempo. Las cárceles dominicanas están hechas para pobres. No para ricos. Recordemos que para los acusados de la quiebra bancaria, hace unos años, las celdas fueron acomodadas de tal modo que parecían suites, con aire acondicionado, nevera, televisores, chef, camas cómodas, sábanas blancas, almohadas de pluma de ganso, facilidades para visitas cotidianas, salidas nocturnas a los mejores restaurantes, moteles donde pernoctar con sus amantes y fines de semanas en lujosos resorts, entre otros privilegios. (Supongo que eso ha cambiado actualmente)

El gobierno del Partido Revolucionario Moderno va camino a su segundo año. El proceso de investigación ha sido lento porque las autoridades anteriores se ocuparon de corromper a todas las instituciones del Estado, incluyendo la justicia. La falta de transparencia en todos los estamentos de la administración pública ha impedido agilizar muchas pesquisas. La cámara de cuentas del PLD no hizo las auditorias y las que hizo fueron apañadas para encubrir los delitos. El ministerio público anterior no investigaba nada. Al contrario, se corrompió de manera espectacular para garantizar impunidad. No en balde el ex Procurador General de la República está preso. Todos esos elementos, y otros, han dificultado y retrasado los procesos judiciales. Un poderoso andamiaje de bocinas, abogados y medios de comunicación, cómplices de lo sucedido, han convertido la justicia actual en un viejo y cansado elefante caminando en medio del desierto buscando agua para saciar su sed.

Terminará el segundo año de Luís Abinader, nos enrumbaremos al tercero y finalmente vendrá la campaña electoral. Y probablemente no hayamos condenado definitivamente a ningún corrupto y mucho menos expropiado sus ilícitos bienes.

Mientras tanto hay mucha gente durmiendo con ropa temerosa de que le toquen la puerta, le allanen su residencia, oficina, finca o villa, y lo conduzcan como prevenido. Los escándalos de corrupción siguen apareciendo. Cada auditoria revela nuevos casos de saqueo que involucra al entorno del ex presidente Danilo Medina, que inexplicablemente no ha sido citado por el ministerio público, ni acusado a pesar de las abrumadoras pruebas en su contra.

Una cosa es clara: durante los 16 años corridos que tuvo el PLD en el poder, la corrupción parece no se detuvo en la puerta de ningún despacho. La mayoría de los dirigentes del PLD no pueden justificar los bienes que hoy poseen. Investigarlos a todos, meterlos

presos después de haber agotado “el debido proceso”, es imposible. Despojarlo de lo robado, más difícil todavía. ¡Uf!

Pasaran los cuatro años de Luís Abinader y no se hará justicia. El pueblo no recuperará un peso de los cientos de miles de millones que se robaron en 16 años. No al ritmo que va la justicia.

No me refiero exclusivamente al ministerio público. El sistema judicial es mucho más amplio y complejo. Pasaran los 8 años de Luís, que sin lugar a dudas tiene una actitud honestamente militante contra la corrupción. Pero no basta con su voluntad, se requiere de una actitud ciudadana, de un acompañamiento ciudadano, cosa que no existe, porque, como he dicho muchas veces, el daño ético y moral que le hizo el PLD a la sociedad dominicana es irreparable, por lo menos en 20 o 25 años. Haría falta una revolución.

Lamento que la lucha la contra la corrupción el pueblo se la haya dejado al presidente Abinader, al ministerio público que encabeza Mirian Germán. La llamada sociedad civil, en la que no confío, se ha colocado al margen. La izquierda (¿?) está en Belén y los pastores; la juventud abandonó la Plaza de la Bandera. Habrá que volver a las calles para exigir el cese de la impunidad y castigo para los corruptos. ¡Hay que tomar las calles nuevamente para que se haya justicia!