En los barrios de Santo Domingo la celebración de los carnavales, en las décadas de los 50 y 60, durante las fiestas patrias, 27 de Febrero y 16 de Agosto,  eran manifestaciones de alegría, con ingeniosos disfraces, comparsas vistosas, roba la gallina, califé, diablos cojuelos, los indios, la muerte en bicicleta y otras manifestaciones folklóricas,  propias de un pueblo que utilizaba esos recursos como una válvula de escape ante la férrea tiranía trujillísta.

Los desfiles carnavalescos en el malecón,  de la avenida George Washington,  atraía a millares de personas de la capital y del interior del país, que venían a presenciar las vistosas carrozas que eran auspiciadas por instituciones del Estado y del sector privado.

Por la noche los parques estaban abarrotados de gentes del pueblo que disfrutaban de las hoy desaparecidas  retretas a cargo de las bandas de músicas militares, policiales y bomberiles.

Estos festejos, los disfrutaban los muchachos de los barrios que iban detrás de las comparsas y corrían para evitar los “vejigazos” de los diablos cojuelos, distinguiéndose, entre ellos, Luís Pana y Miguel la Diabla.

Pero llamaba mucho la atención la famosa burra Consuelo, la que vestían con  atuendo de mujer y en medio de un redondel, que formaban niños y adultos, obedecía con precisión los mandatos de su dueño, ante el asombro de la concurrencia, tales como detenerse ante una persona con determinada vestimenta y color, sumar números, y responder golpeando la tierra con sus patas delanteras, y detenerse frente a una casa, cuando se le indicaba el número.

A la burra solo le falta hablar, decía la gente. Nadie pudo descifrar el truco que empleaba el dueño de Consuelo para que este bruto animal, le obedeciera. Se comentaba que la burra estaba embrujada y otros decían que era la reencarnación de la fallecida mujer del dueño.

La burra era seguida por otra asna, llamada Esperanza, pero ésta no hacía nada, porque, según su dueño, estaba “aprendiendo de Consuelo”. En la Biblia se registra el insólito caso de la burra de Balaam, que le  habló para impedir que éste maldijera al pueblo de Israel, (Números 22:28).

Pero también hay otros “asnos”, que no son como la burra de Balaam, y según  me confesó un campesino amigo, éstos no solo hablan, sino que ahora quieren vivir del cuento como ciertos politiqueros criollos.

Durante una visita a un campo, observamos el escaso uso de los burros, los cuales han sido víctimas del “motoconchismo”. Un amigo, Tony Méndez, que tenía una crianza de burros dijo que dejó esa actividad, por lo poco rentable y por lo difícil  de su mercadeo, por no existir las fábricas clandestinas que convertían sus carnes en embutidos, y su demanda para carga pasó a la historia.

Y bromeando dijo que ahora  los burros, por falta de actividad, se han convertido en animales ociosos y debido a esa situación, temen verse en la necesidad de meterse a politiqueros para incursionar en los comicios venideros.

Por coincidencia, un burro de una pequeña manada cercana rebuznó y golpeó el suelo con una de sus patas delanteras, siendo interpretado, por su dueño, como protesta, por que quieren seguir siendo asnos y no politiqueros, y recordó que los jumentos tienen la noble y grandiosa satisfacción de que Jesús eligió, a uno de sus ancestros, y no a un político, para entrar triunfalmente a Jerusalén.