Nuestra sociedad está llegando a una época de encrucijadas sobre asuntos muy significativos. La relación entre educación, competitividad y desarrollo; la seguridad ciudadana; la gobernabilidad; la calidad de la convivencia; los derechos y las capacidades; el manejo fiscal del estado y las políticas tributarias, en fin, una decena más o menos de asuntos que reclaman una atención rigurosa, decisiones de envergadura y seriedad en la consideración de sus múltiples aspectos y las consecuencias de las acciones emprendidas. Nos adentramos en un tiempo de complejidad sin que nos hayamos preparado para ello.

Lo grave de la situación es que aun habiendo una extendida coincidencia de opinión sobre la urgencia afrontar estos temas, todavía no hemos logrado que las actuaciones públicas y privadas sean consistentes con las amenazas, riesgos y oportunidades que nos depara el porvenir en el mediano plazo.

A pesar de que se ha avanzado en la generación de consenso en relación con ciertos compromisos, como por ejemplo el del financiamiento de la educación, esto no revierte en un cambio fundamental en las actuaciones públicas y privadas respecto del tema.

Dado que vivimos en una sociedad abierta, la raíz de esta debilidad no radica en el temor, sino en la combinación de incredulidad, desapego e impotencia que se han ido imponiendo como rasgos de la cultura dominicana en los últimos tiempos.

Debemos discernir y encontrar la raíz de este estado de aparente indiferencia colectiva frente a nuestros propios problemas, porque de ello depende que afrontemos con éxito los retos que se avecinan.

Necesitamos convicción acerca de las estrategias y metas por parte de los principales actores y liderazgos del país para crear el estado de ánimo y la cultura requerida frente a los retos señalados. Entonces, lograremos el cambio de dirección que se requiere en la sociedad dominicana