Sólo sociedades donde su riqueza informa su visión del mundo pueden darse el lujo de ese sueño.  

Hay tantos paradigmas cambiantes que quizás no extrañe que un renombrado profesor, Herman Daly, avalado por sus 84 años y experiencia como economista del Banco Mundial, propone que los estados nacionales pueden lograr estabilidad, arrestar declinantes niveles de vida y combatir las amenazas medioambientales, olvidando al crecimiento económico como meta u objetivo del desarrollo.

Ayer el New York Times publicó una larga crónica reseñando los argumentos políticos y económicos de Daly, interesantísimos por ir a contrapelo de la intuitiva creencia popular de que la falta de crecimiento tiene como única alternativa su contrario, la disminución del Producto Interno Bruto. El equilibrio ecológico y económico luce un propósito loable, pero quizás sólo para naciones que han alcanzado un grado de prosperidad y capacidad de producción que permiten desear mantener lo que se tiene antes que arriesgar perderlo.

La pobreza de la mayoría de los países hace difícil asumir este ideal contrario al necesario crecimiento. Sólo sociedades donde su riqueza informa su visión del mundo pueden darse el lujo de ese sueño.